Amor Incondicional

La Canción

10

Al concluir la ceremonia, la familia nos felicitó por compromiso; nadie sentía en realidad la felicidad que debe existir en una ocasión así. Después de felicitarnos, todos nos dirigimos a la hacienda donde la señora Díaz había preparado la comida y de esa manera dar un poco de sabor a tan amargo día, no obstante, con nada mejoró.

El señor Díaz no estaba dispuesto a facilitar las cosas para mí y cuando anuncié mi decisión de regresar a México al día siguiente si era posible, él fue el primero en oponerse.

—¿Por qué tan pronto? ¿Por qué te la quieres llevar ya?

—Porque ahora tengo una familia que mantener y tengo que trabajar —respondí tajante, no dispuesto a dejarme intimidar.

Comprendí que el propósito del señor Díaz era que nos quedáramos a vivir en la hacienda, pero estaba dispuesto a que Aby me hiciera la vida imposible, no así el resto de la familia. No me sorprendió el apoyo de Aby, pues me había dejado claro que deseaba irse de Arcobello.

—Papá, si David dice que mañana nos vamos, entonces lo haremos.

De todos modos le agradecí con una mirada, pero ella con la suya, rechazó mi agradecimiento.

Entre estira y afloja en sentido emocional, pasamos el día. Por la noche, Aby se trasladó al cuarto que me asignaron cuando enfermé, después de haberse hecho planes para que por la mañana temprano Juan nos llevara a Los Cocos.

Ambos teníamos ya nuestro equipaje preparado, por lo que hallándonos solos en el cuarto, no supe qué hacer. La cama era matrimonial y cabíamos muy bien en ella, pero en vez de ayudar a Aby a meterse al lecho, me quedé parado sin reaccionar.

—¿Quieres que duerma en esta silla?

Su voz me hizo volver en mí. Avergonzado, me dirigí a su lado para ayudarle en lo que necesitara.

—Disculpa —murmuré turbado—. Dime qué quieres que haga.

—Para empezar, ayúdame a cambiar esta bolsa.

Se levantó la falda del vestido y me mostró una bolsa especial llena de un líquido amarillento. La bolsa estaba conectada a un tubo que se perdía entre sus piernas. Muy sorprendido, me quedé mirándola.

—¿Qué esperabas? —dijo, tiñendo su voz con una burla amarga—. ¿Que inválida como estoy pudiera ir al baño a hacer mis necesidades? Ni siquiera puedo hacer eso. Estoy insensible de la cintura para abajo, no siento cuando quiero orinar, por eso estoy conectada a este tubo y esto que ves aquí... —Golpeó la bolsa con los dedos de su mano derecha—, son orines. O es la sonda o son pañales. ¿Qué prefieres cambiar?

—Pero yo creí que sólo tus piernas…

—Sí, sí, ya sé lo que creíste. Ya quita esto y pon una bolsa nueva, las tengo allí en esa maleta.

Así, siguiendo sus instrucciones, cambié la bolsa.

Descubrir su verdadera condición me apesadumbró mucho; fue un duro e inesperado golpe emocional. En silencio la ayudé a cambiarse el vestido por un pijama que parecía un costal de papas y la acosté en su lado de la cama. Era obvio que entre ella y yo no podía haber nada íntimo; comprendí que nuestro matrimonio sería sólo de nombre. Pero en realidad no era eso lo que me preocupaba ni lo que me atormentaba. Lo que me desconsoló fue conocer lo dañada que estaba. Ni siquiera tenía la más mínima idea.

¿Notó Aby que el descubrimiento me había hecho sentir muy mal? Quizás, porque antes de apagar la luz pude ver satisfacción en su rostro y supe que me tenía como quería, triste y abatido.

Por la noche desperté varias veces aquejado por terribles pesadillas. En una de ellas vi a Aby siendo pisoteada sin misericordia por un caballo, el que bailaba con crueldad sobre ella y el animal no paró sino hasta que le desbarató la espalda. Aby, destrozada y sangrando, se levantó y se dirigió a mí apuntándome con el índice, acusándome de su desgracia. Yo retrocedí aterrado, pero ella me alcanzó tomándome con fuerza para que no huyera y no me dejó escapar.

Desperté sudoroso, probando un amargo sabor de boca que hizo que mi estómago se revolviera.

La aguda sensación que tuve de estar cautivo emocionalmente de por vida, me quitó por completo el sueño y ya no pude dormir. Así me encontró el nuevo día. Como mi ánimo, amaneció nublado y aunque mis orbes no derramarían lágrimas, el cielo sí, pues amenazaba una fuerte tormenta, aunque de seguro no sería tan fuerte como la de mi interior.

Ayudé a Aby a vestirse en silencio, asombrándome un poco lo contenta que había despertado. Después caí en la cuenta que con sólo ver mis ojeras, sirvió para alegrar su día. Me quedó más claro el dato de que entre más sufriera yo, más feliz sería ella, pero traté de no darle importancia y ya listos, salimos del cuarto porque Juan nos esperaba desde hacía varios minutos en la sala. No había nadie más a parte de la señora Díaz. La noche anterior todos se habían despedido de nosotros.

—Por favor, David —me pidió su madre cuando poco después los cuatro llegamos al lado del vehículo—, cuídala mucho. Tenle paciencia.

“Eso sobre todo, pensé.

Ya me había convencido de que necesitaba armarme con toda la paciencia del mundo para lograr sobrevivir a su lado. Había comprobado que ella estaba dispuesta a hacerme muy infeliz.




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