Los Costa Ibero

Navidades en lo de Raúl

Las crónicas de las fiestas tradicionales en mis infancia guardan un quiebre muy claro en el mostrador de los recuerdos.

Las primeras Navidades que yo tengo registro de recordar en el fuero íntimo las pasamos de forma sistemática en lo de Fossali, el esposo de Ibelina, quien era una de las hermanas de mi mamama.

Sin embargo, en determinado momento, la rutina cambió y empezamos a concurrir a la casa de mi tío, el único hermano varón de mi padre que yo llegué a recordar en el pago. El otro hermano de mi padre, que además era mi padrino, lamentablemente había fallecido cuando yo era apenas una bebé de un año y medio de vida.

Científicamente no sé qué motivo exacto impulsó aquel cambio de grilla en las reuniones familiares. Es muy factible que Fossali ya hubiese muerto para ese entonces o que se encontrara sumamente enfermo como para estar de festejos. O tal vez fue porque Raúl había comprado una mansión magnífica, donde podía darse lujos que no podía en el apartamento. En ella festejaron los matrimonios de al menos las hijas mayores.

Lo que sí tengo patente es que en lo de mi tío tenían absolutamente todo lo que a mí me gustaba en el mundo para celebrar: turrones, un stock impresionante de frutas secas y toda la variedad de comida que uno quisiera comer en la mesa grande. En ese período dorad, a ellos no les faltaba el dinero en absoluto y la realidad es que tampoco se preocupaban por ahorrarlo, o eso me parecía.

Sin embargo, hay una Navidad en particular que recuerdo especialmente, y no precisamente por lo lindo o lo alegre que hayamos pasado en el comedor, sino por el drástico accidente automovilístico que se desencadenó inmediatamente después, del cual hablo en el libro Mi Padre.




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