El lobo de Palermo.

Capítulo Seis: El Precio de la Lealtad.

Salvatore Bellini llegó a Bruselas sin avisar, algo que en quince años de trabajo conjunto nunca había hecho. Dante lo recibió en el ático, todavía con el peso de la conversación de la noche anterior instalado en el pecho, la voz quebrada de Valentina resonando en su memoria con una insistencia que ninguna reunión de negocios lograba silenciar.

-Cancela el envío -dijo Salvatore sin preámbulos, dejándose caer en el sofá con la pesadez de un hombre que llevaba horas conduciendo-. Todo. No lo retrases, no lo reprogrames. Cancélalo por completo y busca una ruta nueva desde cero.

-¿Por qué el cambio repentino?

-Porque anoche recibí una llamada de un contacto en la policía belga. Están coordinando con Europol para una intervención cuando el cargamento vuelva a moverse. -Salvatore lo miró fijamente, y Dante sintió el peso de esa mirada como una acusación silenciosa-. Alguien filtró información muy específica, Dante. Fechas, rutas probables, incluso el nombre del intermediario en el puerto. Eso no es trabajo de investigación rutinaria. Eso es alguien con acceso directo susurrándoles al oído.

Dante mantuvo el rostro impasible, pero por dentro sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La información que Valentina le había confiado la noche anterior -la misma que él había prometido usar únicamente para proteger, nunca para exponer- ahora regresaba a él a través de un canal completamente distinto, confirmando lo que ya sabía pero revelando algo mucho más peligroso: que la filtración había llegado también a oídos de sus propios hombres, sin que él hubiera dicho una sola palabra.

-¿Cómo obtuviste esa información? -preguntó, la voz cuidadosamente neutra.

-Tengo gente dentro de la policía belga desde hace años, Dante. Es parte de cómo hemos sobrevivido tanto tiempo. -Salvatore se inclinó hacia adelante, sus ojos entrecerrados estudiando cada gesto de Dante con una atención que resultaba casi insultante-. La pregunta que deberíamos hacernos es cómo obtuvo Europol información tan precisa sobre una operación que solo conocíamos tú, yo, y un puñado de hombres de absoluta confianza.

El silencio que siguió se extendió peligrosamente. Dante sabía, con una certeza gélida, que Salvatore ya sospechaba la respuesta, que había venido a Bruselas no a informar sino a confirmar una teoría que probablemente llevaba días formándose en su mente calculadora.

-Dilo -dijo Dante finalmente, cansado del juego-. Lo que sea que estás pensando, dilo directamente.

-Creo que le contaste a la fiscal sobre el retraso del envío. -Salvatore no suavizó las palabras-. Y creo que, de alguna manera que todavía no comprendo del todo, esa información viajó desde tu cama hasta el despacho de su superior, y ahora tenemos a media policía belga preparándose para una intervención que podría costarnos años de trabajo, docenas de contactos, y potencialmente la libertad de hombres que han sido leales a esta familia durante toda su vida.

-Ten cuidado con lo que insinúas.

-No insinúo nada, Dante. Lo digo directamente porque alguien tiene que hacerlo. -Salvatore se puso de pie, la frustración contenida finalmente estallando en su voz-. Llevas semanas comportándote como un hombre poseído. Cancelando reuniones, retrasando envíos sin explicaciones claras, desapareciendo fines de semana enteros sin decir a dónde vas. Y ahora esto. Una filtración con un origen que apunta directamente a la mujer con la que te has estado revolcando desde Ginebra.

-Cuida tus palabras, Salvatore.

-¿O qué? -La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de una amenaza que ninguno de los dos había pronunciado jamás en quince años de amistad y negocios compartidos-. ¿Vas a amenazarme por decir la verdad que tú mismo te niegas a ver? Dante, esa mujer es fiscal de Europol. Su trabajo, su vocación entera, es destruir todo lo que hemos construido. No importa cuánto la ames, no importa cuán real parezca lo que sientes por ella. Al final del día, ella tendrá que elegir entre tú y la ley que juró defender, y hombres como nosotros sabemos exactamente qué lado ganará esa elección.

-Ella no me traicionó. -La voz de Dante salió más dura de lo que pretendía, una advertencia clara-. Ella me advirtió sobre la operación. Arriesgó su carrera, su libertad, todo lo que representa su vida profesional, para protegerme.

-O te está usando exactamente como Europol le ordenó que hiciera, y tú eres demasiado ciego de amor como para verlo. -Salvatore caminó hasta la ventana, dándole la espalda a Dante durante un momento, la tensión entre ambos casi palpable en el aire del ático-. Piénsalo, Dante. Con la lógica que siempre nos ha mantenido vivos, no con lo que sea que sientas por ella. ¿Cómo sabes que la advertencia no fue precisamente para ganarse tu confianza más profunda? ¿Para que bajaras la guardia completamente, le contaras más, la dejaras más cerca de la operación completa?

Dante sintió la sugerencia como un cuchillo directo al pecho, precisamente porque tocaba el único miedo que él mismo había intentado silenciar cada noche desde que empezó a hablar con Valentina: la posibilidad, remota pero presente, de que todo aquello fuera simplemente la jugada más elaborada de una investigación que él, con toda su experiencia leyendo mentiras y calculando riesgos, no había sabido ver venir.

-No -dijo finalmente, la palabra saliendo con una convicción que buscaba convencerse a sí mismo tanto como a Salvatore-. La conozco, Salvatore. He visto lo que le cuesta cada decisión que toma respecto a mí. No es una actuación.

-Espero que tengas razón. Por el bien de todos nosotros. -Salvatore se giró de nuevo hacia él, la expresión endurecida-. Porque si me equivoco y tú tienes razón, entonces esa mujer acaba de sacrificar toda su carrera por ti, lo cual la convierte en un lastre imposible de sostener a largo plazo. Y si tengo razón yo, entonces estamos jugando con la organización entera en manos de una fiscal que juró destruirnos. Ninguno de los dos escenarios termina bien, Dante.




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