Ginebra olía a dinero limpio y mentiras bien vestidas. Dante Marchetti conocía ese olor mejor que nadie; llevaba toda su vida disfrazando la sangre de perfume caro.
El salón del Hotel Beau-Rivage estaba lleno de banqueros, diplomáticos y empresarios que sonreían sin mirarse a los ojos, todos jugando el mismo juego de poder que él dominaba desde niño. Dante se ajustó los gemelos de platino, un gesto mecánico, aburrido, mientras escuchaba a medias la cháchara de un armador griego que necesitaba su firma para un envío que, oficialmente, transportaba maquinaria industrial. Extraoficialmente, transportaba algo mucho más rentable.
No fue el armador quien capturó su atención. Fue ella.
La vio cruzar el salón como si no perteneciera a esa fauna de trajes cortados a medida y sonrisas falsas. Llevaba un vestido azul oscuro, sobrio, casi una advertencia, y caminaba con la espalda recta de alguien que no necesita pedir permiso para ocupar espacio. No sonreía. No fingía interés en nadie. Y sin embargo, todo el salón parecía inclinarse levemente hacia ella, como si su indiferencia fuera el imán más poderoso de la sala.
-¿Quién es? -preguntó Dante, interrumpiendo al griego sin disimulo.
Su asistente, Marco, siguió su mirada y tardó un segundo en localizar el objetivo.
-Valentina Roux. Fiscal francesa, adscrita a la unidad de crimen organizado de Europol. Está aquí por la cumbre de cooperación judicial. -Marco bajó la voz-. Jefe, es la persona equivocada para mirar así.
Dante no apartó los ojos de ella.
-Todas las personas equivocadas son las que más me interesan.
Había algo en ella que Dante reconocía porque también vivía dentro de él: control. Absoluto, entrenado, feroz. La clase de control que solo existe en quienes han decidido que el caos no volverá a tocarlos. Él había construido un imperio para nunca volver a sentirse indefenso. Se preguntó qué habría construido ella.
Se acercó sin prisa. Dante nunca tenía prisa; la prisa era para los hombres que temían perder algo, y él no conocía esa sensación, no desde hacía mucho tiempo.
-Está usted aburrida -dijo, deteniéndose a su lado, la copa de vino tinto sin tocar en su mano-. Se le nota en la forma en que sostiene esa copa. Como si calculara cuánto tiempo más tiene que fingir que le importa esta conversación.
Valentina lo miró por primera vez, y Dante sintió el impacto en algún lugar bajo el esternón, algo antiguo y salvaje despertando de un sueño largo.
-Y usted está acostumbrado a que las mujeres se sientan halagadas cuando un desconocido les dice que las ha estado observando -respondió ella, sin un ápice de coquetería, solo hechos, servidos fríos-. ¿Funciona a menudo?
-Siempre.
-Entonces hoy será la excepción.
Se dio la vuelta para marcharse. Dante sintió algo que no había sentido en años: el impulso puro, físico, de perseguir. No por capricho. Por necesidad.
-Dante Marchetti -dijo, y ella se detuvo, apenas, el tiempo suficiente para que él supiera que el nombre había significado algo, aunque no supiera exactamente qué-. Naviera Marchetti Group. Le ahorro la búsqueda en Google.
-No necesito buscarlo. -Valentina se giró de nuevo, y esta vez había algo filoso en su expresión, un cuchillo envuelto en cortesía-. Conozco su nombre, señor Marchetti. Aparece en tres expedientes de mi despacho, aunque nunca con pruebas suficientes para que aparezca en un tribunal. Naviera limpia, negocios turbios que nadie logra demostrar. Es usted célebre por eso.
Dante sonrió. No era la reacción que ella esperaba, lo notó en el leve parpadeo de sorpresa antes de que su rostro volviera a cerrarse.
-Me halaga que se haya tomado la molestia de investigarme.
-No me halaga a mí. Me alerta. -Dio un paso hacia él, no en retirada sino en desafío, y Dante descubrió que le gustaba más así, cerca, con esa mirada que lo diseccionaba como si fuera evidencia en un caso-. Los hombres como usted no se acercan a mujeres como yo por atracción. Se acercan para medir el terreno. Para saber cuánto sé, qué tan cerca estoy. Así que dígame, señor Marchetti: ¿qué está midiendo esta noche?
Por un instante, Dante consideró mentir. Era lo que haría cualquier hombre en su posición: negar, desviar, jugar el papel del empresario ofendido por la insinuación. Pero algo en ella exigía honestidad, o al menos una versión de la honestidad que él pudiera permitirse.
-Esta noche no estoy midiendo nada, jueza. Esta noche simplemente no puedo dejar de mirarla, y eso me resulta tan inconveniente como a usted.
El silencio que siguió pesó más que cualquier palabra. Valentina lo estudió como si buscara la trampa, la mentira oculta bajo la confesión, y no la encontró, porque no la había. No en eso, al menos.
-Buenas noches, señor Marchetti -dijo finalmente, y esta vez sí se marchó.
Dante la vio alejarse, la línea de su espalda, la manera en que ni una sola vez giró la cabeza para comprobar si él seguía mirándola. Sabía que sí. Y precisamente por eso no miraba atrás.
Marco apareció a su lado con la discreción de quien lleva quince años limpiando los desastres de otro hombre.
-Jefe, esto es una idea terrible.
-Lo sé.
-Es fiscal de Europol. Su trabajo, literalmente, es meterlo a usted en una celda.
-Lo sé, Marco.
-Entonces...
Dante se llevó la copa a los labios por primera vez en toda la noche, sin dejar de mirar la puerta por la que Valentina Roux acababa de desaparecer.
-Entonces averigua todo lo que pueda sobre ella. Dónde vive, dónde desayuna, qué caso la trae a Ginebra, cuánto tiempo se queda. Todo.
-¿Y si descubro que está aquí investigándolo a usted?
-Mejor todavía. -Dante dejó la copa sobre una mesa cercana, la decisión ya tomada, irrevocable, como todas las suyas-. Así ya sabré dónde encontrarla mañana.
Marco no discutió más. Sabía, después de tantos años, que cuando Dante Marchetti decidía que algo le pertenecía, el mundo entero se reorganizaba alrededor de esa certeza. Lo había visto con territorios, con rivales, con imperios enteros que cambiaban de dueño solo porque Dante los había querido. Nunca lo había visto con una mujer. Eso, pensó Marco mientras se retiraba a hacer las llamadas necesarias, era quizás lo más peligroso que había presenciado en quince años a su servicio.