No extraño mi vida, Me extraño a mi.

Parí un bebé y perdí mi rutina

Antes de tener un bebé, yo pensaba que estaba cansada.

Qué ternura.

Pensaba que estar cansada era llegar del trabajo, quitarme los zapatos, bañarme, acostarme y decir:

—Hoy sí no puedo más.

No sabía nada.

No sabía que podía existir un cansancio que se te metiera en los huesos. Uno que no se arregla con dormir ocho horas porque, para empezar, ya ni recuerdas cómo se siente dormir ocho horas seguidas.

Tampoco sabía que podía perder algo tan simple como mi rutina.

Mi rutina.

Esa palabra que antes sonaba aburrida y que ahora me parecía un lujo.

Antes me levantaba, iba al baño, me bañaba, escogía qué ponerme, desayunaba, revisaba el teléfono, salía, trabajaba, regresaba.

Todo tenía un orden.

Después nació mi bebé y el orden murió.

No hubo ceremonia.

No hubo despedida.

Simplemente desapareció.

Ahora levantarme dependía de si él había dormido.

Bañarme dependía de si él estaba dormido.

Comer dependía de si él estaba tranquilo.

Ir al baño dependía de si podía dejarlo cinco minutos sin sentir que algo terrible iba a pasar.

Hasta tomar agua dejó de ser automático.

Y nadie te prepara para eso.

Nadie te explica que un bebé puede llegar a ocupar tanto espacio físico, mental y emocional que un día te descubres a las cuatro de la tarde con el cabello recogido de cualquier manera, sin haber desayunado bien, con la misma camiseta desde la noche anterior y preguntándote:

¿En qué momento pasó el día?

Porque el día pasó.

Tú simplemente no participaste mucho en él.

Solo respondiste.

Lloró.

Lo cargaste.

Comió.

Lo cambiaste.

Lloró otra vez.

Lo paseaste.

Se durmió.

Intentaste acostarlo.

Se despertó.

Volviste a empezar.

Y así.

Una y otra vez.

Como si alguien hubiera puesto tu vida en modo repetición.

Al principio todos te dicen:

—Aprovecha cuando duerma para dormir tú también.

Claro.

Y también cuando duerma voy a bañarme, lavar ropa, comer, recoger la casa, responder mensajes, esterilizar cosas, ir al baño, respirar, llorar un poquito y, si sobra tiempo, recordar quién era.

Dormir cuando el bebé duerme suena maravilloso hasta que descubres que hay una casa que sigue funcionando aunque tú estés funcionando a medias.

Lo peor no era estar ocupada.

Era sentir que ya no podía terminar nada.

Servía una taza de café.

Lloraba.

Dejaba el café.

Intentaba comer.

Lloraba.

Dejaba la comida.

Entraba a bañarme.

Escuchaba un ruido.

Salía mojada.

Abría un mensaje.

Lo dejaba sin responder.

Empezaba una conversación.

La olvidaba.

Ponía algo en algún lugar y después pasaba media hora buscándolo.

Mi cabeza estaba en todas partes.

Y en ninguna.

Había días en los que sentía que mi cerebro tenía veinte pestañas abiertas y en diecinueve de ellas había un bebé llorando.

Pero claro, cuando alguien preguntaba:

—¿Cómo te va?

Yo decía:

—Bien.

Porque explicar la verdad era demasiado largo.

¿La verdad?

La verdad era que amaba a mi bebé y, al mismo tiempo, extrañaba poder decidir qué hacer con mis próximos diez minutos.

Diez.

Ni siquiera una tarde.

Diez minutos.

Eso era todo lo que a veces quería.

Diez minutos sin que nadie necesitara mi cuerpo.

Sin que nadie necesitara mis brazos.

Sin escuchar mi nombre.

Sin escuchar un llanto.

Sin calcular la próxima toma.

Sin mirar la hora.

Sin preguntarme si había comido suficiente.

Sin sentir culpa por querer estar sola.

Pero esa culpa llegaba rápido.

Porque una madre aparentemente debe querer estar con su bebé todo el tiempo.

Debe aprovechar cada instante.

Debe agradecer.

Debe sonreír.

Debe sentirse plena.

Y si dice:

“Estoy agotada”.

Siempre aparece alguien con una respuesta.

—Pero esto pasa rápido.

—Después lo vas a extrañar.

—Disfrútalo.

Qué palabra tan pesada puede ser “disfrútalo” cuando llevas tres noches durmiendo por fragmentos.

Sí, seguramente después lo extrañaré.

Pero ahora mismo estoy cansada.

Y ambas cosas pueden ser verdad.

Puedo saber que mi bebé crecerá rápido y aun así no disfrutar que me despierte por quinta vez.

Puedo sentir nostalgia anticipada y aun así querer llorar.

Puedo agradecer tenerlo conmigo y extrañar mi antigua libertad.

Eso no me convierte en mala madre.

Me convierte en una persona.

Aunque durante esos primeros meses a veces parece que se nos olvida que las madres todavía somos personas.

Personas con hambre.

Con sueño.

Con ganas de bañarse solas.

Con ganas de ver una película completa.

Con ganas de salir sin cargar un bolso que parece preparado para sobrevivir tres semanas en la montaña.

Antes salía de casa con llaves, teléfono y cartera.

Después del bebé salir era una expedición.

Pañales.

Toallitas.

Cambio de ropa.

Otro cambio de ropa porque uno nunca sabe.

Biberón.

Leche.

Babero.

Manta.

Chupón.

Bolsa para ropa sucia.

Algún juguete.

Y justo cuando finalmente estaba lista...

él hacía popó.

Volver a empezar.

Había momentos en los que me reía.

Porque o te ríes o empiezas a discutir con un pañal.

Pero también había días en los que lo pequeño pesaba demasiado.

Una cuchara sin lavar.

Una cama sin tender.

Un mensaje sin contestar.

Una camiseta manchada.

Cosas insignificantes que parecían recordarme todo el tiempo que ya no tenía el control.

Y quizá eso fue lo primero que realmente perdí cuando me convertí en madre:

la sensación de control.

Yo podía organizar una agenda.

No podía organizar a un recién nacido.




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