El Mensaje De Los Enviados

Capítulo 10: Aetena Juventa

Las personas comenzaron a notar cambios en él incluso antes de que Aetena pudiera admitirlos por completo.

Durante una representación teatral organizada para la corte, un crítico de arte se acercó a felicitarlo apenas terminó la función. El hombre parecía confundido mientras intentaba ordenar sus propias impresiones.

—Últimamente sus actuaciones han cambiado —comentó lentamente.

Aetena sostuvo la copa entre los dedos sin responder de inmediato.

—¿Han empeorado?

—No —se apresuró a decir el crítico—. Es solo que... antes había algo desesperado en sus personajes. Algo oscuro. Ahora siguen siendo intensos, pero... son más cálidos.

Aetena permaneció en silencio.

Porque sabía exactamente a qué se refería.

Las nuevas obras seguían naciendo de emociones profundas, pero ya no estaban dominadas únicamente por vacío, resentimiento o obsesión. Había aparecido algo diferente entre todas aquellas sombras emocionales que llevaba años plasmando en cada actuación y pintura.

Algo suave.

Algo humano.

Y él sabía perfectamente de dónde provenía.

Ella.

La princesa continuaba apareciendo en su vida con la misma naturalidad imposible de siempre. Ya no parecía una visitante dentro de la residencia, sino alguien que lentamente comenzaba a formar parte de ella. Los sirvientes dejaron de sorprenderse al verla caminar por los pasillos o permanecer durante horas observando pinturas mientras Aetena trabajaba. A veces hablaban. Otras veces simplemente compartían el silencio.

Y extrañamente, esos silencios nunca resultaban incómodos.

Una tarde lluviosa, la joven apareció en uno de los grandes talleres interiores donde Aetena trabajaba completamente solo. El lugar olía a pintura fresca, madera húmeda y cera derretida de las decenas de velas encendidas alrededor del salón. Varias telas descansaban apoyadas contra las paredes, algunas terminadas y otras apenas comenzadas. Afuera, la tormenta golpeaba suavemente los ventanales altos mientras el cielo gris sumergía toda la residencia en una penumbra tranquila.

Aetena permanecía frente a un enorme lienzo todavía incompleto cuando notó su presencia detrás suyo.

Ella no habló de inmediato.

Simplemente observó.

Como siempre hacía.

Y por alguna razón, eso continuaba afectándolo más que cualquier elogio que hubiera recibido jamás.

—No parece usted cuando actua así, como en las ultimas obras—comentó finalmente la princesa después de varios minutos.

Aetena continuó moviendo el pincel lentamente antes de responder.

—¿Y cómo debería parecer?

Ella inclinó apenas la cabeza mientras analizaba la pintura.

—Más pesado —dijo suavemente—. Menos tranquilo.

Aetena giró apenas el rostro hacia ella.

La joven observaba el lienzo con una atención genuina. Ya no había figuras deformándose entre sombras ni escenas cargadas de desesperación violenta como en muchas de sus obras anteriores. La pintura mostraba un jardín bajo la lluvia, iluminado tenuemente por faroles nocturnos y cubierto de flores movidas por el viento.

Había melancolía allí.

Pero también calma.

Algo que jamás había logrado pintar antes.

Aetena volvió lentamente la mirada hacia el cuadro.

—Tal vez estoy cambiando.

La frase salió más honesta de lo que pretendía.

La princesa sonrió apenas.

No parecía sorprendida.

Como si hubiese sabido desde hacía tiempo que aquello terminaría ocurriendo.

—Tal vez por fin está dejando de esconderse.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre ambos.

Aetena sintió algo extraño tensarse lentamente dentro de su pecho.

Porque durante años había construido identidades enteras para sobrevivir. El artista brillante. El hombre misterioso. El seductor elegante. El ladrón imposible. Incluso frente a sí mismo había aprendido a esconder ciertas cosas bajo capas y capas de control cuidadosamente calculado.

Pero cerca de ella comenzaba a sentirse peligrosamente visible.

Y aun así... no quería alejarse.

Eso era lo peor.

Porque cuanto más tiempo pasaba a su lado, más difícil se volvía justificar la criatura en la que se había convertido.

Los robos.

Las manipulaciones.

El cuerpo robado que seguía usando como si le perteneciera.

Todo comenzaba a sentirse más real ahora que alguien lo miraba como si todavía pudiera existir algo bueno dentro suyo.

A veces aquello le provocaba una culpa insoportable.

Otras veces le provocaba miedo.

Porque una parte de él comenzaba a preguntarse qué ocurriría si ella descubría la verdad.

Y otra parte, muchísimo más peligrosa, comenzaba a desear desesperadamente que aun así no lo abandonara.

La relación entre ambos comenzó a transformarse en algo difícil de definir con exactitud. No ocurrió de golpe, ni estuvo marcada por grandes confesiones o momentos destinados a permanecer en la memoria de un reino. Fue mucho más silenciosa que eso. Más humana. La princesa empezó a formar parte de la rutina de Aetena con una naturalidad tan extraña que, en ocasiones, él olvidaba que había existido un tiempo donde aquella presencia no ocupaba espacio alguno en su vida.

Había días en los que ella aparecía en la residencia únicamente para caminar entre las pinturas mientras él trabajaba. Otras veces permanecía horas enteras sentada junto a una ventana leyendo algún libro mientras Aetena actuaba frente a los lienzos, dejando que el sonido de las páginas acompañara el roce de los pinceles y el crepitar del fuego. Ninguno parecía necesitar llenar cada silencio con palabras. Y aquello desconcertaba profundamente a Aetena, porque toda su existencia había estado construida alrededor del ruido: conversaciones manipuladas, aplausos, mentiras elegantes, elogios vacíos y emociones exageradas. Sin embargo, con ella, el silencio no resultaba incómodo. Era tranquilo. Extrañamente tranquilo.



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En el texto hay: aventura, amor, brujas

Editado: 23.09.2026

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