8
No salí del cuarto ni siquiera cuando su madre salió de la ducha y se puso histérica al verme.
—¡Fuera de aquí! ¿Cómo se atreve a entrar así? ¡Enfermera! ¡Enfermera!
Yo continué inmóvil, como si mis pies hubieran echado raíces en el suelo, porque no pude moverme y ahí fue donde comprendí que no podría separarme nunca más de Aby.
Si ella había perdido su felicidad por mi culpa, entonces yo no tenía derecho de ser feliz tampoco, así que un lazo invisible me unió a ella y juré ser su sirviente, su esclavo, lo que fuera, no me importaba, sólo quería pagar mi error.
Así que únicamente muerto podían separarme de ella. Pero algo más que entendí fue que mi amor y sólo mi amor, era lo que me hacía sentir tan culpable.
—¡Enfermera! ¡Enfermera!
Los gritos de la señora atrajeron a varias enfermeras, sin embargo, ninguna de ellas logró sacarme del cuarto, por lo que fue necesario llamar a los rudos tipos de seguridad, a los que detesté porque en esa sutuación sí se presentaron, pero en Arcobello, cuando Rubén me golpeó, los guardias de aquella clínica brillaron por su ausencia.
Los muy pérfidos me echaron, no sólo del cuarto, sino del hospital bajo amenaza de llamar a la policía si volvía a entrar.
—No eres bienvenido aquí —me dijo uno de ellos—. ¿Por qué mejor no te vas a dar un buen baño? ¡Apestas!
Me quedé en la calle sin poder evitar levantar los brazos para olerme las axilas y fruncí la nariz, pues era verdad. Apestaba. Pasé la mano por la cara dando masaje a la barba crecida de varios días, luego me miré la ropa y noté lo sucia que estaba, sin embargo, a pesar de mi lamentable estado, no hice nada por remediarlo, porque estaba resuelto a permanecer ahí sabiendo que ella pronto saldría, pues ya estaba dada de alta.
Conforme transcurrieron los minutos, el cielo se oscureció y poco después comenzó a llover, aunque no fue solo agua, sino que finos trozos de hielo la acompañaron. El granizo me golpeó obligándome a buscar un lugar para protegerme, el que encontré en la acera de enfrente, debajo de un balcón. Ahí, empapado y tembloroso, aguardé.
Mi espera ya no fue mucha porque un rato después, vi llegar la camioneta de Roby. Él entró al hospital y al pasar varios minutos, todos salieron, protegiéndose de la lluvia con los gruesos impermeables que Roby les había llevado. El señor Díaz empujaba la silla de su hija, pero luego Roberto se hizo cargo de levantar a Aby en sus brazos y acomodarla en el asiento corrido de la parte de atrás de la camioneta.
Rosa y su madre le hicieron compañía y el señor Díaz se sentó en el asiento de adelante mientras Roby acomodaba la silla de ruedas en el cajón abierto. A continuación, antes de subir para ponerse tras el volante, mi amigo se volvió a mí y me hizo la seña para que me acercara.
Al acercarme, escuché al viejo decir.
—No irás a llevarlo con nosotros, ¿verdad?
—Tampoco puedo dejarlo aquí —fue la seca respuesta de Roby—. No con este tiempo.
Me sentí orgulloso de él porque estaba demostrando que aún era mi amigo. Un amigo herido y airado, pero aún mi amigo.
—Pues que se vaya atrás —cedió irritado el señor Díaz.
—Por supuesto —concedió Roby—, aquí no cabe, de lo contrario…
—Está bien, gracias, me voy atrás.
Y para no seguir con la discusión, apresuradamente me trepé al cajón de la camioneta. De esta manera, como si fuera el perro que nadie quiere, me senté en una esquina, doblé las piernas hacia mi pecho y las abracé, luego oculté en ellas mi rostro para que mis ojos no vieran la silla de ruedas que yacía frente a mí en mudo testimonio de todo el mal que había hecho.
—David —escuché a Roby.
Levanté mi rostro y vi que Roby me tendía un impermeable. Me di cuenta que era el que usaba él.
—Acá no lo ocupo —me dijo y sonrió, mas la sonrisa no iluminó sus ojos, los que me miraron tristes.
Agradecido, tomé el impermeable que necesitaba puesto que, aunque ya no caía granizo, la lluvia persistía y no se detuvo, sino que me acompañó durante casi todo el recorrido a Arcobello. Se me hizo eterno, pues el camino por tanta lluvia estaba peor de lo que recordaba y el constante brincar del vehículo me provocó dolor allí donde mi cuerpo golpeaba contra el duro metal.
Pero finalmente llegamos, así que Roby nos dejó a Rosa y a mí en su casa, luego se fue para llevar a Aby y a sus padres a la hacienda, que era donde iba a vivir Aby de ahí en adelante.
Como esperaba, Rosa me trató fría pero cortés e incluso me ofreció algo para cenar, pues ella sabía que yo casi no había comido en los últimos días y eso se notaba porque perdí algunos kilos. Tal vez me acostumbré a no comer y por eso rechacé su cena. El caso fue que lo único que deseaba en ese momento era dormir. Me sentía tan cansado que estuve tentado a meterme a la cama así de mugroso como andaba, pero por fin sentí vergüenza de mi apariencia cuando me asomé al espejo y este me devolvió mi desagradable reflejo.
Me di un largo baño después de rasurarme. Cuando terminé, tomé la ropa sucia y la arrojé en el cesto de basura, pues ni siquiera valía el esfuerzo lavarla. Ya limpio y fresco, pero no por eso descansado, me metí en la cama, acurrucándome en las sábanas limpias y medité en lo que haría para acercarme a Aby; cómo llegar ella. No, no llegar, porque llegar a donde estaba era fácil. Bastaba con recorrer quince kilómetros a pie, ya que dudaba que alguien quisiera llevarme a la hacienda.
Editado: 03.10.2026