El plan tomó forma durante las dos semanas siguientes, construido en susurros nocturnos entre Bruselas y La Haya, en encuentros breves y cuidadosamente disimulados que Valentina justificaba ante Klaus con excusas cada vez más elaboradas. Dante trabajaba con Marco durante el día, identificando qué piezas de su imperio podía sacrificar sin desatar una guerra territorial que costara vidas inocentes, y con Valentina durante la noche, tratando de encontrar el equilibrio imposible entre la justicia que ella representaba y la supervivencia que él necesitaba.
-Necesito nombres que pueda entregarte sin que parezca que la información viene de mí -le dijo Dante una noche, ambos sentados en el suelo del ático, rodeados de mapas y documentos que habrían bastado, por sí solos, para encarcelar a la mitad de los socios de Dante-. Castellano, el hombre que ordenó la muerte de Vittorio. Lleva años operando desde Nápoles con total impunidad. Si Europol lo derriba a él, gran parte de la estructura que compite conmigo por el control del Mediterráneo colapsa, y yo puedo reducir mis propias operaciones sin que parezca debilidad ante el resto de la organización.
-¿Estás usando esto para eliminar a un rival, Dante? -Valentina lo miró con una desconfianza renovada-. Porque si es así, no es justicia. Es solo otra forma de guerra territorial, disfrazada de cooperación con la ley.
-Es ambas cosas, Valentina, y no voy a mentirte al respecto. -Dante extendió sobre la mesa una fotografía de Castellano, un hombre de rostro anguloso y mirada fría que Valentina reconoció vagamente de informes anteriores-. Castellano es responsable de al menos quince muertes documentadas, de una red de trata que opera bajo la fachada de agencias de empleo en tres países, y de la muerte del hombre que fue como un padre para mí. No estoy fabricando un crimen para deshacerme de él. Estoy señalando crímenes reales que él ya cometió, que tu propia agencia lleva años intentando probar sin éxito.
-¿Y a cambio, qué? ¿Tu organización queda intacta mientras la suya se derrumba?
-A cambio, empiezo a desmantelar mis propias rutas de armas, lentamente, de manera que no genere sospechas inmediatas. Reduzco mi exposición, transfiero el control de ciertas operaciones a socios que puedan asumir la responsabilidad legal si algo sale mal, y en un año, quizás dos, habré construido una salida real. -Dante la miró directamente-. No te prometo pureza, Valentina. Te prometo un camino. Es lo único honesto que puedo ofrecerte.
Valentina consideró sus palabras largamente, el conflicto interno que la corroía desde hacía semanas manifestándose con más fuerza que nunca. Aceptar ese trato significaba convertirse en instrumento de una guerra entre criminales disfrazada de justicia, usar su posición dentro de Europol para servir, aunque fuera indirectamente, a los intereses de Dante. Y sin embargo, la alternativa -abandonar el plan, denunciarlo todo, destruir a Dante junto con Castellano- significaba perder al hombre que, contra toda razón, se había convertido en el centro silencioso de su existencia.
-Está bien -dijo finalmente, odiando la facilidad con la que las palabras salieron-. Pero necesito que la información sobre Castellano llegue a través de un canal que no me involucre directamente. No puedo presentar yo misma pruebas que provienen de ti sin generar sospechas fatales.
-Ya pensé en eso. -Dante sacó una carpeta delgada de entre los documentos-. Vittorio tenía un archivo completo sobre las operaciones de Castellano, recopilado durante años antes de su muerte. Nunca lo usé porque hacerlo habría significado exponerme a mí mismo también. Pero puedo hacer llegar ese archivo a un periodista de investigación italiano con quien Vittorio trabajaba ocasionalmente. Él puede publicar la historia, generando presión pública que obligue a las autoridades italianas a actuar, con Europol coordinando la intervención internacional. Tu nombre no aparecería en ningún momento del proceso.
Valentina asintió lentamente, el plan cobrando una solidez que, por primera vez, le pareció genuinamente viable.
-¿Cuándo?
-Dos semanas. Necesito ese tiempo para asegurarme de que el periodista tenga protección adecuada, y para reorganizar mis propias operaciones antes de que la caída de Castellano genere un vacío de poder que otros intentarán llenar.
-¿Vas a intentar llenarlo tú? -La pregunta salió cargada de una ansiedad que Valentina no pudo disimular completamente.
-No. -La respuesta de Dante fue inmediata, categórica-. Ese es exactamente el punto, Valentina. Voy a dejar que el vacío lo llenen otros, mientras yo aprovecho el caos para reducir silenciosamente mi propia presencia. Es la única forma de salir sin que parezca debilidad, sin que alguien decida que soy un blanco fácil en el momento de mi retirada.
---
Mientras tanto, en La Haya, Klaus Richter observaba a Valentina con una atención creciente que ella no podía permitirse ignorar. La distracción constante, las ausencias cada vez más frecuentes, la evidente tensión que cargaba cada vez que su nombre se mencionaba en relación con la Operación Sirena, todo apuntaba hacia una conclusión que Klaus, con veinte años de experiencia leyendo a agentes comprometidos, empezaba a formular con una certeza incómoda.
-Necesito hablar contigo -le dijo una tarde, cerrando la puerta de su despacho con una formalidad que a Valentina le heló la sangre-. Y necesito que seas completamente honesta conmigo.
-Por supuesto, Klaus.
-Hemos recibido información, de manera extraoficial, sobre movimientos inusuales en las comunicaciones de Dante Marchetti. Parece estar reorganizando parte de su estructura, reduciendo ciertas operaciones sin explicación clara. -Klaus la observó con una intensidad que no dejaba espacio para evasivas-. Y también recibimos, hace tres días, un archivo anónimo que llegó a un periodista italiano con pruebas devastadoras contra Rocco Castellano, información tan precisa y detallada que solo podría provenir de alguien con acceso privilegiado a la organización rival de Marchetti.