Descansé unas cuantas horas. La verdad, no tenía muchas ganas de levantarme de la cama. Quería seguir tumbada y olvidarme de todo, pero bueno… ya faltaba poco para terminar la semana . Eso me animó un poco.
Me levanté y comencé a alistarme para ir a trabajar.
Cuando salí de mi habitación ya estaba vestida con el uniforme. Al llegar al salón, encontré a mi hermano viendo una película.
Todo estaba demasiado tranquilo.
—Alex, ¿y mamá y papá?
—Han salido a la agencia de viajes.
—¿A la agencia de viajes? —pregunté sorprendida—. No me acordaba de que se iban de viaje.
Alex negó con la cabeza sin apartar los ojos de la televisión.
—Se van mañana.
—Bueno, hermanito… entonces te quedarás conmigo. Qué pena.
Comencé a reírme.
Alex finalmente me miró con cara de pocos amigos.
—Ni creas que te voy a hacer caso.
—Tendrás que hacerlo porque soy la mayor.
—Por poco —respondió él.
Sonreí.
La verdad era que no nos llevábamos tantos años, así que sabía perfectamente que no iba a ser fácil hacerle caso.
—Cuando mamá y papá se vayan, cada uno a sus cosas —dijo Alex.
—Eso dices ahora.
Fui hasta la cocina y abrí la nevera. No tenía hambre, así que agarré una manzana.
Miré la hora.
No quería que se me hiciera tarde.
Cogí mi maleta, me despedí de Alex y salí de casa.
Subí al coche rumbo al hospital.
Como siempre, puse música.
Me encantaba escuchar música mientras conducía. Era una de las pocas cosas que conseguían despejarme la cabeza.
Cantaba mientras avanzaba por las calles, hasta que finalmente vi el hospital a lo lejos.
—Ya llegamos… —murmuré.
Con todo el dolor de mi corazón, apagué la música para poder estacionar.
Bajé del coche y entré al hospital.
Saludé a algunos compañeros, marqué mi entrada y me preparé para comenzar mi turno.
La noche estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Comencé a revisar los informes de los pacientes hasta que uno llamó mi atención.
Norman.
Abrí su expediente.
Comencé a leer.
Fruncí el ceño.
Algo no tenía sentido.
Volví a leerlo desde el principio.
Tenía fracturas, heridas y lesiones que, según el informe, deberían haber requerido bastante tiempo de recuperación.
Sin embargo, al final del documento aparecía una frase que me dejó completamente confundida:
“Se le dio de alta debido a que el paciente se encuentra en buen estado.”
—¿Cómo es posible? —susurré.
Recordaba perfectamente el estado en el que había llegado.
No era normal que alguien con tantas lesiones se recupere de esa manera.
Seguí leyendo el informe buscando alguna explicación.
Nada.
Hasta que vi algo que no esperaba.
Un número de teléfono.
Me quedé mirándolo durante unos segundos.
¿Debería llamarlo?
Quizá no fuera apropiado…
Pero necesitaba saber qué había ocurrido.
Después de todo, era mi paciente.
Cogí el teléfono y marqué el número.
Un tono.
Dos.
Tres.
Nadie contestaba.
Estaba a punto de colgar cuando, de repente…
contestaron.
—¿Sí?
Me quedé en silencio durante unos segundos.
Reconocí aquella voz inmediatamente.
Era él.
—¿Norman? —pregunté.
Hubo un pequeño silencio al otro lado.
—¿Eduarda?
Sentí un extraño escalofrío recorrerme el cuerpo.
No sabía por qué.
Pero escuchar mi nombre pronunciado por él hizo que mi corazón latiera un poco más rápido.
Y entonces Norman dijo:
—¿Por qué me estás llamando?