El Mensaje De Los Enviados

Capítulo 13: Noctis Vertem

Y por un instante, todo cambió.

El monstruo dejó de luchar. No de forma gradual, no como resultado de las cadenas que lo sujetaban, sino de manera abrupta, como si algo en su interior hubiera encontrado un punto de anclaje que detuvo todo lo demás. Su cuerpo permaneció tenso, pero inmóvil, y en esa quietud repentina, la violencia que lo había definido segundos antes pareció desvanecerse sin explicación inmediata.

Solo la miró.

La niebla comenzó a disiparse lentamente, no como si fuera empujada por una fuerza externa, sino como si su propia existencia dejara de sostenerse. Las capas densas se aflojaron, perdiendo consistencia, permitiendo que el entorno volviera a tomar forma. Las cadenas de energía, aún tensas, lo obligaron a descender, y su cuerpo, incapaz de sostenerse en esa posición alterada, cayó de rodillas con un peso que resonó en la tierra. Los árboles dejaron de moverse, sus ramas regresando a una quietud que, aunque familiar, no lograba borrar lo que acababa de ocurrir.

El bosque quedó en silencio otra vez.

Un silencio distinto. No el de antes, no el que acompañaba sus caminatas habituales, sino uno más denso, más pesado, como si cada sonido hubiera sido retirado deliberadamente para dejar espacio a algo que no podía nombrarse. Nadie habló durante varios segundos, como si las palabras no encontraran un lugar adecuado en ese momento suspendido.

Hasta que uno de los niños comenzó a llorar.

—Eso... eso era Noctis...

La frase no buscaba confirmación. Era una afirmación quebrada, nacida de la necesidad de decirlo en voz alta para hacerlo real, aunque nadie quisiera aceptarlo del todo.

Nadie respondió.

Porque todos ya lo sabían.

Y desde ese día, el miedo dejó de ser una reacción momentánea para convertirse en una presencia constante, algo que se instaló en cada uno de ellos sin necesidad de manifestarse abiertamente. No era un temor que se expresara en cada instante, ni que dominara cada pensamiento, pero estaba allí, latente, silencioso, como una sombra que no desaparece aunque la luz cambie. Y ninguno de los niños volvió a sentirse completamente seguro en el bosque después de aquello, ni siquiera cuando todo parecía haber regresado a la normalidad.

Después del incidente en el bosque, las reuniones entre enviados dejaron de sentirse iguales, aunque al principio nadie pudiera señalar con precisión qué era lo que había cambiado. No hubo una ruptura evidente ni una decisión explícita que marcara un antes y un después; el cambio se filtró de forma gradual, casi imperceptible, instalándose en los detalles más pequeños, en esos espacios donde antes no había nada que notar. Las primeras señales fueron silencios que se extendían un poco más de lo necesario, pausas en medio de conversaciones que antes fluían sin interrupciones, miradas que se desviaban con mayor rapidez de lo habitual. Nadie hablaba directamente de lo ocurrido, pero tampoco era necesario: el recuerdo persistía en la forma en que todos comenzaban a comportarse.

Cuando Noctis aparecía, las conversaciones tendían a detenerse, no de manera abrupta, sino como si perdieran impulso de forma natural, como si las palabras dejaran de encontrar sentido en su presencia. No había acusaciones ni gestos abiertos de rechazo, pero sí una retirada sutil, una incomodidad que no se disimulaba del todo. Los niños, que antes se movían sin prestar demasiada atención a su cercanía, comenzaron a marcar distancia de forma casi automática. Bastaba con que él se aproximara unos pasos para que el grupo se reorganizara sin decir nada, dejando un espacio vacío a su alrededor que nadie parecía dispuesto a ocupar. No era una huida evidente, sino una reconfiguración constante, una forma de evitarlo sin tener que enfrentarlo.

Con el paso de los años, ese comportamiento dejó de ser una reacción puntual para convertirse en una costumbre arraigada, una dinámica que ya no necesitaba justificación. El miedo, que al principio había sido una respuesta inmediata al incidente, comenzó a transformarse en algo más profundo, más silencioso, extendiéndose entre los hijos de enviados como una idea que nadie terminaba de formular, pero que todos compartían. No era solo temor a lo que habían visto, sino a lo que implicaba, a lo que no podían comprender ni controlar. Y ese miedo, sostenido en el tiempo, terminó por pudrir cualquier posibilidad de cercanía, reemplazando lo que antes había sido curiosidad o indiferencia por una distancia definitiva.

El mundo exterior, ajeno a los detalles pero atento a las consecuencias, comenzó a construir su propia versión de los hechos. Entre los humanos que habitaban en las cercanías, los rumores tomaron forma rápidamente, alimentados por avistamientos fragmentarios, por relatos incompletos de figuras enormes que merodeaban en la oscuridad durante la noche. Las historias crecieron sin necesidad de confirmación, mezclando miedo con imaginación, hasta condensarse en palabras simples que buscaban dar nombre a lo desconocido. "El monstruo, el solitario". Así comenzaron a llamarlo a Noctis y a los de la especie de Mortema, sin saber realmente a quién se referían, pero acertando lo suficiente como para que el término encontrara un lugar donde asentarse.

Los hijos de enviados fingían no repetir el apodo, como si mantenerlo fuera de sus conversaciones fuera suficiente para negar su existencia. Evitaban mencionarlo en voz alta, desviaban el tema cuando surgía de forma indirecta, actuaban como si esas palabras pertenecieran a otro mundo que no tenía relación con ellos. Pero aun así, lo hacían. En susurros, en comentarios aislados, en momentos donde creían no ser escuchados, el nombre aparecía, cargado de una mezcla de miedo y fascinación que no lograban ocultar del todo.

Noctis lo sabía. No necesitaba oírlos directamente para entenderlo; le bastaba con observar, con reconocer los patrones en sus movimientos, en la forma en que evitaban cruzar su mirada, en la manera en que el silencio cambiaba cuando él estaba cerca. No era una revelación repentina, sino una comprensión que se había ido formando con el tiempo, consolidándose sin necesidad de ser confirmada. Y aunque no reaccionaba, aunque no mostraba molestia ni buscaba confrontarlos, esa certeza permanecía con él, tan clara y constante como todo lo demás que nunca necesitaba ser dicho en voz alta.



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En el texto hay: aventura, amor, brujas

Editado: 23.09.2026

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