“A veces el corazón sabe exactamente lo que siente, mucho antes de que nosotros tengamos el valor de admitirlo.”
No podía creer lo que me estaba pasando.
Había añorado tanto volver a ver a Adrián y, cuando finalmente apareció, tenía que encontrarme en aquel estado.
Empapada.
Sentada en el suelo.
Con el tobillo adolorido y el orgullo prácticamente desaparecido.
Cuando lo vi acercarse, al principio pensé que era un ladrón. Con aquella lluvia apenas podía distinguir su rostro y el miedo hizo que cerrara los ojos.
Pero entonces escuché su voz.
—Isa...
Y todo cambió.
Era él.
Adrián.
No sé cómo explicarlo, pero en cuanto escuché mi nombre pronunciado por su voz, el miedo desapareció.
Sin pensarlo demasiado, me ayudó a levantarme y prácticamente me llevó hasta su automóvil.
Apenas entramos, encendió la calefacción y se quitó el saco para colocármelo sobre los hombros.
—Póntelo.
—Pero tú también estás mojado.
—Yo puedo aguantar.
No discutí.
Sentí el calor del saco y, por alguna razón, aquello me hizo sentir protegida.
Me pidió mi dirección y arrancó.
Durante los primeros minutos ninguno dijo nada.
Yo miraba por la ventana.
O eso intentaba hacer.
Porque, sin darme cuenta, terminé mirándolo a él.
Estaba completamente concentrado en conducir. Tenía el cabello todavía húmedo por la lluvia y una expresión seria que no le había visto antes.
No sé cuánto tiempo llevaba observándolo cuando su voz me hizo reaccionar.
—Si quieres te regalo una fotografía.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Para que puedas mirarme tranquila. Dura más.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—Yo no te estaba mirando. Estaba viendo la lluvia.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Y por qué me mirarías?
Lo dijo con tanta seguridad que no pude evitar sonreír.
—Porque soy un hombre encantador.
Solté una pequeña carcajada.
—Pero qué ego traes hoy.
—Solo estoy diciendo la verdad.
Negué con la cabeza.
—¿Y qué hacías por este lado?
Su sonrisa desapareció un poco.
—Tuve un mal día.
Lo miré.
—¿Malo?
—Muy malo.
Hubo un pequeño silencio.
—Cuando tengo un día así, me gusta salir a caminar. Pero hoy la lluvia me lo impidió, así que decidí dar vueltas en el auto.
Me miró brevemente.
—Y mira qué bueno que lo hice.
Bajé la mirada.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por ayudarme.
—¿Por eso?
—Si no aparecías, habría tenido que caminar hasta la otra parada.
—Es que soy un ángel guardián.
Lo miré divertida.
—¿Un ángel?
—Sí. Escuché tus ruegos.
—¿Y qué tal si llamaba a otro ángel?
Sonrió.
—Lo dudo. Tu señal solo me llega a mí.
Me reí.
—De verdad, gracias.
Seguimos avanzando.
Cuando reconocí las calles cercanas a mi casa, sentí que mi corazón se aceleraba.
—Da la vuelta en la esquina y me dejas ahí.
Adrián me miró.
—¿Ahí vives?
—No. De ahí solo son unos pasos.
—¿No quieres que me vean?
—¿Qué?
—Tal vez tienes algún enamorado.
—Por favor, deja de decir tonterías.
—Entonces soy tan feo que quieres ocultarme.
—No es eso.
Suspiré.
—Está bien. Acompáñame, pero solo hasta la avenida.
—Como ordenes.
No sabía que aquellas palabras terminarían provocando el peor momento de la noche.
Papá llevaba varios minutos parado junto a la puerta.
No dejaba de mirar hacia la calle.
La lluvia no daba tregua y, a esas horas, ya casi no pasaban autobuses.
Yo debía estar llegando.
O eso esperaba.
Sostenía un paraguas mientras miraba hacia la oscuridad.
—Amor —susurró mirando al cielo—, cuida a nuestra hija. Haz que llegue sana y salva.
Apretó los labios.
—No sé qué haría si le pasa algo.
Entonces vio unas luces acercándose.
Un automóvil.
Se detuvo justo frente a nuestra casa.
Papá dio un paso hacia adelante.
Por un momento pensó que sería algún vecino.
Hasta que vio abrirse la puerta.
Y me vio bajar.
Pero no estaba sola.
Había un joven junto a mí.
Papá sintió que algo dentro de él se encendía.
Primero fue alivio.
Después sorpresa.
Y finalmente... unos celos que ni siquiera él sabía que podía sentir.
Porque su pequeña princesa estaba sonriendo.
Y le estaba sonriendo a ese muchacho.
Caminó hacia ellos.
—Buenas noches, jóvenes.
Yo levanté la mirada.
—¡Papá!
Adrián se enderezó inmediatamente.
—Buenas noches, señor.
Papá lo observó de arriba abajo.
—¿Se puede saber qué está haciendo con mi hija?
Adrián abrió la boca.
—Señor, yo...
—¿Cuáles son sus intenciones?
—Papá, estás malinterpretando las cosas. Adrián es...
Mi padre giró lentamente hacia mí.
—¿Adrián?
Lo miró nuevamente.
—Conque este joven tiene nombre y yo ni enterado.
—Papá...
—¿Sabe usted que mi hija no es un juego?
Adrián se apresuró a responder.
—Señor, disculpe. Jamás haría algo en contra de Isabel. Yo solo...
—Cállese.
Adrián se quedó en silencio.
Papá señaló la puerta.
—Isabel, entra a la casa. Tú y yo vamos a hablar.
Sentí vergüenza.
—Papá, por favor, cálmate. Te desconozco.
Me giré hacia Adrián.
—Gracias por traerme. Y disculpa.
Él me miró preocupado.
—Isa, puedo explicarlo.
—Hasta mañana.
Entré cojeando.
Antes de cerrar la puerta, alcancé a ver su expresión.
Pobre Adrián.
Mi papá prácticamente lo había interrogado como si fuera un delincuente.
Y todo por llevarme a casa.
Sentí una mezcla de vergüenza y tristeza.
No quería imaginar qué pensaría de nosotros.