Valentina llegó a Bruselas un viernes por la tarde, con una maleta pequeña y una mentira ya preparada para Klaus: una visita a un antiguo profesor de la universidad, una excusa tan aburrida que nadie se molestaría en verificarla. Se odió a sí misma por la facilidad con la que la mentira había salido de sus labios, por la naturalidad con la que su vida profesional -construida durante diez años sobre cimientos de honestidad implacable- empezaba a agrietarse para dar espacio a Dante Marchetti.
El auto que la esperaba en la estación no llevaba chófer visible de escolta, solo un hombre discreto que se identificó simplemente como Marco y que la condujo en silencio a través de las calles húmedas de Bruselas hasta un edificio de piedra oscura en un barrio que ella no reconoció, lejos de los circuitos turísticos, lejos de cualquier mirada que pudiera reconocerla.
Dante la esperaba en la puerta del ático, y algo en la forma en que la miró -sin la sonrisa calculada de Ginebra, sin el control absoluto que ella había aprendido a temer- la desarmó antes incluso de que él pronunciara una palabra.
-Pensé que cancelarías -dijo él, la voz ronca, casi vulnerable.
-Yo también lo pensé. -Valentina se detuvo frente a él, la distancia entre ambos cargada de una electricidad que ninguno de los dos se molestó en disimular-. Varias veces, en el tren.
-¿Y qué te hizo cambiar de opinión?
Ella no respondió con palabras. Cruzó los últimos pasos que los separaban y lo besó, un gesto tan impulsivo, tan ajeno a la Valentina que planificaba cada movimiento de su vida con precisión quirúrgica, que sintió el mundo entero reorganizarse alrededor de ese instante. Dante respondió con una intensidad contenida durante días, semanas quizás, sus manos encontrando la cintura de ella con una urgencia que contrastaba con la ternura del beso mismo, como si temiera romperla y al mismo tiempo no pudiera contenerse.
-Llevo pensando en hacer esto desde el Beau-Rivage -murmuró él contra sus labios.
-Yo también. -Valentina se apartó apenas, lo suficiente para mirarlo a los ojos-. Y lo odio. Odio no poder odiarte como debería.
-Entonces no lo intentes. No este fin de semana.
La condujo dentro del ático, un espacio amplio de líneas limpias y ventanales que enmarcaban la ciudad como un cuadro viviente, y Valentina comprendió, mientras recorría con la mirada los pocos objetos personales dispersos por el lugar -una fotografía antigua en blanco y negro, una estantería de libros con lomos gastados-, que estaba viendo una versión de Dante Marchetti que casi nadie más veía jamás. No el jefe criminal, no el empresario impecable de las cumbres internacionales, sino el hombre debajo de todas esas máscaras, solitario en un ático demasiado grande para una sola persona.
-¿Vives solo aquí? -preguntó, aunque ya conocía la respuesta por los informes.
-Siempre he vivido solo. -Dante se quitó la chaqueta, dejándola sobre el respaldo de una silla, y por primera vez ella notó el cansancio genuino bajo sus ojos, algo que la fachada pública jamás permitía mostrar-. Es más seguro así. Menos personas a quienes puedan usar en mi contra.
-¿Y no te cansa? ¿La soledad?
-Me cansaba menos antes de conocerte. -Se acercó de nuevo, esta vez despacio, dándole tiempo a ella de retroceder si así lo deseaba. Ella no lo hizo-. Ahora esta casa me parece insoportablemente vacía cuando pienso que tú estás en otra ciudad, viviendo una vida que yo no puedo compartir.
Las palabras la golpearon con una honestidad que Valentina no esperaba, la clase de confesión que un hombre como él -entrenado durante décadas para revelar exactamente lo necesario y nada más- no debería ser capaz de pronunciar con tanta facilidad. Y sin embargo, ahí estaba, desnudando algo genuino frente a ella, la mujer cuyo trabajo era llevarlo a prisión.
-Esto es una locura, Dante.
-Ya lo dijiste antes. Sigue siendo cierto. -Levantó una mano y apartó un mechón de cabello del rostro de ella, el gesto tan tierno que contradecía brutalmente todo lo que Valentina sabía sobre su capacidad para la crueldad-. Pero llevo veinte años tomando decisiones racionales, calculadas, seguras. Y por primera vez en mucho tiempo, no quiero ser racional. Quiero, simplemente, estos dos días. Contigo. Sin cálculos.
Cenaron esa noche en la terraza del ático, envueltos en mantas gruesas contra el frío de octubre, con la ciudad extendiéndose bajo ellos en un mosaico de luces doradas. Dante cocinó él mismo -otra sorpresa que Valentina no esperaba, la imagen de un hombre temido por media Europa concentrado en una receta de pasta que, según confesó con una risa genuina, había aprendido de su abuela en Palermo antes de que la vida lo arrastrara hacia un camino completamente distinto al que ella había imaginado para él.
-Háblame de tu abuela -pidió Valentina, envuelta en la manta, el vino tibio en sus manos.
-Se llamaba Concetta. Me crió después de que mataran a mis padres cuando yo tenía ocho años. -Dante habló con una naturalidad que sugería que rara vez compartía esa historia, como si las palabras le costaran un esfuerzo físico real-. Mi padre estaba en el negocio. Un rival decidió que la mejor forma de enviar un mensaje era eliminarlo a él y a mi madre juntos. Yo estaba en la escuela ese día.
-Dante...
-No busco compasión. -Levantó una mano, deteniendo la disculpa que ella empezaba a formular-. Busco que entiendas por qué elegí este camino. No fue ambición, al principio. Fue supervivencia. Concetta me crió con el dinero que quedaba, pero el nombre Marchetti ya cargaba con enemigos, deudas, promesas hechas por mi padre que alguien tendría que cumplir. A los dieciséis años ya dirigía pequeñas operaciones. A los veinticinco, había heredado y ampliado todo lo que mi padre había construido, y para entonces ya no había vuelta atrás posible.
Valentina lo escuchó en silencio, sintiendo que cada palabra reescribía ligeramente la imagen que tenía de él, no excusando nada -no había excusa posible para las vidas que su imperio había destruido en el proceso-, pero añadiendo capas de complejidad que su trabajo rara vez le permitía ver en los hombres que perseguía. Los expedientes nunca hablaban de niños de ocho años enterrando a sus padres. Los expedientes solo hablaban de crímenes, cifras, rutas de contrabando.