Los Costa Ibero

El imperio lácteo, los planos de La Paloma y la liquidación de la SA Cabo Santa María

El verdadero origen de la dinastía Costa Ibero y el misterio de cómo pasaron de ser una familia rural a levantar un imperio económico quedó finalmente revelado gracias a los valiosísimos datos que mi hermana Irene logró rescatar de la memoria de Inés, la viuda de mi to Raúl, y de la hija mayor de ambos, a la que le decíamos cariñosamente Marita.

El eslabón perdido entre aquella joven abuela Cuca, desafiando el frío de la madrugada para vender manteca casera al paso del tren, y la posterior opulencia del clan, se resume en una palabra fundamental para la historia industrial del Uruguay: CONAPROLE.

Resulta que los Costa eran dueños de un tambo de importantes dimensiones en el campo y figuraron nada menos que como cofundadores de la Cooperativa Nacional de Productores de Leche (CONAPROLE) en el año 1936. De ese enorme motor lácteo nació la base de la fortuna familiar, que luego les permitió diversificarse hacia otros rubros imponentes, como la famosa fábrica de pastas secas Fideoro, donde yo corría libremente por la explanada de la entrada de la mano de mi padre siendo apenas una niña.

El diseño de La Paloma y los papeles de la liquidación

Con el capital de la industria láctea, la firma familiar expandió sus fronteras hacia el este profundo. En la misma década de 1930, lideraron la emblemática operación inmobiliaria de la Sociedad Cabo Santa María S.A., adquiriendo una inmensa propiedad de ochocientas hectáreas sobre la costa sur del departamento de Rocha. Junto al célebre arquitecto Carlos Gómez Gavazzo, diseñaron el trazado urbano vanguardista, ortogonal y moderno del Balneario La Paloma en 1938, ajustando las dunas y las playas a las necesidades de los veraneantes de la alta sociedad.

Sin embargo, tal y como dictaba la lapidaria frase de mi tía Inés (padres trabajadores, hijos millonarios, nietos mendigos), los imperios familiares no son eternos.

Investigando en los registros legales en la computadora, saltaron a la luz los documentos oficiales de la Sociedad Cabo Santa María en liquidación. Aquellos papeles judiciales son el testimonio mudo del fin de una era: las deudas, las malas administraciones y las tensiones tras la muerte de mi tío Victorio terminaron por disolver la firma y rematar algunas de las tierras de la costa.

El reflejo arquitectónico de lo que fue aquel feudo industrial todavía permanece en pie en Montevideo, inmortalizado en las postales fotográficas de la ciudad. Se trata de un imponente edificio de estilo racionalista blanco y líneas curvas náuticas, levantado como una proa majestuosa en la emblemática esquina de Bulevar General Artigas y la calle Canelones.

Mi abuelo Raúl mandó construir ese bloque entero para que cada familia del clan Costa Ibero tuviera su propio apartamento independiente, cohabitando con los empleados jerárquicos de Fideoro.

Hoy en día, contemplar esa esquina en las imágenes de Google, viendo cómo las antiguas mansiones residenciales de los alrededores fueron demolidas y reemplazadas por torres modernas, es mirar los retazos de una dinastía que nació al pie de las vías de un tren y terminó en los juzgados de liquidación.




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