Amor Incondicional

La Culpa

7

Yo fui el primero en llegar.

Aby había caído boca abajo y estaba desmayada.

La vi tan lastimada que rogué en mi corazón que no muriera. Nunca sentí tanto miedo como en esos instantes. Quise abrazarla, pedirle perdón. Mi conciencia ya estaba acusándome. Por mi culpa había ocurrido todo eso.

Por mi culpa se asustaron los caballos.

Temeroso, con mucho miedo de perderla en la muerte, tomé su mano y murmuré con voz ronca, tan ronca que apenas pude escucharme.

—Aby, mi amor.

Quería decirle tantas cosas, pero no logré hacerlo. Unos fuertes brazos me alejaron de su lado a la vez que Rubén me gritaba con desprecio.

—¡Aléjate de ella, maldito!

Luego me empujó tan violentamente que me hizo caer sobre mi traseri. El dolor de la caída no fue nada en comparación con el dolor de mi interior.

Roby ya inspeccionaba a mi amada. Con enojo mal reprimido, se dirigió a Rubén gritándole.

—¡Deja eso! ¡Corre a la casa y pide una ambulancia!

Rubén me lanzó una última mirada tan llena de odio que, si este se convirtiera en un arma punzante, me habría quitado la vida.

—¡Que ése no se acerque a ella! —pidió al montar en el caballo con agilidad.

—De acuerdo, pero ten cuidado con lo que le dices a la familia.

Rubén se fue, galopando veloz. Cuando lo vi desaparecer en la distancia, me levanté para volver con Aby a pesar de haber escuchado la petición de Rubén. Me arrodillé a su lado. Su pálido rostro estaba cubierto de sangre a causa de una contusión en la frente, pues al caer se había golpeado con una piedra. Lo más preocupante era que no sabíamos cuánto más daño tenía.

Y como si todo estuviera en nuestra contra, comenzó a llover con fuerza. Miré a Roby, pero él evitó verme. Podía sentir su silencio como una acusación.

—Roby.

Me ignoró.

Era claro que estaba muy enojado conmigo y tenía razón. Si yo no hubiese tenido esa reacción tan infantil, eso jamás hubiera pasado. ¿Dónde quedó la madurez de la que en ocasiones presumí? Desde que llegué a Arcobello había brillado por su ausencia. En los últimos días me comporté de manera presuntuosa e irrespetuosa y caí en una irresponsabilidad que trajo como consecuencia la tragedia.

Era digno de lástima.

¡No! De lástima no. ¡Era digno del desprecio más profundo por parte de esa familia! Si Aby no sobrevivía…

Ese pensamiento me sobrecogió aún más de temor. No podía siquiera pensar en lo que sería capaz de hacer si ella moría. Lloré, confundiéndose mis lágrimas con la lluvia que caía sobre nosotros, ajena al dolor que nos embargaba. Tanto Roby como yo tratábamos de cubrir con nuestros cuerpos el inerte cuerpo de la mujer que amaba para que la lluvia no la golpeara tanto.

Una camioneta llegó. Desalentados vimos que no era la ambulancia. Necesitábamos una ambulancia, no a los padres de la víctima, quienes fueron los recién llegados acompañados de Rubén. Los padres corrieron bajo la lluvia para acomodarse al lado de su hija. La señora Díaz no dejaba de preguntar en medio de las lágrimas.

—¿Por qué a mi hija? ¿Por qué?

Ninguno de los que llegaron pudieron hacer más por Aby de lo que Roby y yo hacíamos ya.

Lo que sí hicieron, y eso se notó a leguas, fue controlarse para no irse contra mí y echarme de allí. Era obvio que Rubén los había puesto al tanto de todo, por ello no objetaron cuando de manera ruda, él me apartó de Aby, así que me mantuve apartado, tragándome mi propio dolor.

Finalmente la ambulancia llegó. Afortunadamente había acceso hasta donde estábamos para los vehículos y mientas los camilleros subían a Aby a la ambulancia, dejó de llover. Los rayos del sol atravesaron las nubes para caer sobre nosotros, pero su calidez no logró calentar mi interior porque este estaba helado.

La frialdad aumentó cuando no me permitieron subir con Aby a la ambulancia. Sus padres la acompañaron, luego Roby y Rubén treparon a la camioneta y olvidándose por completo de mí, se fueron detrás de la ambulancia, dejándome solo. No podía reprocharles que no quisieran dirigirme su atención. Estaban resueltos a aplicarme la ley del hielo y el que Roby también lo hiciera acrecentó mi angustia.

Volví a casa caminando por el terreno tupido de fango. Cuando llegué, el resto de la familia se encontraba reunida en el gran comedor, hablando, olvidado ya el trabajo en la cocina. En cuanto hice mi aparición, guardaron silencio. Las miradas de todos me taladraron acusadoras y me sentí cohibido. No supe qué decir ni qué hacer, incluso sentí que empequeñecía.

—Dice Rubén que fue tu culpa.

Era una de las hermanas de Aby y aunque no logré recordar su nombre, sí pude notar el llanto en su voz.

—Fue un accidente.

Dije eso en vano intento de defenderme, pero incluso yo sabía que no tenía disculpa, no tenía perdón. Ni siquiera podía perdonarme yo mismo. ¿Cómo podía esperar que la familia me perdonara? Aun así, lo único que deseaba era estar con Aby.

Fue Rosa la que, quizás viendo lo que estaba yo sufriendo, mostró un poco de compasión por mí.




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