El lobo de Palermo.

Capítulo Dos: La Cena del Lobo.

Valentina eligió un pequeño restaurante en la Vieille Ville, alejado de los circuitos habituales de diplomáticos y empresarios, un lugar con manteles de lino desgastado y velas que goteaban cera sobre botellas de vino vacías. Lo eligió, se dijo, porque un espacio discreto reducía el riesgo de que alguien reconociera a un sospechoso de Europol cenando con la fiscal encargada de investigarlo. Se mintió de nuevo, con la misma facilidad con la que llevaba mintiéndose tres días: lo había elegido porque era íntimo, porque las mesas estaban separadas por apenas un metro de distancia, porque quería estar cerca de él sin que nadie más pudiera verlos ni interrumpirlos.

Dante llegó siete minutos tarde, algo que Valentina sospechó era deliberado, una forma de recordarle que en ese terreno, fuera del que fuera, él dictaba los tiempos. Llevaba un abrigo oscuro sobre un jersey de cachemira, sin la armadura del traje de la mañana, y por primera vez desde que lo había visto, Valentina pensó que se parecía más a un hombre que a una amenaza. Era, comprendió con una punzada de inquietud, mucho más peligroso así.

-Pensé que no vendría -dijo ella cuando él se sentó frente a ella, ocupando el espacio reducido de la mesa como si estuviera diseñado para su tamaño.

-Y yo pensé que usted cancelaría a las siete y media, con alguna excusa profesional perfectamente razonable. -Dante hizo una seña al camarero sin apartar los ojos de ella-. Nos alegra habernos equivocado los dos.

-No me he equivocado todavía. La noche acaba de empezar.

-Cierto. -Su sonrisa tenía algo depredador, contenido apenas bajo una capa de cortesía-. Hay tiempo de sobra para que usted cometa el error de quedarse.

Pidieron vino, algo tinto y denso que Dante eligió sin consultar la carta, con la seguridad de quien conocía cada bodega de Europa. Durante los primeros minutos hablaron de nada: Ginebra, el clima, la mediocridad de la comida de hotel. Valentina observaba cada gesto de él con la atención clínica de su profesión, buscando las grietas, el hombre real debajo de la actuación. No encontró ninguna grieta. Encontró, en cambio, una coherencia perfecta entre el hombre que hablaba de vinos italianos y el hombre que, según sus expedientes, había ordenado desaparecer a tres testigos en los últimos cinco años. Esa coherencia era lo que más la aterraba.

-Puedo sentir que me está analizando -dijo Dante en algún momento, sirviéndole más vino sin preguntar-. Como si yo fuera un testigo en el estrado.

-Es una deformación profesional.

-¿Y qué ha descubierto hasta ahora, fiscal?

Valentina lo pensó un momento, decidiendo cuánta verdad podía permitirse.

-Que usted controla cada palabra que dice. Que nunca habla de más, ni siquiera cuando parece hacerlo. Que probablemente ha practicado esta versión de sí mismo tantas veces que ya ni siquiera sabe dónde termina la actuación y empieza el hombre real.

Algo cambió en el rostro de Dante, apenas perceptible, una fisura minúscula en la fachada perfecta.

-Eso es más perceptivo de lo que me gustaría admitir. -Bebió de su copa, ganando tiempo, algo que ella nunca lo había visto hacer-. ¿Quiere saber la verdad, Valentina? Hace tanto tiempo que interpreto este papel que a veces yo tampoco encuentro la línea. Empresario, criminal, hijo, heredero. Son máscaras que llevo tan pegadas a la piel que olvidé cómo se siente el rostro debajo.

-Eso suena a compasión por sí mismo. No le sienta bien.

Dante rió, un sonido bajo y genuino que la sorprendió por su calidez.

-Tiene razón. No me sienta bien. -Se inclinó hacia adelante, la vela entre ambos proyectando sombras danzantes sobre sus rasgos angulosos-. Pero usted es la primera persona en años que me hace considerar la pregunta siquiera. Eso también es su culpa.

-Nada de esto es mi culpa, señor Marchetti.

-Dante. Si vamos a mentirnos el uno al otro toda la noche sobre por qué estamos aquí, al menos hagámoslo por nuestros nombres de pila.

Valentina no respondió, pero tampoco lo corrigió cuando él continuó llamándola Valentina durante el resto de la cena, y en algún momento, sin darse cuenta del todo, ella empezó a llamarlo Dante también, la palabra sintiéndose peligrosamente natural en su boca.

La conversación se desvió, como suelen desviarse las conversaciones entre dos personas que se resisten a admitir lo que realmente quieren preguntarse. Hablaron de libros -Dante citó a Pavese con una precisión que la sorprendió, y ella se preguntó cuánto de la crueldad de su mundo compensaba con la belleza que buscaba en otros lugares-. Hablaron de ciudades: él había vivido en Palermo, Marsella, Amberes, Ginebra, siempre en movimiento, siempre sin echar raíces en ningún lugar más de lo estrictamente necesario. Ella había crecido en Estrasburgo, hija de un juez y una traductora, criada entre la precisión del derecho y la precisión del lenguaje, dos formas distintas de buscar la verdad exacta de las cosas.

-¿Por qué fiscal? -preguntó Dante en algún momento, cuando los platos principales ya habían sido retirados y solo quedaba el vino, la vela consumida hasta la mitad-. De todas las formas de perseguir la justicia, eligió la más frontal. La más peligrosa.

Valentina dudó. Era la pregunta que había estado esperando desde el desayuno, la que él había prometido hacerle, y ahora que llegaba el momento, sintió que la respuesta pesaba más de lo que estaba preparada para cargar en voz alta.

-Tenía diecinueve años -empezó, la voz más baja de lo habitual-. Mi hermana mayor, Camille, salía con un hombre que resultó ser parte de una red de tráfico en Marsella. Nunca lo supimos hasta que fue demasiado tarde. Ella intentó alejarse cuando descubrió en qué estaba involucrado, amenazó con hablar. -Hizo una pausa, los dedos apretando el pie de la copa-. La encontraron en el Ródano tres semanas después. El caso nunca se resolvió. Nadie fue procesado. El hombre que probablemente ordenó su muerte sigue libre, dirigiendo negocios legítimos en Lyon, asistiendo a galas benéficas.




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