“Después de tantas tormentas, alguien que se quedara.”
“Mi madre decía que después de cada tormenta salía el sol. Aquella noche entendí que, a veces, el sol no llega de inmediato; a veces llega en forma de alguien que decide quedarse bajo la lluvia contigo.”
Los días transcurrían y, poco a poco, parecía que las cosas estaban mejorando.
Mi mamá siempre decía que después de cada tormenta salía el sol.
Durante mucho tiempo pensé que era una de esas frases que los adultos decían para hacernos sentir mejor cuando las cosas iban mal.
Pero aquella vez empezaba a creerle.
Por primera vez en mucho tiempo sentía que quizá las cosas podían ser diferentes para nosotros. No perfectas, porque había aprendido que la vida nunca prometía eso, pero sí un poco más tranquilas.
Me encantaba ver a papá animado.
Cantaba mientras hacía sus cosas, hablaba de sus nuevos proyectos y hasta se permitía bromear conmigo. Se sentía nuevamente capaz de ser el jefe de nuestro pequeño hogar y, aunque jamás se lo diría porque probablemente se burlaría de mí, verlo así me llenaba de orgullo.
Había algo hermoso en verlo recuperar la esperanza.
Pero cada vez que lo veía sonreír, había un recuerdo que aparecía inevitablemente en mi cabeza.
Una tarde.
Una puerta entreabierta.
Y mi papá llorando.
Dos meses antes...
Había olvidado mi filipina y tuve que regresar a casa antes de ir al instituto.
Entré deprisa, subí las escaleras y fui directo a mi habitación. Estaba pensando en todo lo que todavía tenía que hacer cuando, al pasar frente al cuarto de papá, noté una pequeña luz encendida.
Me detuve.
Era demasiado temprano para que estuviera en casa.
La puerta estaba entreabierta.
Me acerqué con curiosidad.
Y entonces lo vi.
Papá estaba sentado en el suelo, junto a la ventana.
Tenía la espalda apoyada contra la pared y sostenía entre sus manos aquella fotografía de su boda.
Nuestra fotografía favorita.
La de él y mamá sonriendo como si el mundo entero les perteneciera.
Pero él no sonreía.
Lloraba.
Me quedé completamente quieta.
Nunca había visto llorar a mi papá.
No así.
No cuando pensaba que nadie podía verlo.
—No sé qué hacer sin ti —susurró.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Papá pasó los dedos sobre la fotografía.
—Ya no puedo verla trabajar de sol a sol...
Su voz se quebró.
—No puedo verla llegar cansada y todavía preocuparse por mí. Como padre debería poder darle más.
Cerró los ojos.
—Siento que te estoy fallando. Que les estoy fallando a las dos.
Me llevé una mano a la boca para contener el sollozo que comenzaba a formarse en mi garganta.
Quise entrar.
Quise abrazarlo.
Decirle que no había fallado.
Que para mí él siempre había sido suficiente.
Pero no pude.
Entonces él miró nuevamente la fotografía y, entre las lágrimas, apareció una pequeña sonrisa.
—Aunque salió igual de testaruda que tú.
Soltó una risita.
—¿Te acuerdas de todas las veces que me regañabas porque robaba flores del jardín de la vecina?
Negó con la cabeza.
—Siempre decías que algún día nos iban a descubrir.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Pero ahora esas flores ya no son tan bonitas.
Acarició la fotografía.
—No sin ti.
No pude seguir escuchando.
Me alejé antes de que pudiera verme.
Bajé las escaleras con los ojos llenos de lágrimas y fingí que nunca había estado allí.
Desde aquel día comprendí algo que antes no quería aceptar.
Mi papá también tenía miedo.
También se sentía perdido.
También extrañaba a mamá todos los días.
Solo que, igual que yo, había aprendido a esconderlo.
Por eso verlo ahora cantar, reír y sentirse nuevamente capaz de sacar adelante nuestro hogar era para mí un verdadero bálsamo.
Quizás mamá tenía razón.
Quizás después de cada tormenta sí llegaba el sol.
Y yo quería disfrutarlo mientras pudiera.
Porque cada día estaba más cerca de conseguir el dinero que necesitaba.
Las propinas eran buenas.
La comida estaba gustando cada vez más.
Y la cafetería comenzaba a llenarse.
Aquella tarde, especialmente, estuvo repleta.
Cerca había una convención y muchos de los asistentes terminaron entrando.
Me dolían las manos de tanto estar frente a la estufa.
La dueña no dejaba de felicitarme y, ante la cantidad de pedidos, incluso tuvo que salir de la cocina para ayudarnos.
Yo apenas tenía tiempo para respirar.
Pero, entre pedido y pedido, siempre encontraba una excusa para salir al salón.
No era para revisar las mesas.
Ni para buscar a algún cliente.
Buscaba la mesa de siempre.
La mesa donde él solía sentarse.
Adrián.
La primera vez que salí, no estaba.
La segunda tampoco.
La tercera miré un poco más de lo necesario.
Vacía.
Sentí una pequeña decepción que no quería reconocer.
—No vino —murmuré.
Lorena apareció detrás de mí.
—¿A quién esperas?
—A nadie.
—Claro.
Su sonrisa me delató.
—Deja de molestarme.
—Yo no dije nada.
Pero sí lo había dicho todo.
Regresé a la cocina intentando concentrarme.
Sin embargo, por más que lo intentara, no podía quitarme aquella sensación de vacío del pecho.
Era absurdo.
Solo era un día.
Solo una persona.
Entonces, ¿por qué me había importado tanto no verlo?
Mientras tanto, Adrián había tenido una de las peores mañanas de su vida.
Todo había comenzado con una discusión con su padre.
—No entiendo cómo mi hijo puede rebajarse a estar cada día en una pocilga como esa.
Adrián levantó lentamente la mirada.
—Papá, creo que ya soy adulto como para saber qué hacer con mi vida y a dónde quiero ir.