Mi hermana se va a trabajar y yo me quedo tirado en el sofá, viendo una película que está a punto de terminar.
Aunque, para ser sincero, ni siquiera le estoy prestando atención.
No puedo dejar de pensar en lo que me dijo Eduarda antes de irse. Ahora que nuestros padres se van de viaje, quiere que le haga caso.
Esta tía está loca si cree que, solo porque es la mayor, voy a obedecerla como si fuera mi mamá.
Tampoco es que nos llevemos tantos años. Ella tiene veinticuatro y yo dieciocho. Seis años no son suficientes para que quiera comportarse como la madre y yo como el hijo.
Ya estoy grandecito para eso.
Salgo de mis pensamientos cuando me doy cuenta de que la película ha terminado.
Agarro el móvil y miro la hora.
Las siete de la tarde.
Justo en ese momento me llega un mensaje.
Pablo: No llegues tarde.
Sonrío al leerlo.
Hoy tenemos un partido de fútbol con los chicos y Pablo me conoce demasiado bien. Sabe que la puntualidad no es precisamente una de mis mejores cualidades.
Me levanto del sofá y voy a mi habitación.
Busco mi maleta y empiezo a meter la ropa de deporte. Cuando terminó, compruebo que no me falte nada y vuelvo a salir.
Mis padres todavía no han llegado a casa.
Agarro las llaves de la moto y el casco, y salgo.
Me subo a la moto, me coloco bien la mochila en la espalda y sacó el móvil por última vez.
Ya estoy yendo para allá.
Envío el mensaje, guardó el teléfono, enciendo la moto y me pongo en marcha hacia el club donde solemos jugar al fútbol.
Pero no tardó en encontrarme con un problema.
—Joder...
Hay mucho tráfico.
Algunas calles están cerradas y los coches apenas avanzan. Intentó esquivarlos como puedo mientras busco alguna forma de continuar.
Entonces veo algo a lo lejos.
Luces.
Ambulancias.
Policías.
Ha habido un accidente unas calles más adelante.
Sigo avanzando porque tengo que doblar una cuadra antes de llegar hasta allí, pero, justo cuando estoy a punto de hacerlo, un policía me hace una señal para que me detenga.
Una ambulancia tiene que pasar.
Freno y apago la moto.
Mientras espero, miro hacia el lugar del accidente.
Y entonces me doy cuenta de la magnitud de lo que ha ocurrido.
Un camión está volcado.
Uno de los coches ha quedado prácticamente aplastado.
Hay otro vehículo menos golpeado unos metros más allá.
Y uno...
Uno ha caído al lago.
Me quedo completamente quieto, observando todo lo que está ocurriendo frente a mí.
Hay policías corriendo de un lado a otro. Paramédicos. Gente alrededor.
Entonces veo que están sacando a alguien.
Desde donde estoy no consigo distinguir bien quién es.
Pero, de repente, siento algo.
Un dolor en el pecho.
Tan fuerte que por un instante me cuesta respirar.
Me llevo una mano al pecho y me quito el casco con la otra.
¿Qué coño me pasa?
Sigo mirando.
No sé por qué, pero no puedo apartar los ojos de aquella persona.
Me bajo de la moto casi por instinto.
Doy unos pasos hacia delante.
Ni siquiera estoy pensando en lo que hago.
Es como si mi cuerpo se moviera solo.
Como si algo dentro de mí me obligara a acercarme.
Los paramédicos colocan a la persona que acaban de sacar del lago sobre una camilla.
Uno de sus brazos cae hacia un lado.
Y entonces lo veo.
El reloj.
Me quedo paralizado.
Conozco ese reloj.
Lo he visto cientos de veces.
Es el reloj de mi padre.
No.
No puede ser.
Siento que algo me aprieta el pecho con tanta fuerza que apenas puedo respirar.
—No...
Camino más rápido.
Un policía se interpone delante de mí.
—No puedes avanzar más.
Ni siquiera lo miro.
Intento pasar por un lado, pero vuelve a detenerme.
—He dicho que no puedes pasar.
Sigo mirando la camilla.
Necesito verle la cara.
Necesito comprobar que estoy equivocado.
Empujo al policía e intento continuar.
Él me agarra del brazo.
—¡No puedes pasar! ¿Entiendes?
Entonces lo miro.
Y algo dentro de mí cambia.
El miedo desaparece por un instante.
Solo queda rabia.
Una rabia que nunca había sentido.
Todo mi cuerpo comienza a arder.
No es una forma de hablar.
Realmente siento calor.
En el pecho.
En los brazos.
En las manos.
Por todas partes.
Clavo los ojos en los del policía.
—Suéltame.
Él continúa sujetándome.
Aprieto los dientes.
El calor aumenta.
—He dicho que no me toques.
Por un momento, el policía se queda completamente quieto.
Algo cambia en su expresión.
No sé qué es.
Pero lentamente baja la mano y me suelta.
Respiro con dificultad.
—Es mi Padre.
El policía me observa unos segundos.
Después se hace a un lado.
No espero a que diga nada.
Corro.
Corro hacia el lago tan rápido como puedo.
Mientras me acerco a la camilla, solo puedo pensar una cosa.
Por favor.
Que no sea él.
Por favor.
Que me haya equivocado.
Llego hasta los paramédicos.
La camilla está frente a mí.
Me acerco.
Y entonces consigo verle la cara.
Todo dentro de mí se detiene.
No me había equivocado.
Era él.
Mi padre.