Sangre Prohibida

CAPITULO 7 EDUARDA

Estaba revisando el informe de Norman cuando escuché que tocaban la puerta.

—Adelante —dije sin levantar la mirada.

Estaba tan concentrada leyendo nuevamente los resultados de sus radiografías que apenas presté atención a la puerta al abrirse.

Entonces escuché aquella voz.

Grave. Ronca. Inconfundiblemente varonil.

—Buenas tardes, doctora. Aquí me tiene.

Levanté la mirada.

Era él.

Por unos segundos olvidé completamente lo que estaba haciendo.

Si herido me había parecido guapo, ahora, completamente recuperado, era todavía peor.

Guapísimo.

No había rastro de los golpes ni de las heridas que cubrían su rostro la primera vez que lo vi. Su cabello oscuro estaba más arreglado y aquellos extraños ojos amarillentos resaltaban todavía más.

Me quedé mirándolo más tiempo del que debía.

Y, por supuesto, se dio cuenta.

Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

Genial.

Me aclaré la garganta y bajé rápidamente la mirada hacia el expediente.

—Toma asiento.

Norman obedeció, aunque aquella sonrisa de costado seguía allí.

Intenté concentrarme.

Era mi paciente.

Solo mi paciente.

—Estaba revisando tu expediente y quería saber cómo te encuentras.

—Estoy bien.

Fruncí el ceño.

—¿Bien?

—Sí.

—Norman, cuando llegaste al hospital tenías varias fracturas y heridas bastante graves. Sin embargo, en el informe aparece que te dieron el alta porque estabas en buen estado.

Hubo unos segundos de silencio.

—Me recuperé.

Su respuesta fue demasiado simple para algo que no tenía absolutamente nada de simple.

—Eso ya lo veo —respondí—. Lo que no entiendo es cómo.

Norman guardó silencio.

—¿Te duele algo? —pregunté.

—No.

—¿Nada?

—Nada.

Volví a mirar el informe.

Aquello no tenía sentido.

Las radiografías estaban allí. Las fracturas habían existido. Yo misma había visto el estado en el que había llegado.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Adelante.

Dejé el expediente sobre el escritorio.

—¿Qué te ocurrió realmente?

Esta vez tardó más en responder.

—Tuve un accidente.

—¿Un accidente?

—Sí.

Su expresión me dejó claro que no quería hablar del tema.

—¿Y dónde ocurrió?

Norman desvió la mirada durante unos segundos.

—No lo recuerdo exactamente.

Me quedé observándolo.

—Eso es extraño.

—¿Por qué?

—Porque cuando llegaste estabas gravemente herido, pero no tenías ninguna identificación, ningún documento y nadie parecía saber quién eras.

Norman no respondió.

Aquella sensación extraña que había tenido desde que revisé su expediente volvió a aparecer.

Había algo en él que no encajaba.

—Norman...

—¿Sí?

—¿De dónde eres?

Otra pausa.

—De muy lejos.

No pude evitar sonreír ligeramente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte.

Lo miré fijamente.

Definitivamente me estaba ocultando algo.

—Está bien —dije finalmente—. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien.

—Lo estoy.

—Me alegra.

Pensé que nuestra conversación había terminado, pero entonces volvió a hablar.

—Eduarda.

Escuchar mi nombre en su voz hizo que levantara inmediatamente la mirada.

—¿Sí?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Por qué realmente me llamaste?

Me quedé inmóvil.

No supe qué responder.

Porque, en el fondo, yo tampoco entendía por qué había sentido aquella necesidad de volver a verlo.

Había atendido a cientos de pacientes.

Nunca había hecho algo así.

Bajé la mirada hacia su expediente.

—No lo sé —admití—. Supongo que algo en tu informe me pareció extraño.

Norman permaneció en silencio unos segundos.

—A mí también.

Volví a mirarlo.

—¿Qué cosa?

—Que esté aquí.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Aquí dónde?

Por un instante tuve la sensación de que estaba a punto de decirme algo importante.

Pero mi teléfono comenzó a sonar.

Miré la pantalla y contesté.

—¿Sí?

—Doctora, la necesitamos en emergencias. Ha ocurrido un accidente múltiple. Están llegando varios heridos.

Me puse de pie inmediatamente.

—Voy para allá.

Colgué y miré a Norman.

—Tengo que irme. Ha surgido una emergencia.

Norman también se puso de pie.

Rodeé el escritorio y me acerqué a él.

—Ha sido un gusto conocerte, Norman. Espero que sigas mejorando.

Le tendí la mano.

Él bajó la mirada hacia ella antes de extender la suya.

Pero cuando nuestros dedos se encontraron, en lugar de limitarse a estrecharme la mano, tiró suavemente de mí hacia él.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Quedamos frente a frente.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que podía sentirlo golpeando contra mi pecho.

Norman no dijo nada.

Yo tampoco.

Solo nos miramos.

Sus ojos tenían aquel extraño tono amarillento que había llamado mi atención desde la primera vez que lo vi. De cerca eran todavía más intensos.

Sentía el calor de su cuerpo.

La cercanía de su pecho.

La fuerza de su mano todavía alrededor de la mía.

Y durante unos segundos fui incapaz de moverme.

Era absurdo.

Apenas conocía a aquel hombre.

Y, aun así, tenerlo tan cerca estaba consiguiendo que olvidara por completo que tenía una emergencia esperándome.

Norman bajó ligeramente la mirada hacia mí.

Mi respiración se aceleró.

Por un instante sentí que, si no me apartaba, terminaría derritiéndome entre sus brazos.

Aquello fue suficiente para hacerme reaccionar.

Retrocedí rápidamente y solté su mano.

—Que tengas buenas tardes, Norman —dije, intentando recuperar la compostura—. Y espero que sigas mejorando.



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En el texto hay: elfos, hombre lobo, adas

Editado: 25.09.2026

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