¡ Gemelos por Partida Doble!

CAPÍTULO 12: LA CARPETA COLOR CREMA

Hay silencios que se construyen despacio, ladrillo a ladrillo, y otros que caen de golpe como un telón. El que se instaló en la sala de proyectos del estudio Arteaga y Asociados fue de los segundos. Selena Guzmán seguía con la mirada clavada en el membrete de líneas azules, en aquellas mayúsculas que se le repetían detrás de los ojos como una alarma, mientras la luz dorada de la tarde dibujaba sobre la mesa un rectángulo de calor que ella no sentía.

Grupo McFly Desarrollos. Barrio de la Ribera.

—Ya me parecía que reconocía el coche —repitió Ernesto, con la voz serena de quien comenta el tiempo—. No es un coche que se olvide. Hay pocas limusinas con un escudo tan discreto en la puerta trasera. Lo vi hace dos años, en una reunión de licitaciones, junto a la entrada del ayuntamiento. Y cuando esta mañana la he visto bajar de él con esa cara, no he podido evitar sumar.

—¿Qué cara? —preguntó Selena, con un hilo de voz.

—La de una persona que ha oído buenas noticias y no sabe dónde guardarlas.

Selena se tapó la boca con la mano. Se dejó caer en la silla más próxima, la de la pata coja, que crujió con una queja de anciana, y ni siquiera se dio cuenta. Ernesto, de pie junto a la mesa, con las manos a la espalda y los cristales redondos de las gafas reflejando la ventana, la observaba con la misma expresión neutra con que, cada fin de mes, contemplaba una columna de números rebeldes.

—Ernesto —dijo ella, al fin—. Yo no sabía que el cliente era él.

—Lo supongo.

—Te lo juro. No tenía ni idea.

—Le creo.

—Y no es lo que parece.

—No he dicho que parezca nada. —Ernesto ladeó la cabeza—. Soy contable, Guzmán. Mi trabajo consiste en que las cifras cuadren. Y aquí hay una cifra que no cuadra, y que además no es asunto mío. Mi obligación es entregarle este documento y comprobar que lo firma. Todo lo demás pertenece a un ámbito que no me compete.

—¿Y qué ámbito es ese?

—El de la vida privada de los demás.

Lo dijo con una solemnidad tan seca, tan gloriosamente burocrática, que Selena sintió que una risa extraña, mitad nervios y mitad alivio, le subía por la garganta. Se la tragó con esfuerzo.

—Entonces no vas a decírselo a Raimundo.

—No.

—¿Ni a nadie?

—Ni a nadie. —Hizo una pausa, y por primera vez algo parecido a una emoción cruzó su rostro, un leve temblor de la comisura derecha—. Mi abuela decía que el que calla a tiempo se ahorra tres sermones y un pleito. Yo he comprobado que tenía razón.

—Gracias.

—No me las dé. No he hecho nada. —Acercó la carpeta unos centímetros hacia ella, con la punta de un dedo—. Pero le diré lo que sí me compete. La cláusula séptima. Léala con atención. Habla de los conflictos de interés. Cualquier miembro de un equipo licitador que mantenga una relación personal con alguien del comité evaluador debe declararla por escrito, antes de la presentación, a la propia empresa convocante. Si no lo hace, el estudio entero queda descalificado, y la persona responsable asume las consecuencias profesionales.

Selena abrió la carpeta y buscó con los dedos temblorosos la séptima cláusula. Las líneas, apretadas y pulcras, decían exactamente lo que Ernesto acababa de resumir, con un par de adjetivos más severos.

—Una relación personal —murmuró.

—Eso dice.

—No es exactamente una relación.

—Eso no me corresponde evaluarlo.

—Es... —Selena se frotó la frente—. Es complicado.

—Casi todo lo importante lo es. —Ernesto se enderezó, recogió el bolígrafo que ella había dejado caer y lo colocó sobre la carpeta con precisión de relojero—. La dejo con el documento. Tiene hasta mañana a mediodía para firmarlo. Y si lo prefiere, puede no firmarlo, y yo le diré a Raimundo que hay un problema de agenda. Es una opción legítima.

—¿Y qué le dirías si me negara?

—Que usted ha considerado que no puede dirigir un proyecto con tantas variables personales en juego, y que sería más prudente asignarlo a otro. Nadie lo cuestionaría. Es una decisión respetable.

—Pero perdería el concurso.

—Perdería usted una oportunidad. El estudio perdería una opción. —Se encogió de hombros—. A veces hay que perder una cosa para no perder otra.

Selena lo miró. Había en aquel hombre delgado y calvo, con su peinado heroico y su corbata de rayas grises, una especie de bondad subterránea, de esas que se esconden bajo una capa de formalidad y que solo asoman en los momentos más inesperados. Pensó en las galletas saladas sobre su mesa. En el sobre de jengibre. En todas las veces que él había pasado a su lado en silencio, sin juzgarla.

—Ernesto —dijo—. ¿Tú sabes lo del...?

—No sé nada —respondió él, con una rapidez que lo delató—. Absolutamente nada. Ni una palabra. No tengo la menor idea de que usted pueda estar esperando un acontecimiento familiar de cierta envergadura.

—¿De cierta envergadura?

—Una forma de hablar.

—¿Cuánta envergadura?

—Prefiero no especular.

—Ernesto.

—Mi esposa, Clementina, tuvo trillizas —dijo él, de golpe, mirando fijamente un punto en la pared—. Hace veintidós años. Y yo no se lo dije a nadie en el trabajo hasta el séptimo mes. Pensaba que si lo decía en voz alta, se rompería. Fue un error. Me perdí seis meses de felicitaciones.

Selena abrió la boca. La cerró. Los ojos se le llenaron de lágrimas sin que pudiera evitarlo.

—¿Trillizas?

—Tres. Dos de ellas, médicas. La otra, bailarina. Es la que da más guerra. —Una sombra de sonrisa le cruzó la cara—. Así que si alguna vez necesita información sobre dónde comprar un cochecito de tres plazas o sobre cómo se organizan los turnos de noche cuando hay un número impar de criaturas, estoy a su entera disposición. Mi conocimiento es puramente teórico, claro está. Ya no tengo fuerzas para ponerlo en práctica.

—Ernesto, no sé qué decir.

—No diga nada. Firme o no firme. Y cuídese. —Se dirigió hacia la puerta con su paso de funcionario, y desde el umbral, sin volverse, añadió—. Y las sardinas de Begoña son un crimen. Ya hablé con ella. Le he sugerido que se traslade a la terraza de forma permanente, con una cortina de lavanda.




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