Zuhnmir: El poder de la esfera

Capítulo 1 “Bienvenidos a Zuhnmir”

Todo viajero que pasaba a reposar sus pies cansados, tarde o temprano, siempre llegaba al pueblo de los grandes árboles. Un lugar rodeado de ríos de aguas claras y largos bosques que se extendían como un mar verde hasta las faldas de las montañas en forma de oso de Doza. Aquel era Zuhnmir, un pueblo pequeño, de calles de tierra y casas de madera, donde vivía gente humilde, en su mayoría agricultores y granjeros que madrugaban con el sol y se acostaban con las estrellas. Allí vivían Jin Fraser y Milo Stone. Jin era una mujer de piel trigueña, cabello oscuro como la noche y ondulado, con unos ojos grandes y tiernos, pero una personalidad muy aventurera. Era conocida por ser valiente y arriesgada, y claramente por su apoyo y amor incondicional hacia los niños. Jin era la maestra del pueblo y una mujer muy hábil. Por otro lado, Milo era un hombre delgado, de piel morena, cabello hasta los hombros. Milo era herrero y un hombre caballeroso. Eran una pareja muy unida y servicial, especialmente con su pequeño amigo de catorce años, Clant. Clant era el hijo del lechero y un pequeño muy talentoso para las artes. Los domingos por la mañana, cuando pasaba junto a su padre a dejar la leche, siempre se quedaba en casa de Jin y Milo para contarles sus maravillosas ideas creativas —o así las llamaba Jin—. Para Milo, un cuadro de una casa con alas de ángel flotando sobre un volcán era tener una imaginación pasada de creativa. —Jaja, vamos, no puedes negar que es una increíble idea —dijo Jin. —¿Quién quiere tener un cuadro de una casa en un volcán con alas? —preguntó Milo. —Yo —respondió Clant. —Tú no cuentas —dijo Milo. —¡Milo! —lo regañó Jin. Clant le sacó la lengua. —Está bien, sí es una idea interesante —cedió Milo, torciendo los ojos. —¡Lo sabía! Yo sé que amas mis ideas —celebró Clant. —Y tú nunca hubieses podido imaginar algo así, ¿eh? —dijo Jin. —Neeeh, prefiero cuadros de caballos en ríos —respondió Milo. —Pero no te gustó el de caballos que te obsequié —reclamó Clant. —Es que preferiría que no estuvieran haciendo popó de arcoíris frente a mi perro. Jin rió en voz baja. —Yo lo llamo arte incomprendido —dijo Clant, haciéndose el que sabe. —Claramente, nadie entiende eso —respondió Milo. —¡Milo! —volvió a regañar Jin. Risas entre todos. —Vamos, es tiempo de que este pequeño vuelva con su papá y sus pinceles —dijo Jin, despeinándolo. —¿Puedo llevar a Mitzu? —preguntó Clant, señalando al perro. Mitzu retrocedió. —Ummm, creo que él no quiere —dijo Milo entre risas. Jin y Milo rieron mientras Jin le decía a Clant: —Creo que aún está ofendido por tu cuadro. Milo se rió. Clant le dijo al perro: —¡Y eso que tomé tu mejor perfil! El perro ladró. Clant le sacó la lengua. Rieron bajito y se dirigieron al pueblo. Camino a casa de Clant, saludaron a varios vecinos. Jackson, el compañero de trabajo de Milo, gritó su nombre. Milo se dirigió hacia él mientras Jin acompañaba a Clant. —Oye, ¿cómo vas con eso? —preguntó Jackson. —No lo sé, estoy muy nervioso —admitió Milo. —¿Nervioso? ¿Por qué? Si dirá que sí —dijo Jackson, golpeándole el hombro. —No, no me aterra su respuesta. Quiero que sea especial. —Amigo, que seas tú ya lo hace especial. Hablaban mirando hacia todos lados. Milo sacó un anillo. —La esmeralda es su piedra favorita —dijo. —Está increíble. Vamos, estás demasiado enamorado, ya ni pareces el mismo de antes —bromeó Jackson. —Vamos, quiero que sea en serio. De verdad la amo. —Lo sé, amigo. Lo sé. Se acercó Lumus, otro amigo de los hombres. —Oye, muchachos, ¿no quieren ir a explorar el bosque hoy? Ya hace falta un poco de leña, ¿no creen? —propuso Lumus. —¿Tú crees? Laura está que me echa de la casa por el frío — respondió Jackson entre risas. —¿A qué hora saldríamos? —preguntó Milo. —¿Tienen tiempo ahora? —dijo Lumus. —Déjale aviso a Jin —respondió Milo. —Oye, Milo, ¿ése no es tu perro que está mordiendo al hijo de Matt, el lechero? —señaló Jackson. Mitzu mordía el suéter de Matt mientras Jin lo regañaba y reía. Los hombres rieron. —Dios, esos dos. Más vale que vaya a ayudar —dijo Milo. —No llegues tarde —le recordó Lumus. Milo llegó donde estaban Jin y Clant. —Qué buena relación, ¿eh? —le dijo a Clant. —Solo jugábamos, yo le di permiso de morder mi suéter —respondió Clant. —Nunca pierdes una, ¿eh, niño? —dijo Milo. —¡Clant! Por fin apareces. Necesitamos ir por un poco más de leche —lo llamó Matt. —Le estaba contando a Jin de mis increíbles próximas pinturas, papá —dijo Clant. Matt, en tono asustado: —Oh, otra pintura... Jaja, así es, niño —le dio una palmadita en la espalda con una risa nerviosa. —Señor Hogorpus, muchas gracias por la leche —dijo Jin. —Y muchas gracias por cuidar de mi travieso hijo —respondió Matt. —Jajaja, siempre será un placer hablar con Clant —dijo Jin. —¿Lo ves? Sé tratar con adultos, papá —presumió Clant. —Sí, hijo, sí que sabes —dijo Matt, mirando a Jin y Milo. —Bueno, iré a terminar mi trabajo. Señorita Jin, señor Milo. —Adiós, señor Hogorpus. Bye, Clant —dijeron Jin y Milo. —¡Adiooos! Y a ti también, Mitzu. Por dentro sé que te caigo bien — dijo Clant. Mitzu ladró. —¡También te quiero! —gritó Clant. Jin y Milo rieron. —¿Y ahora? —preguntó Jin. —Iré con los muchachos a recoger leña —dijo Milo. —Oh, está bien. También tenía pensado ir al bosque a buscar algunas bayas. —Vamos, le pediré prestada una canasta a la señora Clara —propuso Milo. —Está bien. Buscaré un poco de pan para ti y los muchachos. Pasados unos minutos, Jin y Milo se encontraron con Lumus y Jackson. —Hola, Jin. Luces radiante hoy —dijo Lumus con tono pícaro. Milo rió. —Oye, ella siempre se ve radiante. Y respeta a mi esposa —dijo Milo. —¿Esposa? No sabía que se comprometieron —dijo Lumus. Milo se puso nervioso. Jackson lo miró asustado. Jin rió en voz baja. —Jajaja, muchas gracias, Lumus, pero no puedo decir lo mismo de ti. Ya hace falta bajarle al pan, ¿no crees? —dijo Jin. Rieron. —Esto que ves —dijo Lumus, tocándose la barriga—, estoy llenito de amor. Rieron todos. —Después por eso no consigues novia, ¿eh? —dijo Jackson. —Cállate, Jackson. Laura te está haciendo un favor a ti, pobre mujer —respondió Lumus. Rieron desconsolados todos, menos Jackson. —A mí no me dio risa. No soy tan feo —dijo Jackson, levantando las manos desconcertado. Rieron todos. Mientras los muchachos se adentraban en el bosque buscando leña, Jin estaba junto al río recogiendo bayas, hasta que notó algo extraño: un arbusto se movía. Podía ser un conejo. Curiosa, se acercó y lo vio salir: un pequeño ciervo buscando comida. Jin, teniendo la canasta llena de bayas, se acercó a él, pero este, al sentirla cerca, corrió y huyó. Jin se quejó, pero no le dio importancia. En eso, el ciervo salió de la nada y saltó sobre la canasta de Jin. Ella, tomada desprevenida, se asustó y cayó al río, perdiendo todas las bayas. —Uhg, estúpido ciervo —dijo Jin mientras estaba toda mojada. Miró su ropa, miró al conejo y con sus manos le echó agua. Salió del río, recogió la canasta y las pocas bayas que pudo tomar. Siguió caminando cuesta abajo, pues ya había tomado la mayoría de las bayas de esa zona, llegando casi a la cascada, cada vez más lejos de los chicos. Mientras tanto, los hombres hablaban sobre la propuesta de matrimonio de Milo mientras cortaban leña. —¿Y qué tienes en mente? —preguntó Lumus. —Sus flores favoritas son los lirios. Sé que quiero tenerlas presentes —dijo Milo, dando un hachazo a un árbol. —Mi primo Hémer es florista en Tarson. Yo te puedo ayudar por ahí —ofreció Jackson. —Te lo agradecería, hermano —respondió Milo. Jin seguía recogiendo bayas cuando vio a otro ciervo bebé. Levantó una ceja. —No, amiguito. Chu, chu. No es bueno para ti. Chu. Vete —dijo. El ciervo se acercaba más y más. Jin lo seguía espantando hasta que vio un conejo. Miró extrañada. Entonces, ambos saltaron nuevamente sobre ella. Trató de espantarlos, les lanzaba bayas, pero fue inútil, retrocediendo volvió a caer al río. Gritó: —¡ESTO ES EN SERIO! Tan fuerte que espantó a los animales y hasta los muchachos la escucharon, fueron a buscarla. Al llegar al lugar, la vieron mojada y enojada. Se empezaron a reír. —¿Tenías calor? —bromeó Milo entre risas. —Un pequeño ESTÚPIDO conejito me vio muy acalorada, cielo — dijo Jin en tono sarcástico. —¿Un conejo te tiró al río? —preguntó Jackson riendo. Jin hizo muecas. —Yo no me burlaría de los conejos —dijo Lumus—. Tienen dientes grandes. Todos miraron raramente a Lumus. —Toma, usa mi abrigo —dijo Milo, quitándose el abrigo. En ese momento apareció un conejo detrás de Lumus. Jackson fue el primero en verlo y no pudo contener una sonrisa. —Mira, ahí está el destructor —dijo, señalando con la barbilla. Lumus se giró despacio, sin darle importancia, hasta que sus ojos se encontraron con los del pequeño animal. El conejo, inocente, apenas movió las orejas. Pero Lumus, que desde niño había tenido una fobia ridícula e inconfesable a los conejos, sintió cómo la sangre se le helaba. —¡AHHH! —gritó, dando un salto hacia atrás. El conejo, asustado por el grito, dio un brinco hacia él. Eso fue suficiente para que Lumus perdiera el poco control que le quedaba. Salió corriendo hacia adelante como si un oso lo persiguiera, sin mirar por dónde iba. Y fue entonces cuando chocó con Jin, que estaba en la orilla del rio recogiendo algunas bayas. —¡Lumus, no! —alcanzó a decir Milo, pero ya era tarde. El empujón fue tan brusco que Jin perdió el equilibrio y cayó de espaldas al agua. Pero no en la orilla, donde apenas cubría, sino varios metros más adentro, donde la corriente se volvía traicionera. —¡JIN! —gritó Milo, lanzándose hacia el río sin pensarlo. El agua la arrastró de inmediato. Jin forcejeó, tratando de encontrar pie, pero el fondo desapareció bajo sus botas. La corriente la envolvió como un brazo frío y poderoso, y empezó a llevarla río abajo. —¡Agárrate de algo! —le gritó Jackson desde la orilla, corriendo paralelo a ella. —¡No puedo! —respondió Jin, ya más lejos, con la voz rota por el esfuerzo. Milo ya estaba metido hasta la cintura, pero el agua era más rápida que él. Cada vez que extendía la mano, Jin se alejaba un poco más. —¡Busca una rama! ¡Una cuerda! ¡Algo! —gritó Milo a los demás, mientras él mismo seguía adelante, resbalando sobre las piedras mojadas. Jackson y Lumus corrieron hacia los árboles. Lumus, aún tembloroso por el susto del conejo, trató de arrancar una rama larga de un arbusto, pero se rompió en sus manos. Jackson encontró una liana gruesa y empezó a desprenderla de un tronco. —¡Rápido! —rugió Milo, ya con el agua hasta el pecho. Pero cuando Jackson volvió con la liana, Jin ya había pasado el recodo del río. La corriente la llevaba cada vez más rápido, y el sonido sordo y creciente de la cascada comenzó a llenar el aire. Jin lo sintió antes de verlo. Ese estruendo profundo que vibraba en el pecho. Levantó la cabeza y vio el borde del agua unos metros más adelante. El corazón le dio un vuelco. —¡MILO! —gritó, con todas sus fuerzas. Milo la vio perder el borde. La vio caer. El grito de Jin se fundió con el estruendo del agua al desplomarse en el vacío. Los tres hombres se quedaron paralizados un segundo, escuchando cómo el sonido se apagaba poco a poco, tragado por el rugido de la cascada. —¡No! —Milo quiso seguir, pero Jackson lo sujetó del brazo. —¡Te matas! —le gritó al oído—. ¡Hay que rodear por abajo, rápido! Corrieron como pudieron por el sendero que bordeaba el acantilado, saltando raíces y apartando ramas. Lumus iba detrás, con la respiración cortada, repitiendo en voz baja: —Fue mi culpa, fue mi culpa, fue mi culpa... Cuando por fin llegaron a la parte baja, donde el río se calmaba entre piedras grandes y árboles caídos, no vieron a Jin por ningún lado. —¡Jin! —gritó Milo, con la voz rota. El agua seguía su curso, lenta y engañosa, como si nada hubiera pasado. Pero ella no estaba allí. —¡Mira! —dijo Jackson, señalando unas ramas rotas en la orilla opuesta. Nadaron hasta cruzar, empapados y temblorosos, y encontraron una de las botas de Jin, atascada entre dos piedras. También un trozo de su canasta, destrozada. Milo la sostuvo con manos temblorosas y cerró los ojos. —No puede estar lejos —dijo, más para convencerse que para consolar a los demás—. La corriente no es tan fuerte aquí. Tuvo que haber salido. Se separaron y empezaron a buscar en silencio, siguiendo el río hacia abajo, cada uno con el nudo apretado en la garganta. Pero Jin, mientras tanto, había logrado salir mucho más adelante, en una parte del bosque que ninguno de ellos conocía. El agua la escupió finalmente en un remanso de aguas pardas y tranquilas, rodeado de juncos altos y árboles de corteza oscura. Jin tosió, vomitó medio río y quedó tendida boca arriba sobre un banco de arena, mirando el cielo que se colaba entre las copas. Tardó un minuto entero en recordar su nombre. —Estoy viva —susurró, y la frase sonó tan extraña que casi la repitió para comprobarlo. Se incorporó con esfuerzo. La ropa le pesaba como plomo mojado. Se quitó la chaqueta y la retorció hasta que dejó de gotear; luego hizo lo mismo con su cabello, que le caía en chorros sobre la cara. Al ponerse de pie, las piernas le temblaban. Perdió el equilibrio dos veces antes de lograr afirmarse. —Milo... —llamó, pero su voz salió tan débil que ni siquiera un pájaro cercano la escuchó. Caminó un poco, descalza porque una de sus botas se había ido río abajo. El bosque a su alrededor era distinto. Los árboles, más viejos. El aire, más denso. No reconocía ninguna de las flores que crecían entre las rocas. —¿Por dónde...? —se preguntó, girando sobre sí misma. El sol se filtraba en ángulos extraños. No sabía si era temprano o ya casi anochecía. Trató de orientarse por el musgo de los troncos, por la inclinación de las sombras, pero todo le resultaba ajeno. Caminó un rato más, hasta que el cansancio le dobló las piernas. Se sentó en una roca lisa y caliente, abrazándose los brazos. El silencio del bosque era tan grande que podía oír su propio corazón. Fue entonces cuando escuchó el rugido. No era un rugido lejano, de esos que se confunden con el viento. Era un rugido cercano, profundo, que parecía salir de la tierra misma. Jin se quedó inmóvil, los ojos abiertos como platos. —No —susurró—. No, no, no... El segundo rugido fue más largo. Y más cerca. Jin se puso de pie de un salto. Su mirada recorrió frenética el claro del bosque: árboles, helechos, piedras, sombras. Y entonces lo vio. No al oso, todavía no. Pero sí el lugar donde el oso debía estar. Un grupo de arbustos se movía de un lado a otro, como si algo enorme los empujara desde adentro. —Piensa, piensa, piensa —se dijo a sí misma, retrocediendo paso a paso. Sus ojos se posaron en un arco de troncos retorcidos, cubiertos de musgo y raíces colgantes. Debajo, un montículo de tierra y hojas secas formaba una pequeña cueva natural. No era mucho, pero era algo. Corrió hacia allí con el sigilo de un conejo —y en otro momento habría sonreído por la ironía—. Se metió entre las raíces, aplastándose contra el suelo. La tierra olía a hongo y a madera podrida. Contuvo la respiración. El rugido sonó por tercera vez. Esta vez, tan cerca que Jin sintió el eco en los dientes. Y entonces, al apoyar la palma en el suelo para no perder el equilibrio, notó algo extraño. La tierra no era tierra. Era madera. Madera dura, lisa, como si alguien hubiera construido un piso debajo de la hojarasca. Apartó las hojas con las manos temblorosas y encontró una tabla. Y junto a la tabla, una argolla de hierro oxidado. —¿Qué...? —susurró. El oso rugió de nuevo. Esta vez, a unos pocos metros. Sin pensarlo dos veces, Jin metió los dedos en la argolla y tiró hacia arriba. La trampilla cedió con un chirrido seco, revelando un agujero oscuro y un par de escalones de piedra. Se deslizó dentro como pudo, jalando la tapa hacia abajo justo cuando una sombra enorme pasó por encima. Desde dentro, escuchó el resoplido húmedo del animal, sus garras raspando la madera. Jin se quedó inmóvil, tapándose la boca con las dos manos. Pasaron varios minutos. O quizás una hora. El oso gruñó un par de veces más y luego su respiración se alejó, perdiéndose entre los árboles. Jin exhaló, tan despacio que parecía que se iba a desinflar por completo. —Estoy debajo de la tierra —murmuró—. Definitivamente, estoy debajo de la tierra. Frente a ella se abrían ocho caminos, ocho bocas oscuras que parecían tragárselo todo, incluso la luz. No había señales. Ni marcas. Solo el silencio y el olor a tierra húmeda. —¿Quién construyó esto? —preguntó al vacío. Nadie respondió. Se puso de pie con cuidado y caminó hasta la entrada de cada pasaje, asomándose sin atreverse a entrar. En todos ellos, la oscuridad era la misma. No se veía el final de ninguno. Dudó. Miró hacia arriba, hacia la trampilla. Podía intentar salir, correr de nuevo, buscar a Milo... pero el oso seguía allí arriba. Lo sabía. Lo sentía en los huesos. Un rugido amortiguado llegó desde el exterior, como un eco lejano. Y otro más, esta vez más cerca de lo que quisiera escuchar. —Bueno —dijo Jin—. Elijan por mí. Cerró los ojos y giró sobre sí misma. Cuando los abrió, estaba frente al tercer pasaje. —Tercero —dijo—. Que sea el tercero. Y se adentró en el túnel. El camino era angosto, apenas más ancho que sus hombros. Las paredes de tierra y raíces rezumaban humedad. Cada cierto paso, una piedra suelta crujía bajo sus pies, y ella se detenía, conteniendo el aliento, esperando que el techo no se viniera abajo. Caminó así durante lo que le parecieron horas. Justo cuando empezaba a pensar que había elegido el túnel equivocado, que todos llevaban a ninguna parte y que se quedaría allí para siempre, vio un resplandor tenue al final del pasaje. Aceleró el paso, casi tropezando. El resplandor crecía a cada metro, volviéndose más cálido, más verde. Salió del túnel y se quedó con la boca abierta. Estaba en una cueva inmensa. Pero no una cueva cualquiera. Un techo de raíces y piedras dejaba pasar hilos de luz dorada que caían sobre un jardín secreto. Había helechos del tamaño de arbustos, flores que brillaban con una luz propia, hongos azules que parecían estrellas pegadas al suelo. Y en el centro, un pequeño arroyo de agua cristalina cruzaba la cueva de lado a lado. —Esto no es real —susurró Jin. Dio unos pasos, maravillada. Tocó una flor morada que se cerró al contacto, como avergonzada. Escuchó el rumor del agua y, en algún lugar, un sonido suave y familiar. Raspando. Algo pequeño. Algo que masticaba. Volteó y allí estaba. El conejo marrón. No uno cualquiera. Era el mismo. Lo reconoció por la mancha blanca en la oreja izquierda, la misma que tenía cuando saltó sobre ella. El animalito la miró con sus ojos redondos y brillantes, y siguió masticando una hoja como si nada hubiera pasado. —Tú —dijo Jin, apretando la mandíbula. El conejo inclinó la cabeza. —¡Tú! —repitió, y esta vez su voz rebotó en las paredes de la cueva. El conejo dio un pequeño salto hacia atrás, pero no huyó. Jin sintió cómo la indignación le subía por el pecho. Todo era culpa de ese pequeño bulto de pelos. Su canasta. Su ropa. Su bota. El oso. El túnel. Todo. Agarró una piedra pequeña del suelo y la lanzó en dirección al conejo. La piedra rebotó a un metro de él. —¡Maldito conejo! —gritó. El conejo la miró, parpadeó lentamente y luego se giró como si nada. Jin recogió otra piedra. Y otra. Las fue lanzando una tras otra, sin puntería, sin ganas de darle, solo por el placer de verlo brincar. —¡Por tu culpa estoy aquí! ¡Por tu culpa casi me come un oso! El conejo, entonces, se detuvo. Dio media vuelta y caminó hacia ella. Jin levantó la mano para lanzar otra piedra, pero algo la detuvo. El conejo se sentó frente a sus pies, alzó la mirada y... esperó. No temblaba. No corría. Solo la miraba con esos ojos grandes y oscuros, como si quisiera decirle algo. Jin bajó la mano. Suspiró. —Eres muy tonto —murmuró, y se agachó para acariciarle la cabeza. El conejo cerró los ojos y se dejó querer. Luego, con un pequeño movimiento de hocico, señaló hacia el fondo de la cueva. —¿Qué? —preguntó Jin. El conejo dio dos pasos hacia allá y volvió a mirarla. —¿Quieres que te siga? —dijo Jin, levantando una ceja. El conejo dio un pequeño brinco y repitió el gesto. Jin dudó un segundo. Luego, con un suspiro de resignación, lo siguió. El conejo la guió hacia la parte más oscura de la cueva, donde los helechos crecían más altos y el rumor del agua se apagaba. Allí, en una pequeña grieta de la pared, algo brillaba. Una luz roja, suave y constante, como la de una estrella atrapada bajo tierra. El conejo se sentó junto a la grieta y miró a Jin. Ella se acercó con cuidado. Metió la mano entre las rocas y sacó una esfera del tamaño de un puño. Era lisa, caliente y latía como si tuviera un corazón dentro. La luz violeta llenó toda la cueva. —¿Qué eres? —susurró Jin. La esfera flotó lentamente fuera de su mano y se quedó suspendida en el aire frente a su rostro. Jin retrocedió un paso. —Definitivamente —dijo, tragando saliva— estoy loca. La esfera brilló más fuerte. Más rápido. Y entonces explotó. No fue una explosión de fuego ni de sonido. Fue una explosión de luz. Una luz tan blanca, tan pura, que borró cada sombra de la cueva, cada rincón, cada forma. Jin levantó los brazos para cubrirse los ojos, pero la luz atravesó incluso sus párpados cerrados. Sintió calor. Después, nada. Cuando abrió los ojos, estaba de vuelta detrás de las raíces. La trampilla había desaparecido. El suelo era solo tierra y piedras. No había pasajes. No había cueva. Solo el bosque, el río y el sol cayendo en ángulo sobre los árboles. Y el oso, afortunadamente, tampoco estaba. —¿Soñé todo eso? —preguntó en voz alta. Nadie respondió. Pero al mirar su mano derecha, vio un pequeño tatuaje que no estaba antes: unas raras marcas rojas habían aparecido en su brazo, apenas visible, dibujada en su muñeca. —No soñé nada —susurró. Se puso de pie, aún tambaleante. Decidió seguir el río hacia arriba. Era lo único que podía hacer. Caminar. Buscar a Milo. Buscar a los chicos. Buscar una explicación que aún no tenía. Caminó en silencio durante un rato, hablándose sola para no sentir miedo. —Tal vez me golpeé con una piedra. Tal vez me ahogué un poco y mi cerebro inventó todo. Tal vez los hongos de la cueva eran venenosos. Tal vez... El rugido cortó sus pensamientos en seco. No esta vez. No un rugido lejano, ni amortiguado por la distancia. Un rugido que hizo vibrar las hojas de los árboles. Un rugido que venía de detrás del recodo del río, a no más de veinte metros. Jin se quedó helada. El miedo le subió por la espalda como un escalofrío de invierno. Y entonces lo vio. El oso era enorme, más grande que cualquiera que hubiera visto jamás. Su pelaje negro parecía absorber la luz. Sus ojos, pequeños y brillantes, la miraban con una fijeza aterradora. Jin no se movió. No podía. El oso rugió de nuevo y bajó la cabeza, mostrando los dientes. —No tengo nada —susurró Jin—. No tengo nada para defenderme. Sus manos temblorosas buscaron a ciegas alrededor. Tocaron una rama seca en el suelo. Una rama delgada, quebradiza, completamente inútil. Pero era lo único que había. La tomó. El oso cargó. Jin cerró los ojos y levantó la rama. Pero cuando la rama tocó el aire frente a ella, algo cambió. La madera crujió, pero no se rompió. Se alargó. Se endureció. Brilló con un destello plateado y, de pronto, Jin ya no sostenía una rama. Sostenía una espada. La hoja era ligera, perfectamente equilibrada. El mango se ajustaba a su mano como si hubiera sido hecho para ella. Jin la miró con los ojos desorbitados, sin tiempo para entender. El oso estaba encima. Y entonces, Jin hizo algo que ni ella misma esperaba. Dio un paso al frente. No huyó. No gritó. No se quedó paralizada. Recordó quién era: la mujer que cruzaba el bosque sola, la que enseñaba a los niños a no tener miedo. Y corrió hacia el oso. El primer golpe fue torpe, apenas un tajo en el aire que el oso esquivó con un movimiento pesado. El segundo fue mejor. Le alcanzó la pata delantera, y el animal aulló de dolor. Jin sintió algo extraño entonces. Una fuerza que no era suya. Un calor en el pecho que se extendía por sus brazos, por sus piernas, por cada músculo. La espada se volvió más ligera. Sus movimientos, más rápidos. El oso cargó de nuevo. Jin rodó a un lado, se puso de pie de un salto y le asestó un golpe en el lomo. El animal giró, furioso, pero ella ya estaba detrás de él. La batalla fue corta y brutal. Un intercambio de golpes, gruñidos, respiraciones entrecortadas. Jin se movía como nunca antes había podido hacerlo. Saltaba. Esquivaba. Atacaba. Y cuando finalmente la espada se hundió en el pecho del oso, y el animal cayó pesadamente al suelo, ella se quedó de pie, jadeando, con los brazos temblorosos. Silencio. El oso no se movía. Jin soltó la espada. La hoja cayó al suelo y, al contacto con la tierra, volvió a ser una rama seca, insignificante, rota. Jin la miró. Miró al oso. Miró sus propias manos. Y entonces gritó. No un grito de dolor. No de terror. Un grito de confusión absoluta, de incredulidad, de algo que no sabía cómo llamar. Gritó hasta quedarse sin aire. Gritó mientras caía de rodillas. Gritó mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas. A lo lejos, tres hombres escucharon aquellos gritos y corrieron. Corrieron como nunca habían corrido, saltando troncos, apartando ramas, llamando su nombre. Cuando llegaron, la vieron allí, arrodillada junto al cuerpo del oso, con la ropa rota, las manos ensangrentadas y una mirada que no estaba en este mundo. Milo se acercó despacio, como si temiera que ella fuera a desaparecer. —Jin —dijo, en voz baja. Ella levantó la vista. Sus ojos se encontraron. Y por un momento, Milo vio algo en ellos que no había visto nunca. Miedo. Pero no miedo a un animal. Miedo a sí misma. —¿Qué pasó? —preguntó él, arrodillándose frente a ella, tomándole el rostro entre las manos. Jin abrió la boca, pero no salió ninguna palabra. —Jin, háblame —insistió Milo, con la voz quebrada—. ¿Estás bien? ¿Te hizo algo? ¿Quién... qué es esto? Jackson y Lumus estaban detrás, mudos, mirando el cuerpo del oso y luego a Jin, y luego otra vez al oso, como si no pudieran creer lo que veían. Finalmente, Jin habló. Su voz fue un hilo, apenas un susurro. —Quiero ir a casa. Milo la abrazó entonces. La apretó contra su pecho, mojado también por el río y el miedo y las horas sin saber de ella. Jin se dejó abrazar, y por un momento el mundo se detuvo. Jackson y Lumus intercambiaron una mirada. Luego, sin decir una palabra, se acercaron al oso y lo cargaron entre los dos. Era pesado, enorme, pero no preguntaron cómo había muerto. No todavía. Caminaron de regreso al pueblo en silencio. El sol empezaba a esconderse detrás de las montañas de Doza, y las sombras se alargaban como dedos sobre el camino. Jin caminaba agarrada de la mano de Milo, apretando con fuerza, como si temiera que el río volviera a llevársela. No habló durante todo el trayecto. Pero de vez en cuando, sin que nadie la viera, miraba su brazo derecho. Allí seguían las marcas rojas. Latían. Apenas perceptible. Pero latían.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.