Amor Incondicional

Matrimonio

9

Me estremecí cuando mi vista se cruzó con la suya, la que era despiadada, vengativa.

Sus ojos iluminados por el rencor parecían salirse de sus órbitas y sus labios temblaban, anhelantes por dejar escapar todo lo que llevaba adentro.

Nos sostuvimos la mirada por unos segundos, pero después recorrí todo su rostro, grabándome sus facciones, las que a pesar de estar endurecidas por el deseo de venganza, me parecieron únicas, inolvidables.

¿Cuántos días habían pasado sin que la viera sonreír? Extrañé su hermosa sonrisa.

—¿Eres mi obra? —pregunté en voz queda, sin dejar de mirarla.

—Lo soy —respondió también en tono bajo y tampoco desvió su mirada.

Me incorporé un poco para decir algo tan sorpresivo para ella como para mí.

—Si eres mi obra, entonces me perteneces.

Aby entrecerró los ojos, tanto, que estos apenas se vieron tras una ranura, pero a pesar de eso vi la manera como brillaron.

—¿A qué te refieres con eso?

—Demando que te cases conmigo.

Lo dije despacio y claro para que ella entendiera bien y no hubiera duda de a qué me refería, pero por muy despacio y claro que lo haya dicho, al parecer no fue suficiente, pues preguntó como si no hubiera captado ninguna de las palabras.

—¿Qué? ¿Qué dices?

Ya para entonces, su mirada se había vuelto a otro lado y ahora me rehuía.

—Cásate conmigo.

Pude notar un cambio en su actitud. No supe qué fue exactamente, pero no volví a encontrarme con sus ojos porque era como si tuviera miedo de mostrarme… ¿qué? No supe.

—Debo irme.

—No, no te irás hasta que me contestes.

A pesar de lo débil que me sentía, me estiré para agarrar su silla y detenerla, por lo que casi tuve que sacar de la cama medio cuerpo para lograr alcanzarla, así que mi único apoyo fue la silla de la que me sostuve. Aby la movió con el control y sin fuerzas para seguir sujetándome, se fue de mis manos. Al faltar el apoyo que me daba, me fui de bruces y caí al suelo. Ambos gritamos. Ella asustada de verme caer y yo de dolor cuando mi rostro dio contra el piso, pues mi nariz pagó las consecuencias otra vez.

¿De qué manera salió el resto de mi cuerpo de la cama? ¡No lo sé! El suceso fue tan rápido y a la vez muy estúpido.

Tembloroso y con náuseas, me levanté tratando de detener la sangre que goteaba por mi nariz. Era asqueroso sentir que parte de la sangre entraba a mi garganta, lo que me provocaba las náuseas, además del mareo que no quería dejarme. Apenas me estaba recuperando de la nariz rota y ahora esto.

—No puedo creer que ni siquiera las manos metiste para protegerte el rostro —dijo muy irritada.

—Gracias por tu compasión, pero no las pude meter porque estaba tratando de alcanzarte.

Como pude, fui al baño para escupir toda la sangre que pasaba por mi boca, luego, sin dejar de presionar un punto clave sobre la nariz, regresé a la cama y sólo me senté, pues temí ahogarme si me acostaba.

—Iré a hablarle al doctor.

Ya no contesté y la dejé ir.

El doctor no tardó mucho, así que a los pocos minutos ya estaba revisándome. Para sorpresa mía, Aby y sus padres llegaron con él. Yo creí que no la vería más, sin embargo, ahí estaba, mirándome enojada, pero aparentemente compadecida de mí.

—¿Te duele mucho? —me preguntó preocupada.

—Horrible.

—Se recuperará también de esto —informó el doctor.

Pero escucharlo no fue lo que me hizo feliz, sino la actitud de Aby que parecía mostrar que realmente estaba mortificada por mí y cuando el doctor terminó de atenderme, él y sus padres se fueron, pero ella se quedó. Si para tener su atención era necesario pasar por estas penalidades, entonces estaba decidido a pasarlas.

Estuvimos en silencio por varios minutos. Yo me encontraba de nuevo bajo las mantas. La luz de las lámparas iluminaban parcialmente la habitación y por primera vez desde que nos conocimos, reinó la paz entre nosotros, así que me sentí relajado. Por un instante me pareció que todo iba a cambiar entre ella y yo; un cambio para nuestro bien, pero cuán lejos estaba de la verdad, y fue Aby quien me sacó de mi error al hablar.

—Voy a casarme contigo David. —Y sin darme tiempo de decir nada, me aclaró—. Pero no te ilusiones. Me caso contigo porque quiero irme de Arcobello. Como estoy, mis padres no me dejarán marchar de otra manera. Además, si ya no voy a ser feliz, tú tampoco lo serás. No dejaré que hagas una vida feliz con alguien cuando es por tu culpa que yo lo he perdido todo. Te odio. No, no sólo eso. Te desprecio y nunca sentiré por ti algo diferente a eso. Rubén es y será siempre mi único amor. ¿Aún estás dispuesto a sacrificarte por mí? ¿Es tu lástima producida por la culpa que sientes, tan grande que serás capaz de aceptar esto?

No eran condiciones muy agradables, lo aceptaba. Pero no era mi lástima lo que me haría aceptar, ni siquiera la culpa que sentía, sino mi amor por ella; mi gran y único amor.

Ella siempre amaría a Rubén y el que me lo dijera con tanta claridad fue muy doloroso para mí, pero yo siempre la amaría a ella y prefería vivir una vida de tormento a vivir una vida sin ella. De modo que tal como ella fue clara, yo le oculté mis verdaderos sentimientos, pues comprendí que no tenía caso que se los refiriera sabiendo cuánto me odiaba.




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