Yendo a lo de mi tío Raúl
Recuerdo patente haber ido al apartamento de mi tío Raúl vistiendo mi salto de cama cuando estaba convaleciente de una operación, algo que sucedió pocos días antes de cumplir 7 años.
Ellos vivían en otro apartamento, pero situados exactamente en el mismo edificio que nosotros en Montevideo . Nosotros estábamos instalados en el 2º piso de la grilla; ellos, creo recordar con ojo clínico, en el 3º piso, y mi abuela junto a mi tía habitaban un tercer apartamento de contrabando en el 6º piso del complejo.
Otro día, en una de mis andanzas por su living, agarré una libretita chiquita que era propiedad de ellos en el escritorio. Tenían muchas y supuse de forma totalmente unilateral en mi mente infantil, que no les haría mucha diferencia. Pero, claro, a esa tierna edad no se me ocurrió la cortesía de preguntar si la podía agarrar para jugar. Seguro me hubieran dicho que sí.
Pablo
Uno de sus hijos, mi primo Pablo, un par de meses mayor que yo. Ocasionalmente nos visitaban en el apartamento pero, en general, nos veíamos poco en la rutina diaria.
En mis cumpleaños infantiles siempre tenía el enorme detalle de regalarme muebles artesanales para mis muñecas en el comedor; los había fabricado él mismo con total esmero en su clase de carpintería.
Poco después, ellos se mudarono pronto a una casa hermosa en la costa pero que quedaba bastante lejos. Ya casi no tuve relación con esos primos en los años venideros.
La casa de la rambla del tío Raúl y el jardín de la infancia
Los recuerdos familiares a veces tiene su andén más feliz en los años de la niñez.
La casa de mi tío Raúl en la costa era maravillosa: una propiedad imponente que tenía entrada estratégica por la calle Mar Ártico y también por la rambla. El entorno natural era un privilegio absoluto; sólo había que cruzar la calle y uno ya podía pisar la arena e ir a la playa que se llama Playa de los Ingleses.
Pero, como niños que éramos en ese tiempo, lo que verdaderamente nos fascinaba de esa casa no era ni su arquitectura ni su decoración, sino el jardín del patio trasero, que estaba equipado con algunos juegos espectaculares.
Había una calesita de hierro con una capacidad para 4 niños sentados, mientras un 5º niño se encargaba de hacerla girar con fuerza desde afuera.
También había instaladas unas barras de gimnasia de donde uno podía colgarse al firme; era como una especie de escalera colocada horizontalmente en el aire. Uno podía ir avanzando de barra en barra con el impulso de los brazos, y el largo total de la estructura era como de unos 2 metros de extensión. Esa escalera estaba colocada bastante alta en el patio, pero tampoco tanto como para asustarse. Si uno ya no podía soportar su propio peso por la fatiga al colgar durante algunos minutos, simplemente se soltaba y podía dejarse caer al piso de césped.
Tengo recuerdos de haber pasado momentos muy felices en esa casa, como los casamientos de mis primas. También hubo otros que no lo fueron tanto.
#1702 en Otros
#304 en Relatos cortos
#71 en No ficción
abuso de poder:, familia venida a menos, anécdotas divertidas y de las otras:
Editado: 18.10.2026