Para quienes intentan desentrañar nuestro árbol genealógico desde afuera, la rama paterna presenta un verdadero laberinto de nombres. Mi abuelo paterno se llamaba Raúl Costa Ibero, exactamente igual que su hijo mayor. Mis abuelos eran primos hermanos de sangre; por lo tanto, la madre de mi abuelo era de forma simultánea la tía y la suegra de mi abuela.
A pesar de lo complejo que pueda sonar el parentesco, la realidad es que mi abuela adoraba profundamente a esa mujer. Debido a esta unión endogámica tan propia de las familias patricias de la época, mi abuelo, mi padre el Gitano y todos sus hermanos terminaron portando los mismos y exactos apellidos en sus documentos.
Por los relatos que flotaban en las reuniones, tengo entendido que mis abuelos se amaban con una intensidad enorme, al punto de que su partida prematura sumió a mi abuela en una depresión muy profunda de la que le costó muchísimo salir.
Así que, cuando en mis crónicas utilizo la expresión "mi abuelo" a secas, por lo general me estoy refiriendo a mi abuelo materno, Feliciano (Tata).
Del otro, de Raúl, solo me quedan referencias difusas y algunas imágenes memorables. Una de ellas es un retrato en blanco y negro bellísimo que me estremece el alma cada vez que lo miro: en él aparece mi abuelo Raúl Costa Ibero de riguroso traje y corbata, clavándole una mirada cargada de un orgullo y una ternura infinitas a mi madre, que era entonces una jovencita radiante que reía con total felicidad.
Ella luce en esa velada un vestido satinado que es una auténtica maravilla de la época; una prenda de cuello alto estructurado y un brillo majestuoso en la tela que la hacía ver como una verdadera reina. Por el estilo de la vestimenta y la solemnidad del banquete, deduje que la reunión correspondía a la celebración de las bodas de plata de mis abuelos maternos.
Al ponerme a analizar detenidamente otra de las joyas fotográficas de ese mismo día, el rompecabezas familiar terminó de encajar ante mis ojos. En ella aparecen mis abuelos maternos, Tata y Mamama, parados detrás de la mesa principal listos para cortar una imponente torta de bodas de varios pisos, decorada con filigranas de azúcar y montada sobre una majestuosa base de plata ornamentada con flores. La sonrisa ancha de Tata, rebosante de orgullo, complementa a la perfección la expresión dulce y serena de mi abuela mientras sostienen juntos el cuchillo.
Durante mucho tiempo estuve dándole vueltas al asunto en mi cabeza, intentando datar el año en que se había registrado aquel acontecimiento familiar. La respuesta me llegó de forma completamente inesperada.
El cuento completo estea en el libro de mi abuelo pmaterno, Tata.
Sé que existía otra fotografía muy parecida a esa de mi madre, una imagen que durante años estuvo colgada adornando la pared de la estancia, pero hoy en día vaya uno a saber adónde fue a parar en las mudanzas del tiempo. En ella, mi madre lucía un vestido de gasa que, si la memoria no me falla, era de un color rosado pálido. A la distancia, ya no tengo la certeza absoluta de si en el cuadro ella posaba sola o si estaba junto a mi abuelo Raúl.
Hace ya décadas que se vendió la estancia; creo que la última vez que fui mi hija era apenas una bebé, y hoy mi nieto ya tiene casi 11 años. Le voy a preguntar a mis hermanas a ver si alguna la vio o la conserva, con la esperanza de recuperar ese otro pedacito de nuestro pasado.
#1702 en Otros
#304 en Relatos cortos
#71 en No ficción
abuso de poder:, familia venida a menos, anécdotas divertidas y de las otras:
Editado: 18.10.2026