Sangre Prohibida

CAPITULO 8 NORMAN

Eduarda sale del consultorio y no puedo dejar de mirarla mientras se aleja de mí.

Una parte de mí quiere ir detrás de ella.

Quiero tenerla a mi lado.

No dejarla marchar.

No sé qué demonios me pasa con esta mujer. No entiendo por qué siento que necesito estar cerca de ella, por qué me cuesta tanto verla alejarse.

Y mucho menos entiendo lo que ocurre dentro de mí cuando imagino que podría estar con alguien más.

Solo pensarlo hace que el lobo salvaje que llevo dentro quiera salir.

Nunca me había pasado algo así.

Siempre he tenido el control.

De mi mente.

De mis decisiones.

De mi lobo.

Hasta que la conocí.

Ahora siento que estoy perdiendo el rumbo, como si una parte de mí estuviera dispuesta a seguirla adonde fuera.

Y su olor...

Joder.

Su olor me vuelve loco.

Doy un paso hacia la puerta.

Voy a ir tras ella.

No sé qué voy a decirle ni qué pretendo hacer cuando la alcance.

Solo sé que no quiero dejarla ir.

Entonces suena mi teléfono.

Me detengo.

Lo saco del bolsillo y miro la pantalla.

Eduard.

Contesto.

—¿Qué ocurre?

Su voz suena seria al otro lado.

—Señor, tenemos problemas.

Miro nuevamente hacia el lugar por donde Eduarda acaba de desaparecer.

Aprieto la mandíbula.

—Estoy saliendo. Espérame en el estacionamiento. Voy para allá.

Cuelgo.

Guardo el teléfono en el bolsillo y me obligo a caminar hacia las escaleras de servicio.

Cada paso que me aleja del consultorio se siente como arrastrar cadenas.

Mi lobo araña por dentro, exigiendo que regrese, que la busque en medio del caos de urgencias y que la proteja de lo que sea que esté ocurriendo.

Cálmate.

Aprieto los puños hasta que los nudillos se me vuelven blancos.

Eres el Alpha de Lykandria. No puedes perder el control por una humana.

Atravieso las puertas de cristal de la salida de emergencias y el aire frío de la tarde me golpea el rostro.

Camino a paso firme por el estacionamiento de la clínica hasta divisar el vehículo negro.

Eduard está de pie junto a la puerta trasera.

Su postura es rígida, más tensa de lo habitual, y sus ojos recorren constantemente los alrededores.

En cuanto me ve acercarme, abre la puerta.

Subo al coche.

Eduard entra inmediatamente después de mí y cierra la puerta.

El chófer permanece en silencio al volante.

—Habla —ordeno, mirándolo fijamente—. ¿Qué ocurre?

Eduard no responde de inmediato.

Saca un pequeño dispositivo de su saco y presiona un botón.

Una barrera acústica casi imperceptible nos envuelve, aislando nuestra conversación del chófer.

Eso consigue que toda mi atención se centre en él.

Si ha decidido utilizarla, lo que tiene que decirme no debe salir de este coche.

—Mientras usted estaba en la cita con la doctora, me tomé la libertad de revisar los alrededores de la clínica y rastrear la red de transporte de la ciudad —comienza Eduard con el rostro serio—. El accidente múltiple que acaban de anunciar en urgencias... no fue un choque ordinario de humanos, señor.

Frunzo el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Ocurrió a menos de tres kilómetros de aquí, en la avenida principal. Las autoridades humanas creen que un camión perdió el control, pero la energía que quedó en el lugar no es ordinaria.

Hace una pequeña pausa.

—Sentí residuos de magia.

Mi cuerpo se tensa inmediatamente.

El lobo dentro de mí también lo siente.

Se pone alerta.

—¿Estás seguro?

—Sí, señor.

—¿Qué clase de magia?

Eduard tarda unos segundos en responder.

—Es difícil precisarlo con certeza. El Velo distorsiona las auras en este mundo y los rastros están mezclados.

Entrecierro los ojos.

—Continúa.

—Hay residuos de magia de ilusión. Algunos coinciden con los encantamientos utilizados en Aérlara. Pero también detecté rastros de magia de ocultación.

—Nocthar.

Eduard asiente.

—Sí, señor. Aunque no únicamente de Nocthar.

Lo observo en silencio.

—También encontré residuos compatibles con la magia de Elarion.

Aprieto la mandíbula.

Aérlara.

Nocthar.

Elarion.

Tres reinos.

La sospecha que me persigue desde que desperté en este mundo comienza a tomar una forma mucho más peligrosa.

—Entonces alguien del otro lado consiguió atravesar el Velo.

—Eso parece.

—¿Y crees que provocó el accidente?

Eduard guarda silencio durante unos segundos.

—No puedo asegurarlo todavía, señor. Pero la concentración de magia en ese lugar es demasiado alta para considerarla una coincidencia.

Miro por la ventanilla.

Apenas unas horas atrás mi mayor preocupación era descubrir cómo demonios había terminado en este mundo.

Ahora resulta que quizá no soy el único.

—¿Sabes qué estaban haciendo allí?

—No.

—¿Qué buscaban?

—Tampoco puedo saberlo todavía.

Vuelvo la mirada hacia él.

—Pero tienes una sospecha.

Eduard mantiene mis ojos durante unos segundos.

—Quienquiera que haya utilizado esa magia no quería ser detectado.

El lobo dentro de mí vuelve a inquietarse.

—¿Estás diciendo que hay vampiros, elfos y hadas en este mundo?

—No necesariamente, señor.

Frunzo el ceño.

—Explícate.

—Los rastros están mezclados. Podría tratarse de una sola persona utilizando diferentes tipos de magia... o podrían ser varias.

Me inclino ligeramente hacia delante.

—Entonces no sabemos exactamente quién cruzó.

—No.

—¿Ni cuántos?

Eduard niega lentamente con la cabeza.

—Tampoco.

El silencio invade el interior del coche.

Miro nuevamente hacia el exterior.

Si alguien había conseguido atravesar el Velo, necesitaba saber quién.

Pero había algo todavía más importante.

Algo que no podía dejar pasar.



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En el texto hay: elfos, hombre lobo, adas

Editado: 16.10.2026

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