El anillo recuperado de la Cámara de los Fundadores, que Talaida había continuado investigando con una dedicación considerable durante las semanas de crisis reciente, finalmente reveló, apenas tres días después de la partida de Francesca hacia las tierras costeras de Pitra, un secreto que transformaría completamente la comprensión que Kael poseía sobre su propio origen. El descubrimiento se produjo en la quietud de la sala de trabajo de los archivos, un espacio que Talaida había llegado a considerar tan propio como la biblioteca restringida de la Academia, y donde pasaba ahora cada vez más horas rodeada de pergaminos antiguos, lámparas de aceite y la presencia silenciosa de siglos de historia acumulada.
—Encontré algo, Kael —anunció Talaida, presentándose ante él con una expresión que combinaba una excitación académica considerable y una gravedad evidente que sugería la magnitud de lo que estaba a punto de compartir—. Mientras examinaba cuidadosamente los grabados internos del anillo, descubrí una inscripción diminuta, oculta bajo una capa de suciedad acumulada durante siglos, que ningún examen previo había logrado detectar.
Kael sintió que su propio corazón se aceleraba considerablemente ante aquella revelación inminente, acompañando a Talaida hacia la sala de trabajo donde Doren y Orwenna ya se encontraban reunidos, examinando cuidadosamente el objeto bajo una luz considerablemente más intensa que la disponible durante su descubrimiento original. El anillo descansaba sobre un paño oscuro extendido sobre la mesa central, y Kael percibió, al aproximarse, aquel cosquilleo familiar en su pecho que siempre acompañaba su cercanía a objetos relacionados con los Once Originales.
—Aquí —señaló Talaida, indicando una sección específica de la superficie interna del anillo, donde, tras una limpieza cuidadosa, se podía distinguir, con considerable dificultad, una serie de caracteres tallados con una precisión considerable—. Es un nombre, Kael. Grabado deliberadamente en el interior del anillo, donde permanecería protegido del desgaste que el paso de los siglos habría causado en cualquier inscripción externa.
Orwenna, examinando aquella inscripción con la experiencia considerable que décadas de estudio de textos antiguos le habían proporcionado, procedió a traducir cuidadosamente aquellos caracteres, con una expresión que se transformaba progresivamente, conforme avanzaba en su lectura, hacia algo que combinaba asombro genuino y una emoción considerable que apenas lograba contener. Sus dedos, surcados por las manchas de la edad, recorrían los caracteres con una delicadeza reverencial, y Kael notó que sus labios se movían en silencio mientras descifraba cada símbolo.
—Seraphine —murmuró finalmente, con una voz que apenas lograba mantener su compostura habitual—. El nombre grabado dice Seraphine.
Kael sintió que aquel nombre resonaba en él con una familiaridad extraña, considerablemente más profunda que cualquier reconocimiento puramente intelectual, como si alguna parte de su propio ser, más allá de su comprensión consciente, hubiera estado esperando, durante toda su vida, escuchar finalmente aquella palabra específica. La gema bajo su ropa emitió un pulso de calor que Kael percibió con una claridad inusitada, como si también ella reconociera el nombre y respondiera a él con una resonancia que trascendía la simple coincidencia.
—¿Quién era Seraphine? —preguntó, con una voz que apenas lograba mantener la calma ante la magnitud evidente de aquel descubrimiento.
—Necesito verificar esto con absoluta certeza antes de ofrecerte una respuesta completa, Kael —respondió Orwenna, con una cautela evidente pese a su propia emoción considerable—. Pero sospecho, con una certeza creciente basada en fragmentos dispersos de investigación que he acumulado durante décadas, que Seraphine representa el nombre de la propia hermana de los dos fundadores originales de Eltrix, una figura que la historia oficial ha borrado casi completamente de cualquier registro convencional.
—¿Una hermana? —repitió Talaida, con una fascinación académica evidente—. Eso sugeriría que los Once Originales incluían no simplemente dos hermanos que fundaron Eltrix tras la Gran Disputa, sino un tercer miembro de esa misma familia que permaneció en Draxcan.
—Exactamente la conclusión hacia la que apunta esta evidencia —confirmó Orwenna, examinando el anillo con una atención renovada—. Y si Seraphine representa, efectivamente, la figura cuyo nombre fue deliberadamente borrado del documento genealógico que el rey te mostró semanas atrás, Kael, entonces esto sugiere una conexión considerablemente más directa y personal con tu propio linaje de lo que cualquiera de nosotros había anticipado completamente hasta ahora.
Kael procesó aquella información con una mezcla considerable de fascinación y una inquietud creciente, comprendiendo que cada pieza adicional de aquel rompecabezas complejo parecía, invariablemente, acercarlo cada vez más hacia una verdad completa cuya magnitud apenas comenzaba a vislumbrar. La idea de que una mujer llamada Seraphine —un nombre que ahora resonaba en su mente con una familiaridad inexplicable— hubiera sido la fuente de su propia línea de sangre le resultaba tan fascinante como profundamente conmovedora.
—Necesitamos compartir esto inmediatamente con el rey —decidió Doren, con una urgencia evidente—. Si Airoon posee información adicional sobre Seraphine que hasta ahora no ha compartido completamente, esta nueva evidencia podría finalmente ayudarnos a comprender la totalidad de la conexión que Kael representa con la línea silenciada de los fundadores.
Airoon recibió aquella información apenas una hora después, examinando el anillo y la inscripción recién descubierta con una expresión que, según Kael pudo notar con una atención considerable, sugería un reconocimiento evidente que trascendía considerablemente cualquier sorpresa genuina ante aquella revelación. Los dedos del rey se detuvieron sobre los caracteres grabados con una lentitud que delataba la magnitud de lo que aquellos símbolos representaban para él, y Kael percibió, en la forma en que los hombros del monarca se tensaron ligeramente, la confirmación de una sospecha que había comenzado a formarse en su propia mente.