Pasó una semana desde el arresto de Castellano, una semana en la que Dante permitió que un frágil optimismo se instalara en su pecho, la sensación peligrosa de que quizás, después de todo, existía un camino hacia la vida que había empezado a imaginar junto a Valentina. Continuó desmantelando piezas de su imperio con una discreción calculada, transfiriendo control, cerrando rutas, reduciendo su presencia en reuniones que antes consideraba indispensables. Marco lo observaba con una mezcla de admiración y preocupación, consciente de que cada movimiento acercaba a su jefe tanto a la libertad como al peligro.
Salvatore no volvió a aparecer. No llamó, no escribió, no envió intermediarios. El silencio, que en cualquier otra circunstancia Dante habría interpretado como una tregua, empezó a pesarle con una inquietud creciente precisamente por su naturaleza inusual. Salvatore Bellini no era un hombre que dejara pasar los conflictos sin resolución; su ausencia total sugería, más que una rendición, una espera calculada.
-No me gusta este silencio -le dijo a Marco una tarde, ambos revisando los movimientos de la organización en busca de cualquier señal de actividad inusual-. Salvatore siempre ha sido metódico. Si estuviera simplemente furioso, ya lo sabríamos. Este silencio es distinto.
-He puesto a dos hombres a vigilar sus movimientos discretamente -respondió Marco-. Hasta ahora, nada fuera de lo normal. Sigue operando sus rutas habituales en la frontera alemana, sin contacto aparente con nadie fuera de su círculo cercano.
-Sigue buscando. Algo no está bien.
Esa misma noche, Valentina llegó a Bruselas para lo que ambos habían empezado a llamar, con una ternura irónica, sus "fines de semana robados": breves ventanas de normalidad arrancadas a la fuerza de vidas que cada día se volvían más complicadas de sostener en paralelo. Klaus le había concedido, contra todo pronóstico, una prórroga adicional después del éxito innegable de la operación contra Castellano, aunque su tono al hacerlo había sido más de advertencia que de indulgencia.
-Tienes que entender que esto no puede continuar indefinidamente, Valentina -le había dicho esa misma mañana-. Cada semana que pasa sin que reporte formalmente tu relación con Marchetti es una semana en la que arriesgo mi propia carrera junto con la tuya. Necesito ver resultados concretos, no solo promesas.
Valentina no le había contado sobre el silencio de Salvatore, sobre la inquietud creciente de Dante respecto a las posibles represalias de un hombre traicionado. Se lo guardó para sí misma mientras tomaba el tren hacia Bruselas, tratando de convencerse de que la ansiedad que sentía era simplemente el peso acumulado de meses viviendo entre dos mundos que se negaban a coexistir en paz.
Dante la esperaba en la estación, algo que nunca hacía -normalmente enviaba a Marco, cuidando siempre de mantener una distancia prudente entre su presencia pública y la de ella-, y Valentina sintió la alarma instalarse en su pecho antes incluso de que él dijera una sola palabra.
-¿Qué pasó?
-Nada todavía. -Dante la tomó del brazo, guiándola hacia el auto con una urgencia que contradecía sus palabras-. Pero prefiero tenerte cerca esta noche. Salvatore lleva una semana en silencio, y ese silencio me inquieta más de lo que cualquier amenaza abierta podría hacerlo.
En el ático, mientras Dante servía dos copas de vino que ninguno de los dos tocó realmente, Valentina lo observó moverse con una tensión que no le había visto desde los primeros días de su relación, cuando cada gesto suyo cargaba el peso calculado de un hombre acostumbrado a anticipar cada amenaza posible.
-Háblame de él -pidió ella, sentándose en el sofá-. De verdad. No la versión resumida que me has dado hasta ahora.
Dante se sentó frente a ella, el semblante serio.
-Salvatore Bellini era huérfano, como yo. Vittorio lo acogió cuando tenía dieciséis años, lo entrenó, le enseñó todo lo que sabía sobre el negocio. Cuando Vittorio murió y yo hereté el control de la organización, Salvatore podría haber disputado mi liderazgo. Tenía la lealtad de suficientes hombres como para intentarlo. En cambio, eligió apoyarme, convertirse en mi mano derecha, mi socio más cercano durante quince años. -Hizo una pausa, la mirada perdida en algún punto distante-. Le debo, en gran medida, la estabilidad que me permitió consolidar el imperio que hereté. Y ahora le he pagado esa lealtad desmantelando todo aquello por lo que trabajamos juntos, sin darle voz ni voto en la decisión.
-¿Crees que podría intentar detenerte? ¿De manera violenta?
-No lo sé. -La honestidad de la respuesta resultó más aterradora que cualquier certeza-. Hace un mes te habría dicho que no, que Salvatore jamás traicionaría veinte años de amistad. Pero ese mismo Salvatore me advirtió, con toda claridad, que consideraba mi relación contigo una amenaza existencial para todos los hombres que dependen de la organización. Y los hombres desesperados, Valentina, hacen cosas que jamás habrían considerado en circunstancias normales.
El teléfono de Dante vibró sobre la mesa, y ambos se sobresaltaron con una sincronía que delataba la tensión compartida. Dante miró la pantalla, y Valentina vio su expresión endurecerse antes de que él respondiera la llamada.
-Marco. Dime.
Valentina observó su rostro transformarse durante los segundos que siguieron, el color abandonando gradualmente sus facciones mientras escuchaba lo que fuera que Marco le estaba comunicando.
-¿Estás seguro? -La voz de Dante salió tensa, cargada de una gravedad nueva-. Está bien. Refuerza la seguridad del ático inmediatamente. Y Marco, quiero vigilancia también en el apartamento de Valentina en La Haya. Ahora mismo.
Colgó, y el silencio que siguió pesó sobre la habitación con una densidad casi física.
-¿Qué pasó, Dante?
-Salvatore se reunió esta tarde con dos hombres de la organización de Castellano. Los mismos que quedaron sin liderazgo después del arresto. -Dante se pasó una mano por el rostro, el cansancio y el miedo mezclándose en una expresión que Valentina jamás le había visto-. No sé qué se dijeron exactamente, pero la reunión duró más de dos horas, y según el contacto de Marco, salieron con la actitud de hombres que acababan de cerrar un acuerdo.