El Secreto De Las Paginas Perdidas

CAPITULO 1

El olor a humedad y papel viejo era lo único que le quedaba a Santiago de su infancia en los pasillos de la editorial, un lugar que ahora parecía más un mausoleo que un negocio. Mientras revisaba una pila de facturas vencidas con la certeza de que el banco cerraría las cuentas antes de que terminaría el mes, su mente divagaba inevitablemente hacia la figura de su abuela Elena, sentada en el sillón del fondo con una manta de lana sobre las piernas, llamándolo por el nombre de su difunto abuelo y preguntándole a qué hora llegaba la imprenta. Ese peso familiar, el de cargar con el legado de quienes construyeron una empresa a base de vocación y tinta, era una losa invisible que le impedía tirar la toalla, aunque cada mañana se despertara con la certeza de que estaba perdiendo una batalla absurda contra el tiempo y contra el desinterés general por la literatura tradicional.

A pocos kilómetros de ahí, en un rascacielos de cristales ahumados donde el aire acondicionado funcionaba como un reloj suizo, Valeria repasaba los informes financieros con la misma frialdad con la que su padre la había juzgado desde que era niña. Para el patriarca de los negocios inmobiliarios, una hija solo servía si demostraba ser más despiadada que cualquier hombre, una lección que ella había aprendido a golpes de desvelos y tazas de café amargo. No toleraba el fracaso porque el fracaso significaba darle la razón a su padre sobre su supuesta debilidad de género, obligándola a levantar una coraza impenetrable que dejaba fuera cualquier atisbo de empatía y que convertía cada adquisición empresarial en una demostración implacable de poder absoluto.

El contraste entre ambos mundos definía el pulso de una ciudad que avanzaba de prisa, donde Santiago intentaba estirar los últimos centavos para pagarle a doña Carmen su sueldo incompleto y a Tomás los favores de imprenta clandestina, mientras Valeria firmaba memorandos de compraventa con la sola compañía de su ambicioso socio Rodrigo, quien la presionaba para no dejar títere con cabeza. Ninguno de los dos sabía todavía que sus destinos estaban a punto de colisionar en el peor momento posible, atrapados entre las deudas heredadas y la necesidad desesperada de demostrarle al mundo que no eran los perdedores que sus respectivas familias creían.




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