El Legado de Vidrio

El brindis y la fractura

La tormenta no cedió.

Durante la hora siguiente, la lluvia golpeó los ventanales con una insistencia casi hipnótica. El viento recorría los corredores de la hacienda y hacía vibrar los cristales de las lámparas. Cada cierto tiempo, un trueno sacudía la casa desde los cimientos.

Lucía se cambió de ropa y bajó al comedor poco después de las ocho. Había intentado descansar, pero el sonido del agua contra el tejado le había impedido cerrar los ojos.

También había intentado recordar la imagen de la niña junto a la ventana.

No lo consiguió.

El comedor ocupaba una de las alas más antiguas de la hacienda. Una mesa alargada dominaba el centro de la estancia, cubierta con un mantel blanco, copas de cristal y platos de porcelana con un borde azul oscuro. En las paredes colgaban pinturas de paisajes rurales y retratos de hombres que parecían haber heredado la misma expresión de severidad.

Elizabeth estaba sentada en uno de los extremos. Vestía un traje verde oscuro y llevaba el cabello recogido. A su lado había una carpeta de cuero cerrada.

Raúl ocupaba la cabecera opuesta.

—Por fin —dijo Luis cuando Lucía entró—. Ya empezábamos a pensar que la hacienda te había tragado.

—La casa es demasiado vieja para tragarse a nadie —respondió Lucía.

—No estés tan segura —murmuró Julián.

Aitana levantó los ojos de su copa.

—Las casas viejas no tragan personas. Las guardan.

Jorge soltó una risa breve, sin saber si aquello era una broma.

Esteban se puso de pie.

—Ven, siéntate aquí.

Había dejado libre la silla junto a él. Lucía tomó asiento. Esteban acercó una copa de agua y luego le sirvió vino, aunque ella apenas había terminado de acomodarse.

—No quiero mucho.

—Es solo para brindar.

—Podría servirme yo.

—Lo sé.

Esteban sonrió y dejó la botella sobre la mesa.

Lucía observó el líquido oscuro que se movía dentro de la copa. Las llamas de las velas se reflejaban en la superficie y parecían dividirse en pequeños puntos dorados.

—¿Has descansado? —preguntó él.

—No mucho.

—Te dije que necesitabas algo caliente.

—No sabía que también necesitaba que me vigilaras.

—No te vigilo.

—Entonces deja de preguntarme si estoy bien cada diez minutos.

La sonrisa de Esteban no desapareció, pero se volvió más tenue.

—Solo me preocupo por ti.

Al otro lado de la mesa, Elizabeth fingió no escuchar. Sin embargo, sus dedos se tensaron sobre el mango del cuchillo.

Raúl se aclaró la garganta.

—Antes de cenar, creo que deberíamos brindar por el proyecto.

—Todavía no ha terminado del todo —dijo Elizabeth.

—El contrato principal está cerrado.

—El contrato, sí.

Raúl la miró.

Por primera vez desde que habían llegado, su seguridad pareció quebrarse.

—Hemos cumplido con los plazos.

—Con algunos plazos.

—Elizabeth…

—No estoy buscando arruinar la cena.

—Entonces no empecemos con eso.

Aitana apoyó la espalda en la silla.

—¿Con qué exactamente no deberíamos empezar?

Elizabeth giró la copa entre los dedos.

—Con las cifras que no coinciden.

El silencio cayó sobre la mesa con más fuerza que cualquiera de los truenos.

Luis dejó el tenedor.

Jorge miró a Raúl.

—¿Qué cifras?

—Nada que no pueda resolverse mañana —respondió Raúl.

Elizabeth abrió la carpeta de cuero.

—No creo que sea necesario esperar.

Raúl estiró una mano, pero ella cerró la carpeta antes de que pudiera tocarla.

—Hemos venido a celebrar —dijo él.

—Por eso estamos todos aquí.

La frase hizo que Lucía levantara la vista.

—¿Qué quieres decir?

Elizabeth la miró directamente.

—Que algunas cosas conviene hablarlas cuando nadie tenga la posibilidad de marcharse.

Afuera, un relámpago iluminó las ventanas. El trueno llegó casi de inmediato.

Julián soltó una carcajada corta.

—Parece que has escogido el momento perfecto.

—No he escogido la tormenta —respondió Elizabeth.

—Pero sí la hacienda —dijo Aitana.

El comentario quedó suspendido entre ambas.

Lucía miró de una a otra. Había algo en la forma en que se observaban: no era solo tensión profesional. Era una hostilidad antigua, cuidadosamente cubierta por modales.

Esteban tomó la botella y volvió a llenar la copa de Lucía.

—Deberías comer algo.

—No tengo hambre.

—Has comido poco desde que salimos.

—Estoy bien.

—Eso ya lo has dicho.

Esta vez, Lucía no contestó.

La cena comenzó con una sopa caliente y pan recién horneado. Durante unos minutos, todos se concentraron en los platos. El ruido de los cubiertos servía para llenar los silencios.

Raúl intentó hablar del proyecto. Mencionó la inauguración, los informes finales y la posibilidad de que la empresa recibiera un nuevo contrato. Luis se mostró entusiasmado. Jorge hizo preguntas sobre los honorarios. Julián permaneció callado, observando a los demás.

Aitana apenas probó la comida.

Elizabeth, en cambio, no dejó de mirar la carpeta.

—¿Qué cifras no coinciden? —preguntó Luis finalmente.

Raúl le dirigió una mirada de advertencia.

—No es el momento.

—Si hay un problema con el proyecto, preferiría saberlo antes de que nos culpen a todos.

—Nadie va a culpar a nadie.

—Eso suele decirse justo antes de que empiecen las culpas —comentó Aitana.

Raúl golpeó la mesa con la yema de los dedos.

—Hay una diferencia de cuarenta y siete mil trescientos euros en varias facturas. Es una cuestión administrativa. Se corregirá.

Elizabeth abrió la carpeta.

—No es una diferencia administrativa.

Lucía observó los documentos que ella extendió sobre la mesa. Había varias hojas con sellos, números y anotaciones en tinta roja. Algunos nombres le resultaban conocidos por haberlos visto en informes del proyecto.




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