Era él.
Mi padre.
Durante unos segundos no escuché nada.
Ni las sirenas.
Ni las voces de los paramédicos.
Ni a la gente que seguía moviéndose a mi alrededor.
Solo podía mirarlo.
Tenía los ojos cerrados.
El rostro mojado.
Una de sus manos colgaba a un lado de la camilla.
—Papá...
Mi voz apenas salió.
Me acerqué un poco más.
—Papá.
Uno de los paramédicos se interpuso.
—Señor, necesito que se aleje.
—Es mi padre.
—Lo siento, pero tiene que dejarnos trabajar.
—¿Está vivo?
El hombre no respondió
—¡¿Está vivo?!
Pregunté otra vez
Giré la cabeza.
El paramédico bajó ligeramente la mirada.
No.
Negué con la cabeza.
—No...
Sentí que las piernas me fallaban.
Di un paso hacia atrás.
No podía ser.
Esa mañana lo había visto.
Había escuchado su voz.
Y ahora estaba allí.
En una camilla.
Muerto.
Entonces recordé algo.
—Mi mamá.
Miré alrededor
—¡Mi mamá también estaba con él!
El paramedicos frunció el ceño.
—¿Cómo se llama?
—María del Pilar Mendoza. Estaba con mi papá. ¡Tiene que estar aquí!
El paramedicos habló por radio.
Miraba cada ambulancia.
Cada camilla.
Cada persona cubierta de sangre.
Hasta que escuché por la radio el nombre de mi madre.
Esta viva.
Herida.
Pero viva.
La estaban trasladando a la clínica.
Pregunté a qué clínica se la habían llevado
Volví corriendo hacia la motocicleta.
No recuerdo cuánto tardé en llegar
estaba en el estacionamiento de la clínica
Me estacione apague la moto saqué mi telefono
Tenía mensajes que ni siquiera había leído. Y mi mente no estaba para contestarlos en este momento yo solo esperaba una cosa.
Noticias de mamá.
Entonces escuché un claxon
No reaccioné.
Volvió a sonar.
Tenía que contarle a mi hermana lo que había pasado.
Que mamá estaba allí.
Que papá...
Me detuve.
¿Cómo demonios iba a escribirle algo así?
Borré el mensaje.
Volví a intentarlo.
Nada.
No podía.
Entonces escuché un claxon detrás de mí.
No reaccioné.
Volvió a sonar.
Seguí mirando el teléfono.
Intenté llamar a Eduarda.
Nada.
Ninguna respuesta.
Escuché abrirse la puerta de un vehículo.
Después, unos pasos acercándose.
—Estás bloqueando la salida.
Giré ligeramente la cabeza.
Un hombre se había detenido junto a mí.
Alto.
Cabello oscuro.
Vestido completamente de negro.
Y unos ojos extraños.
No eran marrones.
Tampoco exactamente amarillos.
Tenían una tonalidad entre ámbar y caramelo que, por alguna razón, me hizo mantener la mirada sobre él durante un par de segundos.
Pero hubo algo más.
Su olor.
Fruncí ligeramente el ceño.
Lo había olido antes.
Estaba seguro.
Entonces lo recordé.
Una vez Eduarda había llegado a casa con aquel mismo aroma impregnado en la ropa.
No sabía de quién era.
Hasta ahora.
Miré nuevamente al hombre.
¿Quién demonios era?
No estaba de humor para averiguarlo.
—Ya me muevo.
Volví a mirar el teléfono.
El hombre no se fue.
—He dicho que estás bloqueando la salida.
Apreté la mandíbula.
¿En serio?
¿Precisamente hoy tenía que encontrarme con un imbécil sin paciencia?
Sentí una mano sobre mi hombro.
Y algo dentro de mí reaccionó.
No lo pensé.
No decidí hacerlo.
Simplemente ocurrió.
Agarré su muñeca y aparté su mano de un tirón.
El hombre retrocedió apenas medio paso.
Lo miré a través del visor del casco.
—No me toques. Ya te escuché. Me voy a mover, solo que estoy ocupado.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Había algo extraño en la forma en que me observaba.
Como si estuviera intentando entender qué acababa de pasar.
Yo tampoco lo entendía.
Había sentido la fuerza con la que había apretado mi hombro.
Y aquel tipo no parecía precisamente débil.
P
ero había apartado su mano con demasiada facilidad.
Fruncí el ceño
Guardé el teléfono, encendí la motocicleta y me marché.