El lobo de Palermo.

Capítulo Tres: El Precio del Silencio.

Bruselas recibió a Dante con la lluvia fina y persistente que caracterizaba a la ciudad en otoño, un telón gris que combinaba mal con el estado de ánimo en el que había regresado. Marco lo esperaba en el aeropuerto con el semblante tenso de quien lleva noticias que preferiría no entregar.

-¿Qué pasó? -preguntó Dante, subiendo al auto sin detenerse en cortesías.

-Enzo Ricci quiere hablar con usted. Dice que es urgente.

Dante cerró los ojos un instante. Enzo Ricci era el nombre que usaba para referirse, en clave, a Salvatore Bellini, el hombre que controlaba la distribución en la frontera con Alemania y que llevaba meses presionando para expandir operaciones hacia rutas que Dante consideraba innecesariamente arriesgadas.

-¿Qué tan urgente?

-Lo suficiente como para presentarse en persona en Amberes esta misma tarde.

Eso significaba problemas. Salvatore nunca viajaba sin motivo, y su discreción habitual -cultivada durante quince años de trabajo conjunto- hacía que esa urgencia repentina resultara aún más inquietante.

Llegaron al almacén de Amberes al atardecer, un edificio industrial anodino desde fuera, indistinguible de las docenas de bodegas portuarias que rodeaban el muelle. Dentro, sin embargo, existía la verdadera columna vertebral del imperio Marchetti: contenedores etiquetados con destinos falsos, libros contables paralelos, y hombres armados que vigilaban con la disciplina silenciosa de quienes sabían exactamente cuál era el precio de un error.

Salvatore lo esperaba en la oficina del fondo, un hombre corpulento de manos gruesas y ojos siempre entrecerrados, calculando.

-Dante. -Se levantó a saludarlo con un abrazo breve, protocolario-. Gracias por venir tan rápido.

-Marco dice que es urgente.

-Lo es. -Salvatore le indicó una silla, y Dante se sentó, la tensión del hombre transmitiéndose al ambiente como electricidad estática-. Tenemos una filtración.

Dante no cambió de expresión, pero algo se endureció detrás de sus ojos.

-Explícate.

-El cargamento que sale la próxima semana. Alguien preguntó por él. No un comprador, no un competidor. Alguien de Europol.

El nombre de Valentina apareció en la mente de Dante antes de que pudiera evitarlo, un reflejo instantáneo que lo sorprendió por su velocidad e intensidad. La apartó con esfuerzo, obligándose a pensar con la frialdad que la situación exigía.

-¿Quién exactamente?

-No lo sabemos con certeza. Nuestro contacto en la aduana dice que hubo una solicitud de información sobre la subsidiaria naviera, cursada desde la unidad de crimen organizado. -Salvatore se inclinó hacia adelante-. Dante, si Europol está mirando hacia Amberes justo antes de este envío, no es coincidencia. Alguien les dio un nombre.

-O alguien está atando cabos sueltos que llevan meses sobre la mesa. -Dante mantuvo la voz plana, controlada, aunque por dentro sentía el peso incómodo de una sospecha que no quería nombrar-. No es la primera vez que Europol husmea en nuestras navieras. Nunca han encontrado nada.

-Esta vez es diferente. El nombre que apareció en la solicitud de información... -Salvatore hizo una pausa deliberada, estudiando la reacción de Dante con el mismo cuidado que él mismo empleaba con sus enemigos-. Valentina Roux.

El silencio que siguió se extendió más de lo que Dante hubiera querido. Sabía que Salvatore lo observaba, midiendo cada micro gesto, y se odió a sí mismo por la fracción de segundo en la que su control absoluto flaqueó al escuchar ese nombre en labios ajenos.

-¿La conoces? -preguntó Salvatore, la pregunta más una acusación que una duda genuina.

-Nos presentaron en Ginebra. Durante la cumbre de cooperación judicial.

-Dante. -La voz de Salvatore bajó a un registro de advertencia, el tono que solo empleaba cuando la situación tocaba territorios que consideraba peligrosamente personales-. Corren rumores. Dicen que te vieron cenando con ella en la Vieille Ville. A solas. Sin escoltas visibles.

-Los rumores no son hechos.

-No me mientas a mí, viejo amigo. -Salvatore se levantó, caminando hasta la ventana que daba al muelle, la lluvia golpeando el cristal con un ritmo constante-. Llevamos quince años construyendo algo que no puede permitirse errores. Y tú, precisamente tú, el hombre que siempre nos advirtió contra las debilidades sentimentales, ¿te estás enredando con la fiscal que investiga nuestras rutas?

Dante sintió el impulso de negarlo, de desmontar la acusación con la misma frialdad calculada que empleaba en cada negociación de su vida. Pero algo en él -algo nuevo, incómodo, que llevaba tres días instalado bajo sus costillas desde aquella cena en Ginebra- se negó a mentir.

-No es lo que piensas.

-Entonces dime qué es, porque desde donde yo estoy parado, parece exactamente el tipo de error que ha destruido imperios más grandes que el nuestro. -Salvatore se giró para mirarlo directamente-. Los hombres poderosos no caen por sus enemigos, Dante. Caen por las personas que aman. Tú me lo enseñaste a mí.

Las palabras golpearon con una precisión quirúrgica, porque eran ciertas, porque Dante las había pronunciado él mismo hacía años, en ese mismo despacho, advirtiendo a un joven Salvatore sobre los peligros de mezclar negocios con sentimientos. Ahora esas mismas palabras regresaban como un boomerang cargado de ironía amarga.

-Voy a manejarlo -dijo finalmente, la voz más dura de lo que pretendía.

-¿Manejarlo cómo? ¿Vas a alejarte de ella, o vas a usarla?

La pregunta quedó suspendida en el aire, y Dante descubrió, con una punzada de incomodidad que rara vez sentía, que no tenía una respuesta clara para ninguna de las dos opciones. Alejarse de Valentina Roux ya le resultaba una idea físicamente dolorosa, algo que su cuerpo entero rechazaba con una vehemencia que lo asustaba. Usarla, manipularla para proteger el envío, sonaba como la decisión lógica, la que el Dante de hace un mes habría tomado sin dudar ni un segundo.




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