¡ Gemelos por Partida Doble!

CAPÍTULO 1: POSITIVO

El primer error de Selena Guzmán aquel martes fue creer que una prueba de embarazo podía esperar hasta después del café.

El segundo error fue creer que tenía café.

Se quedó de pie en la cocina de su apartamento, descalza sobre las baldosas frías, con la lata de café completamente vacía entre las manos, mirando el fondo metálico como si ahí abajo pudiera haber escrito un mensaje de consuelo. No lo había. Solo había un círculo de polvo oscuro y el reflejo deformado de su propia cara, con el pelo negro y largo recogido en un moño que ya no recordaba haberse hecho, y unas ojeras que no correspondían a una mujer de veintiocho años con un plan de vida perfectamente ordenado.

—Esto es una señal —le dijo a la lata—. Esto es el universo diciéndome que hoy no es día para tomar decisiones.

La lata, como era de esperar, no respondió.

Dejó la lata sobre la encimera y miró el reloj del microondas. Las seis y cuarenta de la mañana. Tenía una presentación a las diez en la oficina del estudio de arquitectura donde trabajaba desde hacía cuatro años, una presentación que llevaba tres semanas preparando y que, si salía bien, la pondría a un paso del ascenso que perseguía desde que entró por la puerta como pasante con una carpeta de planos bajo el brazo y demasiada esperanza en la cara. Había ensayado el discurso frente al espejo del baño. Lo había ensayado en el autobús. Lo había ensayado, incluso, en la ducha, con el champú todavía en el pelo, hasta que su vecina del piso de abajo golpeó el techo con una escoba.

Todo estaba bajo control.

Todo, salvo la pequeña caja blanca y rosada que descansaba sobre el borde del lavabo del baño, donde la había dejado la noche anterior después de comprarla en una farmacia que quedaba a tres barrios de su casa, a las once de la noche, con una gorra calada hasta las cejas y unas gafas de sol que no tenían ningún sentido a esa hora. La cajera la había mirado con una mezcla de lástima y complicidad. Selena había pagado en efectivo.

Y ahora la caja estaba ahí. Esperando. Con esa paciencia insoportable de los objetos que saben que van a cambiarte la vida.

—Es un retraso —murmuró Selena, caminando hacia el baño con la determinación de quien camina hacia el dentista—. Los retrasos existen. Le pasan a todo el mundo. Es estrés. Es el estrés de la presentación, de la oficina, de Ernesto el de contabilidad, que me manda correos a las once de la noche con la palabra urgente en mayúsculas. Es estrés. Es estrés. Es estrés.

Repitió la palabra tres veces más mientras abría la caja, leía las instrucciones dos veces, las leyó una tercera vez porque la segunda no le pareció suficiente, y finalmente hizo lo que había que hacer.

Después colocó la prueba sobre el lavabo, boca abajo, y se alejó hasta quedar pegada a la puerta con la espalda recta, como si el aparato fuera a explotar.

Tres minutos.

Eran tres minutos. Podía hacer cualquier cosa durante tres minutos. Podía lavarse los dientes. Podía revisar el correo. Podía buscar en el fondo del armario ese café instantáneo que su madre le había regalado en Navidad y que ella había jurado no probar jamás.

Se quedó inmóvil mirando el techo.

Pensó en Austin McFly.

No quería pensar en Austin McFly. Llevaba dos meses entrenándose para no pensar en Austin McFly, y le había ido bastante bien, con esa clase de bien relativo que consiste en pensar en alguien únicamente cuarenta veces al día en lugar de cien. Pero el cerebro es un traidor, y en ese baño pequeño, con el reloj del teléfono marcando los segundos, se le presentó entero, con su mandíbula de anuncio de relojes, su sonrisa ladeada de hombre acostumbrado a que las puertas se abran solas, y esa manera exasperante de arreglarse los puños de la camisa antes de decir algo arrogante.

Lo había conocido en una gala benéfica a la que su jefe la había arrastrado para que hiciera contactos. Ella llevaba un vestido negro prestado por su prima, que le quedaba un poco corto de mangas, y estaba intentando alcanzar una bandejita de canapés de salmón cuando una mano ajena se le adelantó y se llevó el último.

—Lo siento —había dicho una voz profunda a su espalda—, pero llevaba más tiempo mirándolo que usted.

Ella se había girado con el ceño fruncido, lista para soltar una respuesta mordaz, y se había encontrado con un hombre de unos treinta y dos años, alto, de pelo castaño oscuro perfectamente despeinado, ojos de un verde que parecía de catálogo y un traje que probablemente costaba más que el alquiler de todo un año de su apartamento.

—Es un canapé —le había dicho ella—. No una herencia.

—Con ese salmón, cualquiera diría que es una herencia —había respondido él, y se lo había comido delante de ella, con una calma casi insultante.

Debió haberse ido en ese momento. Cualquier mujer con sentido común se habría ido. Pero él había sonreído de esa forma suya, con una sola comisura, y le había ofrecido una copa de champán como compensación por el canapé, y ella, que llevaba tres horas de pie con unos tacones que la estaban matando, había aceptado.

Una copa se volvió dos. Dos se volvieron una conversación sobre arquitectura, porque resultó que Austin McFly era el dueño de una de las desarrolladoras inmobiliarias más grandes de la ciudad, y tenía opiniones muy firmes y en su mayoría equivocadas sobre los rascacielos de cristal. Ella lo había corregido. Él se había reído. Ella le había explicado, con servilleta y bolígrafo, por qué la luz natural importaba más que el brillo de una fachada. Él la había mirado como si le acabaran de contar un secreto de estado.

Y después, bueno.

Después hubo un taxi, un ascensor, una puerta, y una de esas noches de las que una persona razonable no habla en voz alta.

Por la mañana, Selena se había despertado antes que él, había encontrado sus zapatos bajo una silla de diseño que seguramente era carísima, y se había ido en silencio con una cobardía que todavía le daba vergüenza. Se había dicho a sí misma que había sido un error de una noche, que ambos eran adultos, que no se debían nada.




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