La rigidez del apartamento
Las visitas al apartamento de mi abuela Cuca y mi tía Lila estaban marcadas por una tensión invisible que yo sentía de forma muy nítida. Cada vez que íbamos a verla, Cuca nos daba plata a escondidas, una costumbre que enojaba muchísimo a Lila, mi única tía, quien pensaba con severidad que la abuela nos estaba malcriando de mala manera.
A pesar del dinero en el bolsillo, yo me sentía profundamente incómoda y cohibida en la presencia de ambas; me daba la impresión de que en ese living no me podía ni mover y que, si me convidaban con un sándwich, tenía que comerlo suspendida en el aire para no dejar caer una sola miga al piso o al sillón, ambos impecables.
A veces, con la madurez de la adolescencia, llegué a pensar que ella no podía comprar mi amor ni mi simpatía con esos billetes que nos repartía. Cuca tenía un temperamento complejo: como solemos decir en el Uruguay, lo que escribía con la mano, muchas veces lo borraba con el codo a causa de sus desplantes.
Sin embargo, el afecto también se filtraba en los detalles prácticos. Recuerdo que me mandaba sopa licuada a diario y, en la época en que caí enferma de hepatitis, se encargó de hacerme llegar merengues todos los días para endulzarme la recuperación. Aprecio profundamente su amor por esos gestos que tenía conmigo, aunque la realidad era ineludible: mi familia paterna nunca tuvo esa calidez espontánea de la rama materna.
La torta de ananá y el desaire de la mirilla
Entre sus grandes virtudes culinarias, Cuca hacía una torta de jamón, queso y huevo que era una verdadera exquisitez. El gran secreto de su receta era que le ponía manzana rallada y ananá en el relleno; jamás hubiera imaginado yo que semejante combinación agridulce resultaría tan sabrosa. Por encima, creo recordar que la pintaba con huevo batido y le espolvoreaba un poco de azúcar antes de meterla al horno, aunque ya no recuerdo el procedimiento exacto. Nunca he logrado replicar una torta así en mi vida, pero tal vez lo intente algún día para evocar aquellos sabores de la infancia.
Sin embargo, la rigidez temperamental de esa parte de la familia siempre terminaba por imponerse de forma abrupta. Guardo en la memoria un episodio bastannte doloroso que me ocurrió siendo una jovencita. Un día fui a visitarla de sorpresa a su apartamento en Montevideo. Al llegar a la puerta, antes de tocar el timbre, miré con inocencia a través de la mirilla calada y alcancé a verla nítidamente adentro de la casa, moviéndose en la cocina junto a la cocinera y un par de personas más en pleno ajetreo.
Al ratito de haber golpeado, la puerta se entreabrió y salió una de las empleadas del servicio para decirme sin pestañear:
—Tu abuela no está.
Al escuchar aquella mentira flagrante, me quedé congelada en el pasillo del edificio. Me quedé helada, con la mente en blanco, y no supe qué decir ante semejante desplante. Simplemente le agradecí a la señora con un hilo de voz, di la media vuelta y me fui caminando sola con una mezcla de vergüenza y desolación.
Pensándolo hoy en día e intentando ser justa con el pasado, tal vez mi abuela estaba sumamente ocupada, bajo mucha presión o apurada con alguna preparación grande y no quiso ser grosera diciéndome de frente que no tenía tiempo disponible para atenderme. Prefirió mandar a la empleada a mentir para cortar el trámite rápido.
Pero las excusas lógicas no borran las heridas de la adolescencia: una parte de mí nunca ha perdonado ese desaire en la puerta.
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abuso de poder:, familia venida a menos, anécdotas divertidas y de las otras:
Editado: 18.10.2026