¡ Gemelos por Partida Doble!

CAPÍTULO 6: CUATRO PUNTOS EN UNA BARANDILLA

Hay noticias que se reciben de pie, otras que se reciben sentado, y unas pocas, muy raras, que el cuerpo recibe de rodillas aunque las piernas sigan teóricamente en su sitio. Austin McFly recibió esta última clase de noticia con la espalda apoyada contra una barandilla de piedra, una ecografía temblando entre los dedos y la expresión de un hombre al que acaban de decirle que la Tierra es cuadrada.

—Cuatro —dijo.

—Cuatro —confirmó Selena.

—Cuatro puntos.

—Cuatro bebés, en realidad. Los puntos son una representación.

—Cuatro bebés.

—Sí.

—Dentro de ti.

—Es donde suelen estar, al principio.

Austin asintió con lentitud, como si le hubieran explicado una fórmula de física y estuviera comprobando mentalmente cada paso. Volvió a mirar la imagen. La acercó a la farola, la alejó, la giró en vertical, la giró en horizontal, y finalmente la sostuvo a la altura de sus ojos con las dos manos, como quien examina un billete sospechoso.

—Esto es una broma —dijo.

—No lo es.

—Es una ecografía de otra persona. Se te ha mezclado en el bolso con la de una amiga.

—Es mía.

—Con tu nombre.

—Con mi nombre. Mira arriba, a la izquierda. Guzmán, Selena.

Austin buscó la esquina del papel con los ojos entornados y leyó. Se quedó mirando las letras durante unos segundos, moviendo los labios sin emitir sonido, como quien deletrea una palabra en un idioma extranjero. Después dejó caer los brazos a los costados, despacio, y miró al cielo oscuro por encima de las farolas.

—Es que no puede ser —dijo, con una voz extrañamente tranquila.

—Austin.

—No puede ser, Selena. Es biológicamente imposible. Yo soy estéril.

Ella sintió que algo le ardía en el pecho, una mezcla de nervios, de cansancio acumulado y de esa irritación inesperada que le sube a una persona cuando lleva demasiados días conteniendo el aliento.

—Tú me dijiste que eras estéril —soltó.

—¡Y tú me dijiste que tomabas pastillas!

Las palabras rebotaron contra el agua del río y volvieron como un eco absurdo. Una gaviota, que dormitaba en un poste a unos metros de distancia, levantó la cabeza con aire interesado. Un corredor solitario que pasaba por el paseo ralentizó el paso, miró a la pareja con una curiosidad mal disimulada y aceleró de nuevo al comprobar que no iba a haber espectáculo.

—Las tomaba —dijo Selena, bajando la voz con un esfuerzo evidente.

—Pues no funcionaron.

—Pues tu esterilidad tampoco.

—¡Es que la mía estaba certificada por un médico!

—¡Pues tu médico se equivocó!

—Mi médico tenía un diploma enmarcado en la pared.

—¡Mi anticonceptivo tenía un prospecto de cuatro páginas!

—¡Y eso qué tiene que ver!

—¡No lo sé, estoy nerviosa!

Se quedaron los dos callados, respirando con dificultad, con las caras a un palmo de distancia y los ojos muy abiertos, como dos gatos eriçados al borde de un tejado. Selena fue la primera en darse cuenta de lo ridícula que era la escena. Un hombre con un traje de miles de euros y una mujer con un vestido de rebajas, discutiendo a media voz junto a un río, sobre la fertilidad relativa de cada uno, mientras entre los dos descansaba un pequeño cactus con un lazo rojo que parecía mirarlos con reproche.

Se llevó la mano a la boca. Los hombros le temblaron una vez, dos veces.

—¿Te ríes? —preguntó Austin, con indignación.

—No me río.

—Te estás riendo.

—Es nervioso.

—Esto no tiene nada de gracioso.

—Lo sé. Es que has dicho lo de tu médico y el diploma enmarcado y yo... —Se le escapó un hipo de risa que intentó transformar en tos—. Perdona. Perdona. Es el cansancio.

Austin la miró unos segundos más con el ceño fruncido. Después, contra toda su voluntad, la comisura derecha de su boca se levantó un milímetro.

—No tiene gracia —repitió, más bajo.

—No.

—Ninguna.

—Ninguna.

—Es una situación gravísima.

—Gravísima.

Y entonces, sin previo aviso, él también empezó a reírse, una risa corta y ahogada que se le escapó por la nariz y le sacudió los hombros, una risa de hombre al límite de sus fuerzas que no sabe qué otra cosa hacer. Se tapó los ojos con la mano libre. Selena se rio con él, y durante unos segundos los dos se quedaron así, apoyados en la barandilla, riéndose de pura desesperación, hasta que él, de golpe, se quedó callado.

La risa se le apagó en la cara como una vela. Bajó la mano. Miró la ecografía otra vez. Y Selena vio, con una precisión dolorosa, cómo la realidad terminaba de caerle encima.

—Voy a sentarme —dijo Austin.

—Claro.

—Creo que necesito sentarme.

—Hay un banco ahí.

Caminó hasta el banco más cercano con pasos medidos, como quien camina sobre hielo, y se dejó caer en él con la ecografía todavía en la mano. Se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y hundió la cabeza entre los brazos. Selena lo siguió, recogiendo de paso el cactus de la barandilla, y se sentó a su lado, dejando un palmo de distancia prudencial entre los dos. Colocó la maceta sobre sus rodillas. Esperó.

El silencio duró mucho. Las aguas del río se movían con su rumor perezoso. La pareja de ancianos, de vuelta de su paseo, pasó frente a ellos del brazo y la mujer les dedicó una sonrisa dulce, de esas que se regalan a los enamorados jóvenes sin saber nada de la historia. Selena le devolvió la sonrisa con un esfuerzo de actriz.

—Respira —dijo en voz baja, al cabo de un rato.

—Estoy respirando.

—Respira más hondo.

—Estoy respirando todo lo hondo que puedo.

—Entonces respira más lento.

—Selena —dijo él, sin levantar la cabeza—, no me des instrucciones. Ahora mismo, cualquier instrucción me parece una amenaza.

—Perdona.

—No pasa nada.

Siguió otro silencio. Selena rebuscó en el bolso y sacó el paquete de galletas saladas de Ernesto, el de contabilidad. Lo abrió y, tras un instante de duda, se lo tendió.




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