El lobo de Palermo.

Capítulo Dieciséis: La Vida Después de la Tormenta.

El primer año de matrimonio trajo consigo una normalidad que a Valentina, incluso después de tres años de reconstruir su vida junto a Dante, todavía le parecía extraordinaria en su simplicidad. Se mudaron a una casa pequeña en las afueras de Bruselas, lejos tanto del ático que había sido testigo de tantas crisis como del apartamento que habían compartido durante los primeros meses de la libertad condicional de Dante, un espacio nuevo que ninguno de los dos asociaba con el dolor del pasado.

-Nunca pensé que encontraría satisfacción en algo tan mundano como elegir cortinas para una casa -confesó Dante una tarde de sábado, ambos rodeados de muestrarios de telas en la sala todavía a medio amueblar-. Después de veinte años tomando decisiones que determinaban la vida o muerte de organizaciones enteras, hay algo profundamente reconfortante en preocuparse simplemente por si el azul combina con los muebles.

-Es la vida normal que ambos nos ganamos, Dante. Disfrútala sin culpa.

La consultoría de Dante continuó creciendo, su reputación como experto en identificar y prevenir la corrupción dentro de operaciones marítimas atrayendo clientes de toda Europa, algunos de ellos irónicamente las mismas autoridades portuarias que años atrás habían sido cómplices silenciosos de las redes criminales que él mismo había dirigido. Contrató a un tercer analista, una joven abogada llamada Sophie Delacroix, recién graduada y apasionada por la reforma institucional, cuya energía y idealismo le recordaban a Dante, con una punzada de nostalgia agridulce, la determinación que Valentina había mostrado durante los primeros días de su relación, antes de que el peso de las circunstancias hubiera puesto a prueba esa determinación de las maneras más brutales posibles.

Valentina, mientras tanto, había ascendido dentro de su nuevo rol en Europol, su programa de formación sobre ética profesional expandiéndose para incluir colaboraciones con instituciones judiciales en cinco países distintos. Ingrid Larsen, quien había supervisado personalmente su reintegración durante los años anteriores, la nombró finalmente directora de un nuevo departamento dedicado específicamente a la prevención de corrupción institucional, un puesto que, con una ironía que Valentina apreciaba profundamente, existía directamente como resultado del escándalo que su propia historia había ayudado a exponer.

-Es curioso cómo las cosas terminan encontrando su propio sentido -le dijo a Klaus durante una cena que habían empezado a compartir regularmente, la amistad entre ambos reconstruida gradualmente sobre una base de respeto mutuo que había sobrevivido incluso la crisis más severa-. Si alguien me hubiera dicho hace cinco años que terminaría dirigiendo un departamento dedicado a prevenir exactamente el tipo de conflicto de interés que casi destruyó mi carrera, no le habría creído.

-A veces los errores más grandes terminan siendo las lecciones que más valor aportan, siempre que uno esté dispuesto a aprenderlas honestamente. -Klaus levantó su copa en un brindis silencioso-. Y tú, Valentina, has demostrado esa honestidad de maneras que pocos en nuestra profesión logran alcanzar.

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Pero la paz completa, como ambos habían aprendido a través de años de experiencias dolorosas, rara vez llegaba sin algún desafío adicional que pusiera a prueba su resiliencia recién construida. Dieciocho meses después de su boda, Dante recibió una llamada que lo transportó instantáneamente de vuelta a las tensiones que creía haber dejado completamente atrás.

-Salvatore murió -le informó Ferruccio, la voz cargada de una gravedad que Dante reconoció inmediatamente como genuina-. Un ataque cardíaco, en la enfermería de la prisión. No hubo nada sospechoso, según los informes oficiales. Simplemente su corazón, después de años de resentimiento y amargura acumulada, finalmente cedió.

Dante sintió una mezcla compleja de emociones que le costó procesar completamente durante los días siguientes: dolor genuino por la pérdida de un hombre que, a pesar de todo lo que había sucedido entre ellos, había sido parte fundamental de su vida durante quince años; culpa persistente por las circunstancias que habían llevado a Salvatore hacia ese final solitario en una celda de prisión; y una tristeza más profunda por la reconciliación que nunca habían logrado alcanzar, las heridas entre ambos permaneciendo abiertas hasta el final.

-¿Vas a ir al funeral? -preguntó Valentina, observando el conflicto evidente en la expresión de su esposo.

-No creo que sea bienvenido. Su familia, los pocos parientes que le quedan, probablemente me culpan directamente por todo lo que le sucedió.

-Quizás. Pero también creo que necesitas encontrar tu propia forma de cerrar ese capítulo, Dante, independientemente de cómo te reciban otros.

Dante asistió al funeral, celebrado en una pequeña iglesia en las afueras de Amberes, manteniéndose deliberadamente en la parte trasera para no imponer su presencia sobre quienes tenían más derecho a llorar abiertamente. Reconoció a algunos rostros de su vida anterior, hombres que alguna vez habían servido bajo el liderazgo combinado de ambos, ahora dispersos hacia vidas completamente distintas, algunas legales, otras probablemente no.

Después de la ceremonia, mientras se preparaba para marcharse discretamente, una mujer mayor se acercó a él, su rostro marcado por el dolor pero también por una curiosidad genuina.

-Usted es Dante Marchetti -dijo, no como pregunta sino como afirmación-. Soy Carla, la hermana de Salvatore.

-Lo siento profundamente por su pérdida, señora. No pretendo imponerme en un momento tan difícil.

-Salvatore hablaba de usted a menudo, incluso hacia el final. -Carla lo estudió con una atención que a Dante le resultó incómodamente familiar, recordándole la forma en que Valentina lo había observado durante su primer encuentro en el Beau-Rivage-. Con ira, sí, la mayor parte del tiempo. Pero también, hacia sus últimos meses, con algo que se parecía sospechosamente al arrepentimiento por cómo terminaron las cosas entre ustedes.




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