Me quedo unos minutos frente a la ventana, observando la ciudad.
Todo esto sigue resultándome extraño.
Los edificios, las luces, el ruido constante... incluso la forma en que viven los humanos.
Me giro al escuchar la puerta y veo a Eduard entrando en la habitación.
—Eduard.
—¿Sí, señor?
Lo observo detenidamente.
Hay algo que llevo un tiempo intentando comprender.
—¿Cómo conoces este lugar?
Eduard se queda en silencio.
—¿A qué se refiere?
—A la Tierra.
Su expresión cambia ligeramente.
—¿Cómo sabías dónde llevarme cuando salí del hospital? ¿Cómo sabes utilizar esas cosas? —señalo el teléfono que lleva en la mano—. ¿Cómo sabes moverte entre los humanos como si hubieras vivido aquí toda tu vida?
Eduard baja la mirada durante unos segundos.
—He estado aquí antes.
Frunzo el ceño.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
Me acerco un poco a él.
—Los portales fueron cerrados después de la Guerra de las Cuatro Sangres.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo cruzaste?
Eduard tarda unos segundos en responder.
—No todos los portales desaparecieron, señor. Algunos quedaron ocultos.
Lo miro fijamente.
—¿Y tú conocías uno de ellos?
—Sí.
Su respuesta despierta inmediatamente mi interés.
—Entonces podemos utilizarlo para regresar.
Eduard niega lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque se cerró.
Entrecierro los ojos.
—¿Cuándo?
Esta vez tarda más en responder.
—Después de que lo utilizara para venir a buscarlo.
Me quedo inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando supe que había desaparecido, vine a la Tierra a buscarlo. Utilicé el único portal que conocía. Pero cuando intenté regresar...
Hace una pausa.
—Ya no estaba.
Lo observo fijamente.
—Los portales no se cierran solos.
—Lo sé, señor.
Un silencio pesado se instala entre nosotros.
Vuelvo la mirada hacia la ventana.
Entonces no solo tengo que descubrir cómo terminé en la Tierra.
Ahora también necesito saber por qué el único portal que podía llevarnos de regreso se cerró justo después de que Eduard cruzara.
Quizá lo que me ocurrió no fue un accidente.
Quizá la verdadera pregunta no sea cómo llegué a la Tierra.
Quizá sea...
quién abrió el Velo para traerme hasta aquí.
El sonido del teléfono interrumpe mis pensamientos.
Miro el aparato.
A estas alturas, Eduard ya me ha enseñado lo suficiente para saber cómo contestar.
Tomo el móvil y acepto la llamada.
—¿Sí?
—Norman.
Me quedo en silencio.
Reconozco esa voz de inmediato.
Eduarda.
No sé por qué, pero escucharla provoca algo extraño en mí.
—¿Por qué me estás llamando? —pregunto.
—Porque estaba revisando tu historial. Llegaste al hospital con varias fracturas y heridas y, sin embargo, aparece que te dieron de alta sin ninguna lesión.
Guardo silencio.
—Eres mi paciente, Norman —continúa—. Aunque no te guste, tengo que hacerte seguimiento.
No respondo.
La verdad es que apenas estoy prestando atención a sus palabras.
Su voz me encanta.
—¿Norman? ¿Estás ahí?
Parpadeo.
—Sí, aquí estoy. Y estoy bien. No sé qué más quieres escuchar.
—Quiero comprobarlo yo misma. Te enviaré una cita para examinarte y asegurarme de que realmente todo esté bien.
—Como quieras.
—Perfecto. Entonces nos veremos dentro hoy por la tarde . Te enviaré la hora, y el número del consultorio.
Me quedo callado.
—Hasta luego, Norman.
La llamada termina.
Permanezco unos segundos mirando el teléfono.
Me quedé pensando la volveré a ver .
—¿Pasa algo, señor? —pregunta Eduard.
Levanto la mirada.
—La doctora quiere verme.
—¿La doctora que lo atendió?
—Sí. Le parece extraño que me haya recuperado tan rápido. Quiere examinarme.
Eduard me observa con atención.
—¿Desea que haga algo?
—No.
Miro nuevamente el teléfono.
—Dice que me enviará los datos para ir. ¿Sabes cómo los enviará?
—Sí, señor.
Le entrego el móvil.
—Cuando llegue, me avisas.
—Por supuesto.
Eduard toma el teléfono y se aleja.
Yo vuelvo hacia la ventana.
Debería estar pensando en el Velo.
En el portal.
En quién me trajo hasta este mundo.
En cómo regresar a Lykandria.
Y, sin embargo, por alguna razón...
solo puedo pensar en que dentro de unas horas volveré a verla.
A Eduarda.