¿Qué significa que estará bien? No confío en nada ni en nadie y, a estas alturas, que Darío trabaje en el partido me parece más un peligro que una ventaja.
—¿A qué te refieres? —le pregunto a Teva, que sigue frente a mí esperando a que regrese a las sillas.
—Los niños no desaparecen sin razón, sus padres los entregan y si su padre trabaja en el partido no creo que lo haga.
Mi dedo se separa del botón, que tenía listo para marcar el contacto de Syra. El teléfono se me resbala de las manos, pero lo aprieto antes de que caiga.
—¿Qué dices? —Trago grueso—. Ningún padre entregaría a su hijo.
—Sabemos que algunos inmunes lo hacen. Se ponen en contacto con una organización externa y los entregan para que los saquen de la isla. —Toca despacio mi mano, no me había dado cuenta de que mis venas se engrosaron y mis nudillos, ahora blancos, se aflojan con su tacto—. No es fácil vivir así, si yo hubiera tenido hijos lo habría hecho también.
Por unos segundos no puedo moverme, ni hablar, ni siquiera decirle que me parece una completa locura. Las escasas horas en esta nueva realidad quizás no me alcanzan para entender. Quizás ver y fingir que no puedo es la verdadera tortura.
—Nosotros no somos el enemigo —añade—. Regresemos y pregunta lo que quieras que todos estamos juntos en esto —dice y camina hacia la primera fila, para volver a sentarse junto a Vincent.
Pienso en Syra y en Lua, si están seguras o no, pero ella dejó claro que no quiere ver y si le contó a Darío es porque confía en él. No puedo obligarla a beber el agua, ni a buscar una forma de escapar conmigo. Ni siquiera sé si es posible.
Su número aún brilla en la diminuta pantalla antes de apagarla y dejar el teléfono en la caja otra vez.
Regreso y me siento en la misma silla, en la esquina de la última fila. La reunión había seguido sin nosotras como si no les importara si me quedo o no; o como si ya supieran que me quedaría.
Doy un respingo cuando el hombre a mi lado se pone de pie y alza la voz para participar en la discusión, que no tengo idea de qué va.
—Tenemos que hacer algo. Escuché en el pasillo del Centro de Salud Mental que van a empezar a probar lo del plan Nesoyme. —Da un golpe en el respaldo de enfrente con su mano y la señora adelante se sobresalta—. Mañana podría ser cualquiera de nosotros allí.
El murmullo en el público se intensifica, pero el hombre a mi lado sigue de pie, ahora con los brazos cruzados.
¿Acaba de decir plan Nesoyme? No es la misma palabra pero debe ser el mismo que mencionó Maxwell. Al final ese viejo loco sabe más de lo que parece.
—Si somos inmunes al agua, quizás eso tampoco funcione con nosotros —suelta una de la segunda fila.
—¿Te refieres al Plan Mnemosyne? —le pregunto mirando hacia arriba.
El murmullo se corta de golpe, las cabezas se giran expectantes hacia mí y luego hacia el hombre.
—¿Cómo lo sabes? —replica él.
No sé hasta qué punto puedo contarles la verdad, o la verdad de Maxwell, para ser exactos.
—Me lo contó la misma persona que me dio la fórmula para ver —respondo sin intención de soltar nada más.
Una abre tanto la boca que casi puedo verle la garganta, otra frunce el ceño, el hombre a mi lado se toca el puente de la nariz y, después de unos segundos de prolongado silencio, regresa el murmullo.
—¿Eso significa que antes no veías la realidad? —se atreve a preguntar un chico desde la primera fila.
Solo asiento.
—Eso es imposible —añade el mismo chico y se gira en su silla para mirar al frente.
—¿A qué fórmula te refieres? —cuestiona otra sentada en la cuarta fila, delante de mí.
—No conozco el nombre, solo sé que elimina el efecto del agua y lo comprobé yo misma —les aclaro—. Solo tomé un día.
Ya sé que es difícil de creer pero ellos que son inmunes no deberían dudar tanto, si ya conocen la locura colectiva en la que vive sumergida esta isla.
El murmullo se eleva y algunas voces sobresalen del resto casi al unísono.
—No tendría que esperar para ver si mi hijo es inmune.
—Mi novia vería igual que yo.
—Mis padres por fin entenderían.
Todos tienen alguien a quien salvar de esta ceguera implantada.
Se levanta una en primera fila y exclama:
—¡Hay que dar esa fórmula a todo el mundo y acabar con esto!
Las voces suben de volumen, ya no es murmullo sino ruido, que se multiplica con el eco del edificio vacío.
El chico enfrente golpea la pizarra con el puño cerrado, tan fuerte que pensé que la rompería, pero no sucedió.
—¡No podemos hacerlo! —exclamó.
Luego de su grito el zumbido de los ventiladores llenó el espacio.
Entiendo a qué se refiere, hace apenas unas horas que veo y aun me cuesta creer que existe una realidad que estaba oculta delante de mi nariz. Al menos yo tengo información del proyecto, de mi abuela, de Maxwell. Para cualquier otra persona enterarse que ha sido engañado toda su vida puede ser un trauma irreversible.
—Si todos beben la fórmula solo generará caos —murmuro para mí, pero el silencio transporta mis palabras por todo el lugar—. ¿Han pensado en irse?
Es una pregunta estúpida, lo sé, seguro se lo han cuestionado desde que tienen memoria, pero ya no puedo quedarme con ninguna duda, por más tonta que parezca.
Nadie dice nada, algunos bajan la cabeza, otros se miran entre ellos.
—Todas las salidas están custodiadas, desde el aeropuerto hasta los barcos. —responde finalmente Teva desde el frente—. Algunos han intentado salir al mar en botes fabricados a escondidas, pero no sabemos qué ha pasado con ellos.
La imagen de mi primo regresa difusa a mi cabeza. Eso significa que quizás él veía, quizás no lo soportó. Quizás por eso se fue al mar y… No quiero terminar esa frase.
Me quedo callada digiriendo la idea de que no hay salida, que estoy peor que antes. ¿Para qué ver esta realidad?
Teva me mira y en sus ojos húmedos solo veo resignación. Y no quiero, no puedo aceptarlo.