El lobo de Palermo.

Capítulo Cinco: Grietas en el Expediente.

El lunes recibió a Valentina con la brutalidad habitual de la realidad reclamando lo que le pertenece. Ginebra había quedado atrás; ahora, de vuelta en la sede de Europol en La Haya, el fluorescente blanco de su despacho le pareció más frío que nunca, como si los dos días en Bruselas hubieran sido una fotografía sobreexpuesta que ahora debía guardar en algún cajón de sí misma y no volver a mirar.

No lo consiguió. Llevaba el ejemplar de Pavese en el bolso, un objeto tan fuera de lugar entre sus carpetas de evidencia que cada vez que lo veía sentía una punzada de culpa mezclada con algo cálido que se negaba a nombrar.

Klaus la llamó a su oficina antes del mediodía.

-¿Cómo fue el fin de semana? -preguntó, sin levantar la vista de una pantalla llena de gráficos y rutas marítimas.

-Tranquilo. -La mentira le supo amarga incluso mientras la pronunciaba-. Descansé.

-Bien, porque necesito que vuelvas a estar completamente activa. -Klaus giró el monitor hacia ella-. El envío de Amberes se retrasó. Nuestro contacto en aduanas confirma que la subsidiaria de Marchetti pidió una prórroga de dos semanas sin explicación clara.

Valentina sintió que el suelo se movía bajo sus pies, la misma sensación del vestíbulo del Beau-Rivage, ahora amplificada por la certeza de que ella misma era, en parte, la razón de ese retraso.

-Podría ser cualquier cosa -dijo, esforzándose por mantener la voz neutra-. Problemas logísticos, un cambio de proveedor.

-O podría ser que alguien le avisó que estábamos mirando. -Klaus la observó con una atención que a Valentina le pareció excesiva, quirúrgica, como si estuviera leyendo algo en su rostro que ella no quería que él viera-. ¿Volviste a hablar con él?

La pregunta cayó como un peso exacto sobre el punto más vulnerable de su conciencia. Valentina había ensayado esa respuesta durante todo el trayecto en tren, pero ahora, frente a los ojos entrenados de Klaus, cada palabra le pareció insuficiente.

-Brevemente. En la cena de la cumbre.

-Eso fue hace una semana. -Klaus no apartó la mirada-. ¿Nada desde entonces?

-Nada relevante.

La mentira quedó suspendida en el aire del despacho, y por un instante Valentina temió que Klaus pudiera escuchar el latido acelerado de su propio corazón, que pudiera oler en ella el rastro de Bruselas, de la piel de Dante, de las dos noches que habían reescrito silenciosamente todo lo que ella creía saber sobre sí misma.

-Está bien -dijo Klaus finalmente, aunque algo en su tono sugería que la conversación no estaba completamente cerrada-. Sigue con la investigación. Y Valentina... ten cuidado. Marchetti tiene una reputación bien ganada de encontrar las debilidades de las personas que lo investigan. No serías la primera fiscal que termina comprometida sin darse cuenta de cómo sucedió.

Las palabras la persiguieron el resto del día, resonando con una precisión incómoda que Valentina no podía ignorar. Klaus no sabía nada, se dijo. No podía saberlo. Y sin embargo, la advertencia parecía dirigida exactamente a la grieta que ya se había abierto en su interior, como si el universo entero conspirara para recordarle el precio que estaba a punto de empezar a pagar.

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Esa noche, sola en su apartamento de Bruselas -el mismo que llevaba semanas sintiendo demasiado silencioso, demasiado vacío desde que Dante había empezado a ocupar cada rincón de sus pensamientos-, Valentina abrió el expediente de la Operación Sirena por primera vez desde su regreso, decidida a hacer lo que su entrenamiento profesional le exigía: trabajar el caso con la misma rigurosidad que aplicaba antes de conocerlo.

Las fotografías de vigilancia se desplegaron sobre su mesa: Dante entrando y saliendo de reuniones, Dante estrechando manos con hombres cuyos nombres aparecían vinculados a redes de tráfico de armas en tres continentes, Dante en el funeral de un rival que había muerto en circunstancias oficialmente calificadas como "accidente náutico" pero que el informe interno describía con un signo de interrogación cargado de sospecha.

Se detuvo en una fotografía particular: Dante, quizás diez años más joven, de pie junto a un ataúd, el rostro compuesto en una máscara de dolor perfectamente calibrada. El informe indicaba que se trataba del funeral de su mentor, un hombre llamado Vittorio Conte, asesinado en una guerra territorial que Dante había heredado y, según las conclusiones no probadas de la investigación, ganado con una eficiencia brutal que había consolidado su control sobre gran parte de las rutas mediterráneas.

Valentina cerró los ojos, la imagen del hombre que la había sostenido con tanta ternura durante dos días superponiéndose de manera insoportable a la del hombre en esa fotografía, calculando su ascenso al poder sobre los cadáveres de quienes se interponían en su camino.

Su teléfono vibró. Un mensaje de Dante.

*"Pienso en ti constantemente. Bruselas se siente vacía sin ti aquí."*

Valentina miró el mensaje, luego la fotografía extendida sobre la mesa, luego de nuevo el mensaje, sintiendo que ambas realidades -el hombre tierno que la había cocinado pasta con las manos manchadas de harina y el jefe criminal que sonreía junto a un ataúd calculando su próximo movimiento- existían simultáneamente en la misma persona, y que ella había elegido, contra todo instinto profesional, amar a ambos.

Respondió, finalmente, después de un largo rato mirando la pantalla.

*"Estoy trabajando en el expediente de tu caso ahora mismo. Tienes una fotografía en el funeral de Vittorio Conte que me está costando conciliar con el hombre que conocí este fin de semana."*

La respuesta tardó varios minutos, más de los que él solía tardar.

*"Vittorio era como un padre para mí después de que Concetta murió. Su muerte no fue un accidente náutico, Valentina. Lo mataron los hombres de Castellano intentando arrebatarle el control del puerto de Nápoles. Yo tenía veinticinco años y heredé una guerra que no había pedido."*




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