El Legado de Vidrio

La llegada y el presagio

El puente apareció entre la niebla justo cuando empezó a llover.

Lucía lo distinguió a través del parabrisas: una estructura estrecha de piedra, suspendida sobre un río que había dejado de parecer un río. El agua golpeaba los pilares con una fuerza oscura, arrastrando ramas, hojas y trozos de madera.

—¿Ese es el acceso a la hacienda? —preguntó Luis desde el asiento trasero.

Raúl no respondió de inmediato. Redujo la velocidad y apretó ambas manos sobre el volante.

—Es el único acceso.

A su lado, Elizabeth levantó la vista de los documentos que llevaba sobre las rodillas. No parecía preocupada. Su rostro conservaba la misma expresión serena que había mantenido durante todo el trayecto desde la ciudad, como si la lluvia, el cielo encapotado y el río desbordado formaran parte de una puesta en escena que ella conocía de antemano.

—El puente ha soportado tormentas peores —dijo.

Lucía miró hacia atrás. En los dos vehículos que venían detrás viajaban Aitana, Jorge, Julián y Esteban. Las luces de los automóviles se deformaban entre la lluvia, convirtiéndose en manchas amarillas que avanzaban y retrocedían al ritmo de la niebla.

El viaje había comenzado como una celebración. El proyecto de la constructora acababa de cerrarse después de casi dos años de retrasos, modificaciones y reuniones interminables. Raúl había insistido en que todos pasaran el fin de semana en la hacienda de Elizabeth. Una cena, algunas botellas de vino, comida abundante y, sobre todo, ninguna necesidad de conducir de regreso a la ciudad después de beber.

Una celebración sencilla.

Eso había dicho.

Lucía no terminaba de creérselo.

—No me gusta ese puente —murmuró Julián.

—A ti no te gusta nada que no puedas controlar —respondió Aitana desde el otro automóvil, según le había contado Jorge durante una de las paradas.

Lucía apartó la mirada del río.

A través de la ventanilla, la vegetación parecía cerrarse alrededor del camino. Las ramas de los árboles se inclinaban bajo el viento y arañaban el cielo como dedos largos. La hacienda estaba en una zona apartada, rodeada de viñedos y laderas boscosas. Elizabeth la había descrito como una propiedad familiar, aunque nunca hablaba demasiado de su historia.

En realidad, Elizabeth nunca hablaba demasiado de nada que pudiera hacerla vulnerable.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Esteban desde el asiento del copiloto.

Lucía giró la cabeza.

Él la observaba con una sonrisa tranquila. Tenía el cabello oscuro ligeramente húmedo y una mano apoyada sobre la rodilla. Desde la universidad conservaba aquella forma de mirar: directa, cálida, casi protectora. En otros tiempos, Lucía había confundido esa atención con interés.

Habían pasado muchos años desde entonces, pero algunas confusiones no desaparecían. Solo aprendían a esconderse.

—Estoy bien.

—Estás pálida.

—Es el viaje.

—O el puente.

Lucía volvió a mirar hacia delante.

—No me gustan los ríos crecidos.

—Tu madre tampoco soportaba el agua cuando subía demasiado —dijo Esteban.

El comentario cayó dentro del vehículo con una suavidad desagradable.

Lucía sintió que el estómago se le cerraba.

—No sabía que la conocías tanto.

—La conocí lo suficiente.

—Fue hace mucho tiempo.

—Precisamente por eso lo recuerdo.

Raúl lanzó una mirada rápida hacia ellos, pero no intervino. Elizabeth pasó una página de sus documentos. El sonido del papel pareció más fuerte que el motor.

Lucía no quería hablar de su madre. Mucho menos allí.

Durante años había aprendido a esquivar las preguntas. No explicaba que su madre había pasado los últimos meses en una institución psiquiátrica. No contaba que, antes de perder completamente la memoria, había empezado a esconder objetos en lugares absurdos, a desconfiar de los vecinos y a despertar convencida de que alguien la observaba desde el jardín.

Tampoco decía que, algunas noches, Lucía temía encontrar en sí misma los mismos síntomas.

La enfermedad podía ser hereditaria. Eso era lo que había leído en artículos médicos, foros y páginas que cerraba antes de terminar. Nadie podía asegurarle que no le ocurriría. Nadie podía prometerle que un día no despertaría sin reconocer su propia habitación.

El miedo no aparecía todos los días.

Pero estaba allí.

Esperando.

El vehículo avanzó lentamente sobre el puente. Las ruedas pasaron por encima de las piedras húmedas y el coche se inclinó ligeramente hacia la izquierda. Abajo, el agua rugía contra los pilares.

Lucía contuvo el aliento.

—No mires —dijo Esteban.

—No estoy mirando.

—Estás apretando los dedos.

Lucía bajó la vista. Tenía las manos cerradas sobre el bolso.

Las relajó.

Al otro lado del puente, el camino se elevaba entre dos hileras de cipreses. La hacienda apareció unos minutos después, detrás de una verja de hierro cubierta por enredaderas. Era una construcción antigua, de piedra oscura y tejados inclinados, con varias alas añadidas en épocas distintas. Algunas ventanas reflejaban el cielo gris; otras permanecían negras, como si no hubiera nadie detrás.

En la fachada principal, una lámpara amarilla iluminaba el escudo de la familia.

Lucía alcanzó a distinguir una figura grabada en el centro: una flor de cinco pétalos encerrada en un círculo.

—¿Qué significa ese símbolo? —preguntó.

Elizabeth siguió la dirección de su mirada.

Por primera vez desde que habían salido de la ciudad, perdió la serenidad.

Fue apenas un instante. Un parpadeo. Una rigidez repentina alrededor de la boca.

Después sonrió.

—Es el emblema de la hacienda.

—¿De la familia?

—De la hacienda —repitió Elizabeth.

Raúl estacionó frente a la escalinata. Los otros vehículos se detuvieron detrás. Durante unos segundos, nadie bajó. La lluvia golpeaba el techo del coche con tanta intensidad que parecía que miles de dedos intentaban entrar.




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