—Ya lo dije, no los quiero ahí, así que quita esos horrendos cuadros.
La actitud de Aby era por demás desafiante y al mirarnos, sus ojos destellaron retadores mientras que los míos se nublaron por la ira. Esta era mi casa y seguiría tal como me la habían heredado mis padres, así que no haría ningún cambio.
Pero su orden, al darse la vuelta para continuar con el recorrido, siguió pesando sobre mí y cuando entró a la cocina, amplia y equipada con todo lo necesario, dijo:
—Tampoco me gusta el color de estas paredes, hay que cambiarlo.
Contuve la respiración haciendo un supremo esfuerzo por controlarme. Por eso no repliqué como deseaba, sino que la seguí como perrito tras su amo cuando salió de la cocina para recorrer el pasillo. No pude dejar de pensar que el color de las paredes estaba bien, era el apropiado para una cocina. Mi madre había sido una excelente decoradora y no era necesario cambiar nada.
—¿Dónde voy a dormir? —preguntó de pronto, su voz satisfecha por lanzar semejantes mandatos.
Todavía en silencio por mi parte, la conduje a la habitación que estaba situada a un lado de la que sería la mía. Entró e inspeccionó todo con suma atención, tan minuciosamente que esperé sus exigencias, mas se quedó en medio del cuarto sin decir nada, lo que me hizo suspirar de alivio.
—Voy a pedir algo para comer, ¿qué se te antoja? —pregunté empleando un tono suave.
—Lo que sea —respondió en el mismo tono, el que evidentemente noté muy fingido.
Me volví para salir, pero entonces me detuvo.
—¡Ah! David, no me gusta este cuarto, quiero que cambies la cama, esta es muy grande para mí. El color de las cortinas es muy claro, consígueme unas oscuras y saca todo el mobiliario que no ocupo, como esa sala. —Golpeó la silla de ruedas con fuerza y su voz se transformó desagradablemente en un frío escalofriante—. Ya tengo integrada mi propia sala. ¡Pero qué digo si puedes verme aquí en ella! ¿No te gusta, David? ¿No es mejor que ésa? ¡Y tú has hecho posible que la tenga! ¿Qué más puedo pedir? Ya no necesito nada más, sólo la cama. Ahora ve y pide la comida. Cuando la pidas regresa, quiero ducharme.
Y a su desagradable tono helado se sumó el exigente, déspota y cínico. Sabía bien que sus palabras de la sala integrada iban a ser tan demoledoras que reprimió en mí el espíritu de objeción, dejándome con la aguda sensación de que me había convertido en su sirviente y yo lo estaba permitiendo. Sin embargo mi orgullo, que al parecer todavía estaba intacto, me dio un poco de dignidad, así que logré replicar.
—La habitación está bien. Es espaciosa y alegre. Necesitas estar rodeada de algo que te dé alegría, como las sonrisas de esas fotografías que quieres que quite.
Apenas terminé de decirlo, Aby inclinó el rostro y se puso a llorar, lo que casi de inmediato aborrecí porque no podía soportar que llorara y mucho menos lo que a continuación dijo con voz lastimosa, ahogada por el llanto.
—Bueno, como tú no serás quien pase todos los días encerrado aquí. Como no eres tú el que está confinado a esta silla. Como no eres tú el que llega a un lugar extraño. Tampoco eres tú el que lo perdió todo, porque no eres tú el que...
—¡Está bien! ¡Tú ganas! Haz lo que quieras con esta casa.
La realidad fue que verla llorar y escucharla en esas condiciones me dejó fuera de combate. Me aplastó la terrible sensación del abatimiento, lo que seguro gozó. Era muy astuta y rápidamente estaba aprendiendo como llegarme, como manejarme.
—Conseguiré quién te ayude a hacer los cambios que quieres.
Ella sonrió y no fue una sonrisa cualquiera. ¡Oh, Dios! Supe en ese instante que esa era su arma más potente. ¡Cómo extrañé esa faceta suya! Estaba sonriendo a plenitud. Se iluminó su rostro, sus ojos brillaron y cambió su semblante. ¿Era posible hacerla sentir un poco feliz el que yo accediera a sus caprichos? Si conseguía eso, entonces bien valía el sacrificio, mas ella de pronto volvió a su actitud anterior.
—Pero no quiero que otra persona me ayude —dijo con sequedad—. Quiero que tú me ayudes.
—Yo no puedo ayudarte mucho, debo ir a trabajar.
—Pero yo quiero que tú me ayudes.
—Aby, por favor…
Otra vez inclinó su rostro y lloró amargamente permitiendo que los fuertes sollozos sacudieran su delgado cuerpo. Me irrité, pero no pude dejar de percibir el triste cuadro que representaba y la angustia que me rodeaba me apretó al grado que sentí asfixiarme. Cerré los ojos para implorar ayuda en silencio.
—Sí, Aby, está bien, yo te voy a ayudar. Ahora vuelvo, iré a pedir la comida.
Antes de salir del cuarto, noté la manera en la que me contemplaba. Sus ojos brillaron extrañamente mientras una ligera sonrisa asomó a sus labios. Me estremecí por la zozobra al momento que me pregunté.
“¿Qué estará planeando?”.
******
Entré a la oficina. Siempre que llegaba a mi santuario me sentía feliz, realizado y satisfecho, sin embargo, esa vez no sentí nada de eso porque un enorme vacío había suplido esas emociones.
—¡David! ¡Has vuelto! ¡Creí que tardarías como mínimo un mes en regresar!
Editado: 03.10.2026