¡ Gemelos por Partida Doble!

CAPÍTULO 10: EL LUNES DE LA CORBATA

Selena abrió los ojos a las seis y veinte de la mañana con una certeza absoluta: hoy no era un día para dejar nada al azar.

Se levantó despacio, se sentó un momento en el borde de la cama esperando la oleada de náusea de rigor, que esa mañana llegó con una puntualidad casi cortés, y fue al baño con la dignidad de quien cumple un ritual. Después se lavó los dientes, se enjuagó la cara con agua helada y se miró en el espejo con el ceño fruncido. Ojeras algo menos profundas que la semana anterior. Un tono de piel menos parecido al de una pared de tono hueso. El pelo, eso sí, hecho un desastre.

—Hoy lo conoce —le dijo a su reflejo—. Hoy los oye. Hoy no puedes ser un desastre.

Su reflejo, con un mechón en vertical sobre la coronilla, no parecía muy convencido.

Cuando salió al pasillo, Tomás ya estaba en la cocina, con el delantal puesto y una tetera humeante entre las manos. El olor a jengibre recién rallado llenaba el apartamento entero.

—Siéntate —ordenó, sin volverse—. Tienes té. Tienes tostadas con mermelada de manzana. Tienes un plátano. Y tienes un hermano que lleva despierto desde las cinco y media, porque no podía dormir de la emoción.

—Tomás, no hacía falta.

—Hacía muchísima falta. Hoy es un día histórico. Hoy un hombre se entera de que va a ser padre en alta definición.

—Ya lo sabe.

—Una cosa es saberlo y otra oírlo. Yo me desmayé al verlo en papel. Imagínate escuchándolo. —Dejó la taza frente a ella con una reverencia—. Y además te he planchado la blusa.

—¿Mi blusa?

—La verde. La de cuello camisero. Está colgada en la puerta del armario. Con las mangas planchadas. Y una chaqueta crema que he encontrado al fondo. Y unos pendientes pequeñitos que estaban en una caja de zapatos junto a un cuaderno de dibujos.

—¿Has hurgado en mis cajones?

—He hurgado con respeto.

Selena soltó una risa débil y se dejó caer en la silla. Tomó la taza entre las manos. El vapor le calentó la cara, y el sabor picante del jengibre le bajó por la garganta como una promesa. Su hermano se sentó frente a ella con su propia taza, apoyó los codos en la mesa y la miró con una ternura tan descarada que a ella le dieron ganas de esconderse bajo el mantel.

—Estás muy guapa —dijo.

—Todavía no me he vestido.

—Da igual. Estás guapa.

—Tomás.

—Ya paro.

—No paras.

—Es verdad. No paro. —Sonrió—. Es que de pequeños, cuando mamá te llevaba al médico, yo me escondía debajo de la cama porque me daban miedo las batas blancas. Y tú, que tenías diez años, me sacabas de ahí con una galleta y me decías que no pasaba nada, que los médicos eran como los cocineros pero con estetoscopio. Hoy me toca a mí darte la galleta.

Le tendió una tostada con mermelada. Selena la tomó con los ojos húmedos y le dio un mordisco.

—Gracias, Tomás.

—Cómetela. Y no te emociones, que se te corre el rímel.

—No llevo rímel.

—Pues ponte, que hoy es lunes de corbata.

El timbre sonó a las nueve y veinticinco, cinco minutos antes de lo previsto, lo cual a Selena le pareció una muestra más de la ansiedad de su acompañante. Había terminado de arreglarse hacía un cuarto de hora y llevaba desde entonces dando vueltas por el salón con el bolso colgado del hombro y el sobre de las ecografías apretado contra el pecho. Tomás la detuvo en medio de una vuelta, la sujetó por los hombros y le colocó bien el cuello de la blusa.

—Respira.

—Estoy respirando.

—Sonríe.

—Estoy sonriendo.

—No. Estás enseñando los dientes. Es distinto.

—Tomás.

—Abre tú. Yo me escondo.

—No te escondas.

—Es que si lo veo con corbata me da algo.

Selena se alisó la chaqueta y se dirigió hacia la puerta con un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con las hormonas. Abrió.

Austin McFly estaba en el rellano con las manos a la espalda y una expresión de solemnidad casi litúrgica. Llevaba un traje gris marengo, una camisa blanca almidonada, unos zapatos relucientes y, anudada al cuello con una torpeza conmovedora, una corbata de seda azul cielo cubierta de pequeñas siluetas amarillas que, tras un examen cuidadoso, resultaron ser rascacielos.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

—Voy con corbata.

—Ya lo veo.

—Me la regaló mi hermana. Por mi cumpleaños. Hace tres años. No la había usado nunca, porque me parecía infantil. Pero hoy me ha parecido adecuada.

—Tiene rascacielos.

—Es mi seña de identidad.

—Está torcida.

—¿Muy torcida?

—Un poquito. Hacia la izquierda.

Austin bajó la barbilla y miró el nudo con un ojo cerrado, como quien examina un mapa.

—He tardado veinte minutos —confesó—. He visto tres tutoriales. En el último, un hombre decía que había que hacer el nudo como si uno estuviera atando una vaca. Creo que he fallado en algún paso.

Selena se mordió el labio para no reír. Desde el interior del apartamento llegó un ruido de pasos, y la cabeza de Tomás asomó por encima de su hombro, con las cejas muy altas y una sonrisa conspirativa.

—Déjame a mí —dijo, saliendo al rellano con las manos extendidas—. Soy cocinero. Tengo mucha experiencia en nudos. Los hago con los chorizos.

—No es lo mismo —murmuró Austin.

—Es exactamente lo mismo. Levanta la barbilla.

Austin obedeció con una resignación estoica. Tomás deshizo el nudo con tres movimientos rápidos, lo rehízo con una precisión casi quirúrgica y alisó el triángulo de seda con los pulgares, mirando fijamente los rascacielos amarillos.

—Preciosos —sentenció—. Te dan un aire de arquitecto ingenuo.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Cada vez lo sé mejor.

—Listo. Ahora sí. —Tomás dio un paso atrás y lo contempló con las manos en las caderas—. Pareces un hombre digno de oír a sus hijos.

Austin tragó saliva. Selena, a su lado, sintió que se le humedecían los ojos otra vez, y se maldijo en silencio por no haberse puesto aquel rímel.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.