El lobo de Palermo.

Capítulo Catorce: Los Muros Entre Nosotros.

La prisión de Saint-Gilles recibió a Dante Marchetti con la frialdad burocrática que caracteriza a cualquier institución acostumbrada a procesar tanto a ladrones menores como a hombres que alguna vez controlaron imperios enteros. Le asignaron una celda individual, una concesión negociada por Étienne como parte del acuerdo de cooperación, argumentando razones de seguridad dado que la información que Dante proporcionaría podría convertirlo en blanco de represalias dentro del sistema penitenciario.

Los primeros días transcurrieron en una monotonía que a Dante, acostumbrado durante veinte años al control absoluto sobre cada aspecto de su existencia, le resultó casi insoportable. Aprendió rápidamente los ritmos de la prisión: las horas de patio limitadas, las comidas servidas con una precisión mecánica, el silencio nocturno interrumpido ocasionalmente por gritos distantes que hablaban de otras vidas rotas compartiendo el mismo espacio confinado.

Valentina llegó para su primera visita permitida exactamente dos semanas después del ingreso de Dante, el protocolo carcelario exigiendo ese período inicial de adaptación antes de autorizar contacto con el exterior más allá de su abogado. Se sentó en el locutorio designado, separada de él por un cristal grueso y un teléfono que transmitía su voz con una calidad metálica que despojaba de cualquier calidez natural a las palabras que intercambiaban.

-Te ves cansado -dijo ella, observando las ojeras que marcaban su rostro, la forma en que el uniforme carcelario gris parecía despojarlo de la presencia imponente que siempre lo había caracterizado.

-Duermo mal aquí. Demasiado silencio, extrañamente. Después de años acostumbrado a la sensación constante de peligro, la ausencia total de amenazas inmediatas resulta casi más inquietante. -Dante sonrió levemente, un gesto que no lograba disimular completamente el peso de las últimas semanas-. Pero verte hace que todo esto sea más soportable, Valentina.

-¿Cómo van las negociaciones con la fiscalía? ¿Étienne ha logrado avanzar en los términos finales?

-Lento. Cada pieza de información que proporciono debe ser verificada independientemente antes de que cuente hacia la reducción de sentencia acordada. Pero Étienne cree que, si todo continúa según lo planeado, podríamos estar hablando de una revisión de sentencia en dieciocho meses, con posibilidad de libertad condicional supervisada después de eso.

Valentina sintió una punzada de esperanza mezclada con la certeza dolorosa de que dieciocho meses representaban apenas el comienzo de una espera que se extendería mucho más allá de lo que cualquiera de los dos podía predecir con exactitud. Hablaron durante los veinte minutos permitidos sobre trivialidades que en cualquier otra circunstancia habrían resultado insignificantes -el clima en Bruselas, un libro que ella había empezado a leer, las noticias sobre el escándalo de corrupción que continuaba desarrollándose lentamente en los tribunales europeos- pero que en ese contexto adquirían un peso desproporcionado, cada palabra intercambiada un recordatorio precioso de la conexión que ambos se negaban a permitir que se erosionara.

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Los meses siguientes establecieron un ritmo que, aunque doloroso en su limitación, ofrecía cierta estructura a la espera que ambos enfrentaban. Valentina viajaba a Saint-Gilles cada semana, sin falta, sin importar el clima ni las complicaciones de su propia situación profesional en suspensión. Dante, por su parte, se convirtió gradualmente en una fuente valiosa de información para las autoridades belgas, cada dato que proporcionaba desmantelando piezas adicionales de las redes criminales que habían operado con impunidad durante años, cada revelación acercándolo progresivamente a la reducción de sentencia que Étienne negociaba meticulosamente.

Pero la distancia, incluso con las visitas semanales, cobraba su precio de maneras que ninguno de los dos había anticipado completamente. Valentina, suspendida de sus funciones y sin la estructura de su carrera para llenar sus días, encontró que la soledad se instalaba en su vida con una intensidad que rivalizaba con cualquier dolor que hubiera experimentado antes de conocer a Dante.

-Deberías considerar algo que te mantenga ocupada mientras dure la suspensión -le sugirió Klaus durante una de las escasas conversaciones que todavía mantenían, cierta calidez profesional resurgiendo entre ellos después de la crisis que habían compartido-. Enseñanza, quizás. Consultoría en derecho penal internacional. Algo que utilice tu experiencia sin comprometer los términos de tu suspensión.

Valentina consideró la sugerencia, y finalmente aceptó una posición como profesora invitada en la Universidad de Leiden, impartiendo un curso sobre ética profesional y crimen organizado que, con una ironía que no le pasaba desapercibida, utilizaba fragmentos anonimizados de su propia experiencia como estudio de caso sobre los peligros del conflicto de interés no declarado.

-Es extraño enseñar sobre los errores que yo misma cometí -le confesó a Dante durante una visita, varios meses después de que él hubiera ingresado a prisión-. Pero también resulta, de alguna manera, catártico. Como si transformar el dolor en algo educativo le diera un propósito que de otra forma no tendría.

-Estoy orgulloso de ti, Valentina. De la forma en que has reconstruido algo significativo, incluso en medio de todo este caos que ambos desatamos.

-No lo desatamos solos, Dante. La corrupción que expusimos existía mucho antes de que nos conociéramos. Nosotros simplemente proporcionamos la chispa necesaria para finalmente exponerla.

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El octavo mes de la sentencia de Dante trajo consigo una crisis que ninguno de los dos había anticipado. Salvatore, procesado finalmente por su papel en el enfrentamiento armado de Amberes, decidió, en un intento desesperado por reducir su propia sentencia, ofrecer testimonio adicional sobre operaciones que involucraban a Dante de manera mucho más directa de lo que originalmente se había acordado en los términos de cooperación.




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