Los Costa Ibero

El imperio Costa Ibero

El imperio Costa Ibero

La base económica de la dinastía Costa Ibero estuvo cimentada sobre grandes proyectos industriales y desarrollos inmobiliarios que marcaron la historia del Uruguay del siglo XX. El fundador de todo este imperio había sido mi abuelo paterno, Raúl Costa Ibero, en sociedad con sus hijos varones.

Lamentablemente, la tragedia golpeó temprano a la familia con la muerte prematura de mi tío Victorio (quien además era mi padrino). Yo tenía apenas un año y meses de vida cuando él falleció, por lo que lógicamente no guardo ningún recuerdo suyo en la memoria. Tras su partida, nunca supe a qué arreglo financiero habrá llegado su viuda, Chichí, con el resto de la familia por las acciones de la firma. Ella, tiempo después, rehizo su vida y se volvió a casar con un hombre muy bueno al que todos le decían Chocho, quien se convirtió en un padre ejemplar para esos niños que eran todos muy chicos cuando ocurrió la tragedia familiar.

Cuando yo era apenas una niña, la familia todavía era dueña de una famosísima fábrica donde se elaboraban pastas secas, llamada Fideoro. Guardo en mi mente un recuerdo precioso y nítido de aquella época: ir de la mano con mi papá al enorme predio y correr con total libertad y felicidad por un mérito que rodeaba la explanada de la entrada a la fábrica.

Sin embargo, al poco tiempo dejé de ir; asumo que para ese entonces, debido a las deudas o a las tensiones internas que describía mi madre, mi padre ya habría vendido su parte de la empresa.

Los cofundadores de La Paloma

El verdadero alcance del poder económico de los Costa Ibero lo descubrí mucho después, investigando la historia de nuestro país. Mi familia estuvo detrás de la emblemática operación inmobiliaria de la Sociedad Cabo Santa María S.A. en la década de 1930. Esta entidad, liderada por mi abuelo y mis tíos, constituyó en 1936 una sociedad comercial sobre la base de una inmensa propiedad de ochocientas hectáreas sobre la costa sur del departamento de Rocha, lindando con el faro.

Con el fin de explotar y vender esas tierras vírgenes, la empresa familiar contrató al célebre arquitecto Carlos Gómez Gavazzo. Juntos ejecutaron un trazado urbano vanguardista cuyas manzanas de grandes dimensiones estaban dispuestas de forma ortogonal sobre un eje norte-sur. Para el año 1938, la Sociedad de mi abuelo logró formular el Plan Regulador y de Extensión definitivo del Balneario La Paloma, ajustando el crecimiento de la costa a las necesidades de los veraneantes.

Mirando esos planos antiguos, impresiona pensar que el diseño de una de las playas más famosas y queridas del Uruguay nació de las oficinas y los negocios de los Costa Ibero. Un imperio imponente que, como bien decía mi tía Inés, terminó tecleando con los años.

Las visitas de Cuca

La estructura material y habitacional de la dinastía reflejaba a la perfección el poder de la fábrica familiar. Mi abuelo Raúl mandó construir un edificio entero en Montevideo, que es el que se aprecia en primera plana en nuestras fotografías antiguas.

Originalmente, todos los miembros del clan vivíamos allí: cada familia ocupaba su propio apartamento independiente. Pero lo más curioso es que en ese mismo bloque residencial también cohabitaban los empleados más importantes y jerárquicos de nuestra fábrica de fideos, Fideoro.

De alguna manera, aquello funcionaba como una gran y compleja familia; estábamos todos cerca para vigilar el negocio, pero lo suficientemente apartados como para no molestarnos demasiado en el día a día. Con el andar del tiempo, las preciosas mansiones residenciales que engalanaban los alrededores de nuestra cuadra fueron siendo demolidas de forma implacable, reemplazadas por edificios modernos de gran altura.

En esos pasillos se respiraban temperamentos sumamente rígidos. Mi abuela paterna tenía un carácter fuertísimo, y dicen las malas lenguas que mi abuelo Raúl viejo tampoco se quedaba atrás.

Recuerdo vivamente las épocas en que Cuca irrumpía en el apartamento nuestro. No sé con exactitud qué cosas hacía o decía entre cuatro paredes, pero lo cierto es que, tras largar de un tirón todo lo que la molestaba o la traía de mal humor, daba la media vuelta y se retiraba a sus aposentos sumamente aliviada y tranquila. La que quedaba temblando, con los nervios de punta y al borde del colapso era mi pobre madre, mofándose de la situación junto a las muchachas que trabajaban en las tareas de nuestra casa.




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