Mientras tanto, lejos del palacio, Aetena caminaba sin dirección real entre las calles oscuras de la ciudad. La lluvia había cesado hacía horas, pero el suelo todavía reflejaba las luces de las antorchas como fragmentos distorsionados de otro mundo. A cada esquina encontraba guardias revisando comercios, interrogando personas o cerrando accesos, y el cerco alrededor suyo comenzaba a hacerse evidente.
El mundo que había construido estaba colapsando.
Y lo peor era que él mismo lo había destruido.
Aetena pasó una mano temblorosa sobre su rostro mientras avanzaba entre callejones vacíos. Parte de él quería terminar con aquello de una vez. Entrar al palacio. Confesarlo todo. Acabar con la persecución antes de que alguien más saliera herido.
Soy yo.
Soy el que robó.
Soy el que hizo todo esto.
Las palabras aparecían una y otra vez en su mente.
Pero cada vez que imaginaba pronunciarlas, veía el rostro de ella.
Y entonces se volvía imposible.
Porque sabía exactamente lo que ocurriría después.
La decepción.
El horror.
La comprensión de que el hombre del que se había enamorado nunca había sido realmente quien decía ser.
Aetena sintió el pecho tensarse dolorosamente. Durante siglos había creído entender a los humanos mejor que ellos mismos, pero ahora descubría algo que jamás había previsto: el miedo a perder a una persona podía ser mucho peor que el miedo a perderlo todo.
En el palacio, mientras tanto, la decisión del rey comenzaba a tomar una forma definitiva.
Los consejeros discutían en voz baja alrededor de la mesa, revisando pruebas, nombres y testimonios, pero el monarca parecía haber llegado ya a una conclusión mucho antes de que la reunión terminara. Cuando finalmente volvió a hablar, su voz resonó firme en todo el salón.
—Si las pruebas continúan confirmándose, esto no será solamente un crimen.
Levantó entonces la mirada hacia su hija.
—Será traición.
La joven retrocedió apenas un paso, como si la palabra hubiera tomado forma física y la hubiera golpeado directamente en el pecho.
—No... —susurró casi sin aire—. No puedes creer eso...
El rey no respondió.
Y ese silencio resultó peor que cualquier grito.
Porque ella entendió inmediatamente que ya no estaba intentando convencerlo.
Lo había perdido.
En aquel instante, el destino de ambos comenzó a definirse de una forma imposible de detener.
El juicio no tardó en transformarse en decreto.
La noticia se extendió por el palacio con la velocidad cruel de los rumores importantes. Los sirvientes susurraban en los pasillos, los guardias evitaban mirarla directamente y los consejeros intercambiaban comentarios tensos apenas ella pasaba cerca. Lo que antes había sido una sospecha ahora comenzaba a convertirse oficialmente en una acusación.
La hija del rey protegía a un criminal.
Y el reino necesitaba un culpable visible.
Cuando finalmente fue llevada ante la sala del trono, el ambiente entero parecía distinto. Frío. Distante. Los enormes vitrales dejaban entrar una luz grisácea que apenas iluminaba el lugar mientras varios guardias permanecían apostados a ambos lados de la habitación.
El rey estaba sentado en el trono, inmóvil.
Y ya no parecía dispuesto a escuchar.
—Ha sido influenciada —declaró con voz firme frente a todos los presentes—. Convencida. Encubrió a un criminal que atentó directamente contra la corona.
—¡Eso no es cierto! —respondió ella de inmediato, avanzando un paso con los ojos llenos de rabia y desesperación—. ¡Ustedes están equivocados!
Pero nadie respondió.
Nadie salió en su defensa.
La joven miró alrededor buscando aunque fuera una mínima duda en los rostros presentes, pero solo encontró incomodidad y silencio.
Entonces llegó la sentencia.
—Irás a la horca.
Por un instante, el mundo pareció detenerse.
Ella abrió apenas los ojos, incapaz de reaccionar realmente.
—¿Qué...? —susurró.
El sonido de las armaduras interrumpió el silencio cuando dos guardias avanzaron lentamente hacia ella.
La joven retrocedió automáticamente.
—No... —murmuró negando con la cabeza—. No voy a huir. Pero tampoco voy a mentir.
El rey la observó largamente desde el trono. Y aunque su expresión seguía endurecida, había algo devastador en sus ojos.
No era odio.
Era decepción absoluta.
—No te estoy pidiendo que mientas —dijo finalmente—. Te estoy diciendo que has elegido el lado equivocado.
Ella sintió las lágrimas acumulándose, pero se negó a apartar la mirada.
—No voy a traicionarlo —respondió con la voz quebrándose apenas—. No pudo haber sido él.
El rey descendió lentamente un escalón del trono sin dejar de observarla.
—Incluso si eso te cuesta la vida.
La joven respiró con dificultad. El miedo comenzaba a recorrerle el cuerpo entero, pero aun así permaneció firme.
Porque parte de ella seguía creyendo en Aetena.
Incluso ahora.
Incluso cuando todo comenzaba a derrumbarse.
Finalmente levantó la vista hacia su padre y habló casi en un susurro.
—Entonces que me cueste la vida.
En algún punto del reino, mucho antes de escuchar rumores concretos o ver soldados movilizándose por las calles, Aetena sintió que algo había cambiado. Fue una sensación extraña, instintiva, casi animal. El aire mismo parecía distinto, más denso, más difícil de atravesar. Las conversaciones disminuían apenas él pasaba cerca, las puertas se cerraban con mayor rapidez y hasta el sonido de la ciudad parecía haberse apagado bajo una tensión invisible que crecía a cada minuto.
El peligro ya no era una posibilidad.
Era algo que avanzaba directamente hacia él.
Aetena caminó más rápido entre las calles llenas de personas, intentando ignorar aquella presión insoportable que comenzaba a retorcerle el pecho. Había visto el miedo humano incontables veces, pero aquello era diferente. No era el temor a ser atrapado. No era siquiera el miedo a morir.