Pasaron cuatro días sin que Valentina y Dante volvieran a hablarse. Cuatro días que a Dante le parecieron más largos que cualquier guerra territorial que hubiera librado, más agotadores que veinte años construyendo un imperio desde los cimientos rotos que le había dejado su padre. Se sorprendía revisando el teléfono cada pocos minutos, escribiendo mensajes que borraba antes de enviarlos, cada uno sonando o demasiado desesperado o demasiado orgulloso, ninguno capaz de capturar la magnitud exacta de lo que sentía.
Trabajaba con una intensidad que Marco reconoció de inmediato como una forma de huida. Reorganizó rutas enteras, renegoció contratos que llevaban años estables, se sumergió en los detalles operativos de su imperio con la misma desesperación con la que un hombre que se ahoga se aferra a cualquier cosa que flote. Nada funcionaba. Cada silencio entre reuniones se llenaba inevitablemente con el recuerdo de la voz quebrada de Valentina, de la acusación justa que le había lanzado antes de colgar.
Marco entró en su despacho la tarde del cuarto día con una carpeta delgada y una expresión que Dante no supo interpretar del todo: parte alivio, parte inquietud.
-Terminé la investigación, jefe.
Dante dejó a un lado los documentos que fingía revisar.
-Dime.
-No hay nada. -Marco se sentó frente a él, abriendo la carpeta sobre el escritorio-. Rastreé cada comunicación posible entre la fiscal Roux y su superior, revisé los informes internos de Europol a los que tengo acceso a través de mis contactos, verifiqué los movimientos financieros de su cuenta personal por si hubiera algún pago irregular que sugiriera que trabaja para alguien más. Nada, Dante. Ni una sola señal de que esté jugando un doble juego.
-¿Y la filtración que llegó a Salvatore? ¿Cómo explicas eso?
-Eso es lo interesante. -Marco sacó una hoja de la carpeta-. La información no salió de Roux hacia su superior de manera oficial. Mi contacto en la policía belga confirma que la orden de vigilancia sobre el envío de Amberes se generó por una fuente completamente distinta: un informante dentro del sindicato de estibadores del puerto, alguien que lleva meses colaborando con las autoridades belgas sin relación alguna con Europol ni con la fiscal Roux.
Dante sintió que algo se aflojaba en su pecho, un alivio tan intenso que por un momento le costó respirar con normalidad.
-Entonces la filtración no vino de ella.
-No, jefe. La coincidencia de tiempos fue exactamente eso: una coincidencia. La fiscal Roux le advirtió sobre una intervención que Europol efectivamente planeaba, basándose en información legítima que ella conocía por su propio trabajo. Pero el conocimiento específico que llegó a Salvatore, las fechas exactas, el nombre del intermediario, eso vino de una fuente completamente distinta. Un informante del puerto, no la fiscal.
Dante se recostó en su silla, procesando la información con una mezcla de alivio y una vergüenza profunda que le costaba nombrar. Había dudado de ella. Había permitido que las palabras calculadas de Salvatore, nacidas de una desconfianza que había mantenido vivo su imperio durante décadas, envenenaran lo único genuino que había sentido en años.
-Necesito verla -dijo finalmente, más para sí mismo que para Marco.
-Jefe, con todo respeto, quizás sea momento de reconsiderar toda esta situación. -Marco cerró la carpeta, su expresión seria-. Aunque ella no esté jugando un doble juego deliberado, sigue siendo fiscal de Europol. Tarde o temprano, su trabajo y sus sentimientos hacia usted van a chocar de manera irreconciliable. Esto que investigué hoy demuestra que ella es honesta, sí, pero no cambia el hecho de que ambos representan mundos que no pueden coexistir indefinidamente.
-Lo sé, Marco. -Dante se puso de pie, la decisión ya tomada con la misma velocidad implacable con la que tomaba todas sus decisiones importantes-. Pero después de veinte años sin sentir nada más que la satisfacción vacía del poder, no pienso renunciar a lo único real que he encontrado solo porque sea complicado. Complicado no es lo mismo que imposible.
Salió del despacho sin decir nada más, dejando a Marco con la certeza incómoda de que, por primera vez en quince años de servicio, su consejo no cambiaría el rumbo de las decisiones de su jefe.
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Valentina llevaba cuatro días trabajando con una concentración forzada que Klaus interpretó, con cierta satisfacción, como una señal de que finalmente se había centrado por completo en la Operación Sirena. No sabía que cada hora de trabajo era, en realidad, una forma desesperada de no pensar en Dante, de llenar el vacío que había dejado su ausencia con expedientes, mapas de rutas y reuniones interminables sobre logística de intervención.
No funcionaba. Cada noche, sola en su apartamento, sacaba el ejemplar de Pavese que él le había regalado y lo sostenía sin abrirlo, como si el objeto físico pudiera de alguna manera compensar el silencio que había impuesto entre ambos. Se preguntaba si había hecho lo correcto al colgar, al exigir tiempo, al permitir que la duda de Dante -una duda que ella entendía racionalmente pero que igual la había herido con una profundidad que no esperaba- abriera una distancia que ahora se sentía insoportable.
Estaba revisando un mapa de rutas marítimas en su despacho cuando la secretaria le informó que tenía una entrega.
Bajó a recepción y encontró, sobre el mostrador, una caja pequeña sin remitente, envuelta con un cuidado casi ceremonial. Dentro, encontró un segundo libro de Pavese -esta vez, un volumen de poesía- y una nota escrita con la misma caligrafía tallada que ella había memorizado sin darse cuenta durante las últimas semanas.
*"Investigué la filtración. No viniste de ti. Nunca dudé de ti realmente, Valentina; dudé de mí mismo, de si merecía algo tan real como lo que me has dado. Perdóname por permitir que esa duda te hiciera daño. Estaré en el Café des Arts, en Bruselas, todas las tardes a partir de las seis, durante los próximos siete días. No espero que vengas. Solo espero que sepas que estaré ahí, esperando, tanto tiempo como haga falta. - D."*