Sangre Prohibida

CAPITULO 11 NORMAN

Me quedo pensando en todo lo que Eduard acaba de decirme.

Alguien ha atravesado el Velo.

Y, si tiene razón, el accidente no ha sido una simple casualidad.

Pero ¿quién ha cruzado?

¿Quién está aquí con nosotros?

Y, sobre todo...

¿Qué está buscando?

No pienso quedarme sentado esperando respuestas.

—Eduard, llévame al lugar donde sentiste la magia. Quiero examinarlo personalmente.

—Está bien, señor.

El chófer enciende el coche y comienza a avanzar.

No recorremos ni unos metros cuando frena de golpe.

Eduard y yo nos vamos hacia delante por la brusquedad del frenazo.

Frunzo el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Disculpe, señor —responde el chófer—. Un motociclista acaba de detenerse delante del coche.

Intento mirar por uno de los lados, pero desde donde estoy no consigo verlo bien.

El chófer toca la bocina.

Una vez.

Nada.

Vuelve a tocarla.

El motociclista no se mueve.

—¿Qué ocurre? —pregunto.

—No se mueve, señor.

El chófer se quita el cinturón de seguridad, dispuesto a bajar.

—Quédate —le ordeno—. Yo bajo.

Eduard gira inmediatamente hacia mí.

—Señor, no creo que sea prudente.

—No pasa nada, Eduard. Es un humano maleducado, nada más.

Abro la puerta y salgo del coche.

Entonces lo veo.

Está sentado sobre la motocicleta, con el casco puesto y completamente concentrado en su móvil, como si no hubiera escuchado absolutamente nada.

Camino hacia él.

—¿No escuchas que te están tocando la bocina? Estás bloqueando la salida. Muévete para que podamos pasar.

Ni siquiera levanta la cabeza.

Aprieto la mandíbula.

¿Me está ignorando?

Mi lobo comienza a inquietarse dentro de mí.

—Te estoy hablando —repito, esta vez con la voz más ronca y seria—. Mueve la moto.

Nada.

Ni siquiera se digna a mirarme.

Joder.

Siento cómo mi paciencia desaparece y mi lobo comienza a arañar en mi interior, deseando salir.

Me acerco un poco más.

—¿Estás sordo?

Sigue mirando el maldito teléfono.

Tengo ganas de arrancarlo de la moto y apartarlo yo mismo.

En lugar de hacerlo, le pongo una mano sobre el hombro.

Aprieto con más fuerza de la necesaria.

No utilizo toda mi fuerza, por supuesto.

Después de todo, es humano.

O eso parece.

Pero antes de que pueda obligarlo a moverse, su mano rodea mi muñeca.

Y aparta la mía de un tirón.

Con fuerza.

Demasiada fuerza.

Me quedo inmóvil.

¿Qué demonios...?

El motociclista se levanta de la moto sin quitarse el casco y se gira hacia mí.

No puedo verle el rostro.

—No me toques —dice—. Ya te escuché. Me voy a mover, solo que estoy ocupado.

Mi lobo reacciona inmediatamente.

El desafío debería ser suficiente para hacerlo enfurecer todavía más.

Y durante un instante así es.

Quiero enfrentarme a él.

Quiero obligarlo a bajar la cabeza.

Pero entonces...

algo cambia.

Mi lobo se detiene.

Frunzo el ceño.

¿Qué ocurre?

Hay algo en ese chico.

Algo que no entiendo.

Una sensación extrañamente familiar recorre mi cuerpo.

Por un instante, mi lobo parece reconocer algo en él.

Pero yo no.

No es exactamente la presencia de otro hombre lobo.

Tampoco puedo identificarlo como ninguna otra cosa.

Simplemente...

se siente familiar.

Y eso no tiene ningún sentido.

El motociclista se gira y me da la espalda, como si yo no representara absolutamente ninguna amenaza para él.

Guarda el móvil en el bolsillo, vuelve a sentarse sobre la moto y enciende el motor.

No intento detenerlo.

Me quedo quieto.

Observándolo.

El motociclista arranca y desaparece entre los coches.

Sigo mirando en la dirección por la que se ha marchado.

¿Qué demonios acaba de pasar?

Primero mi lobo quería atacarlo.

Después...

lo había reconocido.

O había reconocido algo en él.

Pero eso era imposible.

—¿Ocurre algo, señor?

La voz de Eduard me saca de mis pensamientos.

Giro hacia el coche.

—No.

Vuelvo a mirar hacia la calle.

Ya no hay rastro del motociclista.

—Este mundo empieza a confundirme.

Regreso al vehículo y subo.

Eduard entra después de mí y cierra la puerta.

—Vamos al lugar del accidente —ordeno—. Quiero ver personalmente qué ocurrió allí.

El chófer pone el coche en marcha.

Mientras nos alejamos, miro una última vez por la ventanilla.

Había salido de la clínica buscando respuestas.

Quería descubrir quién había conseguido atravesar el Velo.

Quién estaba en este mundo.

Y qué estaba buscando.

Pero ahora tenía una pregunta más.

Una que no conseguía quitarme de la cabeza.

¿Quién demonios era aquel motociclista?



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En el texto hay: elfos, hombre lobo, adas

Editado: 16.10.2026

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