Sangre Prohibida

CAPITULO 12 EDUARD

He servido a tres generaciones de Alfas.

Y si algo he aprendido durante todos estos años es que, por más diferentes que sean entre sí, hay algo que todos comparten.

La maldita costumbre de meterse en problemas.

Miro a Norman sentado frente a mí, observando en silencio por la ventanilla del coche.

Todavía está pensando en el motociclista.

Lo conozco demasiado bien para no darme cuenta.

Lo conocí cuando apenas era un niño. Mucho antes de que el peso de Lykandria terminara sobre sus hombros y todos comenzaran a llamarlo Alpha.

En aquel entonces, la responsabilidad de proteger el reino pertenecía a su padre.

Y yo estaba a su lado.

Antes de él, estuve al lado de su abuelo.

Tenía apenas veinte años cuando ocupé por primera vez el lugar que durante tantos años había pertenecido a mi padre.

La Mano del Alpha.

Así había sido siempre en mi familia.

Generación tras generación.

Mientras un linaje gobernaba Lykandria, el nuestro permanecía a su lado.

No para gobernar.

No para cuestionar su autoridad.

Sino para aconsejar, proteger y, cuando fuera necesario, recordar aquello que el tiempo intentaba borrar.

Mi padre me enseñó desde pequeño que ser la Mano no significaba obedecer ciegamente al Alpha.

Significaba estar dispuesto a decirle aquello que nadie más se atrevería a decirle.

Incluso cuando no quisiera escucharlo.

Y Norman...

Norman definitivamente había heredado de su padre la capacidad de no escuchar.

Una pequeña sonrisa amenaza con aparecer en mis labios, pero desaparece rápidamente.

Su padre.

Han pasado muchos años y todavía hay recuerdos que prefiero no visitar.

Cuando él y su esposa murieron, Norman era demasiado joven para cargar con todo aquello.

Pero el linaje no espera a que uno esté preparado.

Lykandria necesitaba un Alpha.

Y Norman ocupó el lugar que le correspondía.

Yo hice lo mismo.

Permanecí a su lado.

Como había permanecido junto a su padre.

Como antes había permanecido junto a su abuelo.

Pero había una diferencia.

A Norman lo había visto crecer.

Por eso, aunque delante de todos fuera mi Alpha...

para mí también seguía siendo aquel muchacho al que había prometido proteger.

Aparto esos recuerdos de mi mente y vuelvo a observarlo.

Hay algo diferente en él desde que llegamos a este mundo.

Y no me refiero únicamente a la doctora.

Aunque definitivamente esa mujer tiene mucho que ver.

Pero ahora hay algo más.

—Señor —digo finalmente—, ¿qué ocurrió con el motociclista?

Norman aparta la mirada de la ventanilla.

—Ya te dije que no pasó nada.

Lo observo unos segundos.

Después de tantos años sirviendo a su familia, sé reconocer perfectamente cuándo un Alpha me está ocultando algo.

Y Norman...

nunca ha sido particularmente bueno haciéndolo conmigo.

No insisto.

Ya hablará cuando quiera hacerlo.

Además, tengo asuntos mucho más importantes de los que preocuparme.

Por ejemplo, explicarle la verdad.

Norman todavía no sabe todo sobre mi relación con este mundo.

Sabe que he estado aquí antes.

Sabe que durante años existieron portales ocultos que permitían atravesar el Velo.

Y sabe que utilicé uno de ellos para venir a buscarlo.

Pero eso es apenas una parte de la historia.

Algún día tendré que explicarle cómo descubrí aquel portal.

Por qué lo crucé por primera vez.

Y qué hice durante todos aquellos años en el mundo humano.

No será una conversación sencilla.

Especialmente porque hay cosas que incluso él podría considerar una traición.

Miro el interior del vehículo.

El coche.

El chófer.

La ropa que llevamos.

La casa donde nos estamos hospedando.

El dinero.

Norman ha aceptado todo aquello sin hacer demasiadas preguntas.

Por ahora.

Pero lo conozco.

Sé que llegará el momento en que quiera respuestas.

Y tendrá todo el derecho a exigirlas.

Nada de lo que tenemos aquí apareció de la nada.

Mucho antes de que Norman llegará a este mundo, yo ya había construido una vida aquí.

No una vida permanente.

Nunca abandoné Lykandria.

Pero aprendí muy pronto que cruzar a un mundo desconocido sin recursos era una estupidez.

La primera vez que llegué, no entendía sus costumbres.

No conocía su moneda.

No sabía cómo funcionaban sus máquinas.

Ni siquiera comprendía por qué los humanos parecían incapaces de separarse de aquellos pequeños aparatos que ahora llaman teléfonos.

Tuve que aprender.

Observar.

Adaptarme.

Y regresar.

Después volví otras veces.

Cada viaje me enseñó algo nuevo.

Con los años comprendí que, si algún día necesitaba permanecer aquí durante más tiempo, debía estar preparado.

Así que conseguí dinero.

Una propiedad.

Contactos.

Una identidad que pudiera utilizar en este mundo.

Todo aquello permaneció esperando durante años.

Por si alguna vez llegaba a necesitarlo.

Jamás imaginé que terminaría utilizándolo de esta manera.

Mucho menos para buscar al Alpha de Lykandria después de que apareciera misteriosamente al otro lado del Velo.

Miro nuevamente a Norman.

Hay otra cosa que todavía no le he contado.

El portal que utilicé para llegar hasta aquí no era un simple camino entre ambos mundos.

Y el hecho de que desapareciera después de que lo atravesara...

no debería haber ocurrido.

Los portales no desaparecen sin motivo.

Alguien hizo algo.

O algo cambió.

Y hasta que descubra qué fue, prefiero no decirle todo lo que sé.

No todavía.

Porque si mis sospechas son correctas...

nuestro verdadero problema no es estar

atrapados en el mundo humano.

Nuestro verdadero problema es por qué alguien quería que llegáramos hasta aquí.



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En el texto hay: elfos, hombre lobo, adas

Editado: 16.10.2026

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