Los Costa Ibero

La profesora de química de 5o de liceo

En el entramado de la dinastía, la línea de mis tíos Inés y Raúl terminó cruzándose con mi propio camino estudiantil de una forma totalmente insospechada.

En aquel año de 5º biológico, dos sorpresas me esperaban en el aula. Iba a tener como profesora de Biología a la esposa de Bocho, un primo hermano de mi madre, y, en Química, a una de mis primas hermanas: Marita.

Marita era la hija mayor de mi tío Raúl e Inés.

Había estudiado unos años en la Facultad de Química, luego se había casado y se había marchado a residir a los Estados Unidos. Al regresar al Uruguay e intentar retomar sus estudios, se topó de frente con que había perdido de forma absurda su calidad de estudiante; un invento burocrático de la dictadura militar de entonces para truncar carreras. Luego de amargarse, como le pasaría a cualquiera, Marita demosró su temple. Volvió a ponerse de pie y se puso a dictar clases, demostrando ser una docente excelente.

Yo siempre la había querido mucho por el puro lazo familiar y por cómo era ella, pero ver la maestría con la que dictaba sus clases me hizo, además, respetarla profundamente como profesional.

Marita le había comentado a mi madre que mi hermana Irene era brillante —ya la había tenido como alumna un par de años antes—, lo cual no era novedad para nadie. Lo que me dejó helada cuando mi madre me lo contó fue que Marita agregó, con total convicción: «¡Pero Anabel lo es todavía más!». No creo que sea así, pero igual me sentí bien porque ella pensaba eso de mí.

Sin embargo, tener a una prima hermana como profesora trajo sus complicaciones en el período de exámenes. Debido al parentesco, la normativa me obligaba a rendir un examen diferente y mucho más riguroso que el de toda la clase para evitar la sospecha de nepotismo.

Aquello no habría pasado de ser un trámite si no fuera por la presidenta de la mesa examinadora. La mujer, tal vez sospechando un nepotismo inexistente porque Marita me había estampado la nota máxima durante el curso, se ensañó conmigo y me puso un examen teórico con temas que jamás habíamos dado en el programa. De hecho, las preguntas de orgánica que me plantó eran tan avanzadas que casi ni las vi después a lo largo de mis tres semestres de química orgánica en la facultad. A pesar de que me planté con firmeza y le repetí que eso nunca lo habíamos dado, la presidenta se mostró sumamente necia, no me escuchó y tuve que resolver el papel lo mejor que pude.

En el examen práctico la tortura continuó. Los fósforos del laboratorio estaban totalmente mojados y yo no lograba encender el mechero de Bunsen. Cuando le avisé a la mujer, me miró con desconfianza y no me creyó. Tuvo que venir ella misma, agarrar la caja de fósforos e intentar encender el fuego de forma inútil para recién ahí darme la razón. Así fue todo el tiempo.

Aunque un 5 era una buena nota para el sistema de la época, ese era un examen que en condiciones normales yo debí haber salvado con la nota máxima de 6. Dadas las condiciones de hostilidad, terminar salvándolo fue casi un milagro de buena suerte.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.