Los Costa Ibero

Tragedias del pasado

Mi abuela paterna se llamaba oficialmente Pura Rosa Ibero Scesa, aunque para todos nosotros era simplemente Cuca. Según los reproches que me hacía mi madre, a Cuca le reventaba la vejez y no le gustaba en absoluto que la llamáramos "abuela" en público; prefería mantener el misterio de su juventud.

Investigando los papeles del clan, me topé con una sorpresa mayúscula que me heló la sangre: mis abuelos habían tenido una niña en el año 1927 que, lamentablemente, falleció a los pocos meses de nacer. Fue un verdadero impacto averiguar que la habían bautizado de forma idéntica a su madre: Pura Rosa Costa Ibero. En las primeras décadas del siglo XX, por desgracia, era una cuestión de lo más común y normalizada perder hijos en la primera infancia. Siempre me han impresionado y dolido sobremanera esos cuentos de cuna vacía; la gente de antes mencionaba esas muertes muy al pasar, como un trámite de la existencia, y jamás ahondaban en el dolor del luto.

No tengo idea de bajo qué circunstancias médicas ocurrió semejante tragedia con la bebé. Los que podrían haberme arrojado luz sobre el asunto ya no están en este mundo. La única que hablaba ocasionalmente de aquella pérdida era Lila, mi única tía, quien se refería a ella con una ternura infinita como "mi hermanita", a pesar de que Lila jamás la llegó a conocer, ya que nació tres años después, en 1930.

De toda esa generación dorada y compleja, yo solo llegué a conocer conscientemente a dos tíos: a Lila, a quien se la ve preciosa y joven en las postales del casamiento de mis padres, y a mi tío Raúl Costa Ibero, llamado exactamente igual que mi abuelo debido a que mis suegros eran primos hermanos. Ellos fueron los últimos testigos de un imperio de fideos y planos costeros que se escurrió entre los dedos




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