¡ Gemelos por Partida Doble!

CAPÍTULO 3: LA TARTA MÁS GRANDE DE LA CIUDAD

Renata Salvatierra cumplía sus promesas con una literalidad admirable. Había dicho que necesitarían una tarta muy grande, y a las siete y media de la tarde, cuando llamó al timbre del apartamento de Selena, venía cargando una caja de cartón blanco del tamaño de una rueda de camión, atada con una cinta dorada y sostenida con ambos brazos, como quien transporta un órgano para un trasplante.

—No me la voy a poder comer entera —dijo Selena desde la puerta, mirando la caja con una mezcla de horror y ternura.

—Claro que no. Para eso estoy yo. —Renata entró sin esperar invitación, esquivó el zapatero con una pirueta que había ejecutado cientos de veces y depositó la caja sobre la mesa del comedor, que era también el escritorio, la mesa de planchar y, en ocasiones de crisis, el altar donde Selena extendía los planos de sus proyectos—. Es de tres leches con frutos rojos. Le dije a la pastelera que era una emergencia. Ella me preguntó de qué tipo y yo le dije que de las que se resuelven con azúcar. Me dio un descuento.

—Qué amable.

—Me dijo que se notaba en mi voz que era grave.

Selena cerró la puerta y se quedó un momento apoyada contra ella, con los ojos cerrados. Llevaba diez minutos en casa, los suficientes para quitarse los zapatos, dejar el bolso sobre el sofá, sacar el sobre de las ecografías y volver a meterlo, sacarlo otra vez y esconderlo finalmente dentro de un libro de arquitectura moderna que nadie en su sano juicio habría abierto jamás por voluntad propia. El apartamento le pareció de pronto más pequeño que de costumbre. Era un espacio de cuarenta y cinco metros cuadrados, con una cocina americana, un dormitorio con ventana a un patio interior, un baño donde apenas cabía una persona y un salón del tamaño de un sello de correos que ella había decorado con tanto cuidado que cada objeto parecía haber sido elegido tras una larga deliberación. Plantas colgantes. Una alfombra de rayas. Un sofá de dos plazas, de tela gris, que había pagado en doce cuotas.

Un sofá de dos plazas.

—Selena —dijo Renata, que la observaba desde la mesa con un cuchillo de cocina en la mano y una expresión muy seria—. Estás mirando el sofá.

—No estoy mirando el sofá.

—Lo estás mirando con odio.

—Lo estoy midiendo.

—¿Para qué?

—Para saber cuántos bebés caben.

Renata dejó el cuchillo sobre la tarta con un cuidado casi reverente.

—Vale. Eso no. Esta noche no. Esta noche hay tarta, hay amiga, hay una botella de agua con gas que he traído porque sé que no puedes beber otra cosa, y hay una norma. La norma es que no se hacen cuentas. Las cuentas son para mañana.

—Es que son cuatro, Renata.

—Lo sé.

—Cuatro cunas. Cuatro sillitas. Cuatro carritos, o un carrito que no sé si existe.

—Existe. Lo he buscado mientras hacía cola en la pastelería.

—¿Existe?

—Es una especie de tren. Con ruedas.

Selena se dejó caer sobre el sofá, que crujió con una queja discreta.

—Un tren —repitió, mirando al techo.

—Con cuatro asientos. En fila. Los hay de color rojo y de color azul. El rojo es más bonito.

Selena se echó a reír, una risa débil, aguada, que acabó transformándose en un hipo de sollozo. Renata cruzó el salón en tres zancadas, se sentó a su lado y le puso un plato de cartón con una porción enorme de tarta sobre las rodillas.

—Come —ordenó—. Los problemas se ven distintos con crema por encima.

Comieron en silencio durante un rato, sentadas en el sofá con las piernas cruzadas, mirándose de reojo de vez en cuando. La tarta era deliciosa, húmeda y dulce, con ese sabor a infancia que tienen los postres hechos por alguien que sabe lo que hace. Selena se terminó su porción en cuatro bocados. Después, casi sin darse cuenta, se terminó un segundo trozo que Renata le había puesto en el plato con la excusa de que no podía comérselo ella sola.

—Tengo hambre —dijo, con cierta sorpresa—. Hoy no he comido nada.

—Tienes que comer por cinco.

—Por cinco, no. Por uno más cuatro, que es otra cosa.

—Matemáticamente es lo mismo.

—Moralmente no.

Renata la miró con una sonrisa ladeada y se limpió una gota de crema de la comisura de la boca con el dorso de la mano.

—Estás de buen humor.

—Estoy en shock —corrigió Selena—. Es diferente. Los de shock a veces nos reímos.

—Cierto. A mi tío Fermín, cuando se le incendió la cocina en Nochebuena, se le escapó un ataque de risa que duró cuarenta minutos.

—¿Y cómo acabó?

—Con los bomberos riéndose también. Fue muy raro. Pero se salvó el pavo.

Selena dejó el plato en la mesa baja y se abrazó las rodillas. Fuera, en la calle, pasó un autobús con un ruido sordo que hizo vibrar las ventanas. Un vecino puso música en algún piso de arriba, una cumbia animada que duró dos minutos y se interrumpió bruscamente.

—Renata —dijo en voz baja—. Tengo miedo.

—Lo sé.

—No es miedo de los bebés. Es decir, claro, también. Pero es más miedo de no saber hacerlo. De no estar a la altura. De arruinarlo todo.

—Nadie sabe hacerlo la primera vez.

—Pero es que no es una primera vez normal. Es una primera vez multiplicada por cuatro.

—Ya, bueno. —Renata ladeó la cabeza—. Eso lo hace, qué sé yo, estadísticamente más interesante.

—No estoy para chistes.

—No son chistes. Son datos.

Selena le lanzó un cojín. Renata lo atrapó con una mano y lo colocó detrás de su espalda con un gesto de comodidad.

—Escúchame —dijo, con esa seriedad rara que solo le salía en los momentos decisivos—. Lo vas a hacer bien. No porque seas perfecta, que no lo eres. Eres desordenada, eres testaruda, y cuando te enfadas haces unos pucheros horribles. Lo vas a hacer bien porque eres la persona más cuidadosa que conozco. Mides las cosas tres veces antes de cortar. Haces listas. Te preocupas. Una madre que se preocupa ya tiene la mitad del trabajo hecho.

—Una madre que se preocupa por cuatro.




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