¡ Gemelos por Partida Doble!

CAPÍTULO 8: SOFÍA DEL SEGUNDO PISO

Hay saludos que se quedan colgados en el aire como ropa mojada en un tendedero, y el de Tomás Guzmán fue uno de esos. Austin McFly, plantado en el rellano del cuarto piso con tres bolsas de supermercado colgándole de los brazos, no sabía si el joven que tenía delante bromeaba, si lo estaba confundiendo con otra persona o si, simplemente, había descubierto en una sola mirada la verdad entera de su vida.

—Perdona —dijo—. ¿Has dicho Sofía?

—Sofía. La compañera de trabajo de mi hermana. Separada, con el corazón roto, necesitada de desahogo. —Tomás golpeó suavemente la palma de su mano con la espátula de madera—. Anoche mi hermana salió de casa con un vestido azul que le sienta de maravilla, un pendiente que se puso tres veces y la cara de quien va a una entrevista de trabajo. Volvió a las doce y media, con un cactus en brazos y una expresión que no le había visto desde que cumplió diecisiete años y le dieron las notas de selectividad. Me dijo que había estado con Sofía. Y ahora, veinte horas después, aparece en mi puerta un señor altísimo, cargado de jengibre, con una caja de bombones y los ojos de un cervatillo asustado. Ata cabos, Sherlock.

—Tomás —dijo Selena, saliendo de la cocina con la taza todavía en la mano y las mejillas encendidas—. Por favor.

—Estoy siendo muy amable.

—Estás siendo insoportable.

—Es mi forma de ser amable.

Austin, que durante unos segundos había mirado alternativamente a uno y a otra como quien presencia un partido de tenis, tomó una decisión repentina. Dejó las bolsas en el suelo, se enderezó, se pasó una mano por el pelo y extendió la mano derecha con la sonrisa más educada que pudo reunir.

—Encantado —dijo—. Soy Sofía.

Hubo un silencio brevísimo. Tomás parpadeó. Selena se llevó la taza a la boca y se atragantó con una gota de té.

—Me separé hace poco —continuó Austin, con la seriedad de un diplomático—. Estoy pasando una época difícil. Tu hermana ha sido muy amable al escucharme.

Tomás miró la mano extendida. Miró a Austin. Una sonrisa lenta, enorme, fue abriéndosele en la cara como un amanecer, y estrechó la mano con una energía excesiva.

—Tomás Guzmán —dijo—. Hermano de Selena. Cocinero. Adorador de la gente que sigue la corriente.

—Austin McFly. Construyo cosas.

—¿Eres albañil?

—Algo así.

—McFly —repitió Tomás—. Como el de Regreso al futuro.

—Con menos monopatín.

—Me gusta. Pasa, pasa. Estás en tu casa. O más bien en la de mi hermana, que es mucho más pequeña. Cuidado con el zapatero.

Austin recogió las bolsas y entró en el apartamento de Selena. Era la primera vez que lo veía, y tardó un instante en absorberlo todo con una atención que no pudo ocultar. El salón diminuto, con la alfombra de rayas y las plantas colgantes. El sofá gris de dos plazas, junto al cual había un colchón hinchable recogido en una esquina con una manta doblada encima. La mesa del comedor, convertida en escritorio, cubierta de planos. La estantería llena de libros y de cactus. La luz de la tarde entrando por una ventana pequeña, tiñendo el aire de un color miel. Olía a mantequilla, a cebolla dorada y a lavanda, y en un rincón sonaba, bajito, una radio con una canción de los años ochenta.

Era un lugar con alma. Con muchísima alma. Y le pareció, mientras lo recorría con la mirada, el sitio más acogedor en el que había estado en años, a pesar de que su ático entero cabría cinco veces dentro de ese salón.

Pero el sofá lo detuvo.

Se quedó mirándolo con las cejas ligeramente fruncidas, calculando sin querer. Dos plazas. Una anchura de metro y medio. Cuatro bebés, uno en cada rincón, más dos adultos que... Sacudió la cabeza. Tomás, que lo observaba, se acercó por detrás con aire cómplice.

—Es pequeño, ¿verdad?

—Es acogedor.

—Eso dicen los agentes inmobiliarios cuando quieren decir que es pequeño.

—Yo soy el agente inmobiliario, y lo digo con cariño.

—Con que albañil, ¿eh?

—Con que cocinero.

—Con que Sofía.

Austin soltó una risa corta, sorprendida. Tomás le dio una palmada en la espalda, de esas que suenan más fuertes de lo que duelen, y le tomó las bolsas de las manos.

—Dame eso. ¿Qué has traído? A ver. Galletas saladas. Muchas galletas saladas. Jengibre. Limones. Plátanos. Yogur. —Hizo una pausa casi imperceptible, con una bolsa en cada mano—. Qué provisiones tan específicas.

—Es lo que me pareció que hacía falta —dijo Austin, rascándose la nuca.

—¿Para el catarro de Sele?

—Eso es.

—Qué detalle tan atento.

—Es que tiene un catarro muy... persistente.

—Muy persistente —repitió Tomás, sin dejar de sonreír—. Dura ya tres días.

Selena, desde el fondo del salón, cerró los ojos y se pasó una mano por la cara con la lentitud de quien ha perdido la partida y solo le queda aceptar el resultado. Se acercó a ellos, dejó la taza sobre la mesa y se plantó entre los dos con los brazos cruzados.

—Muy bien —dijo—. Quiero que quede claro que no hay nada que explicar.

—No he pedido ninguna explicación —respondió Tomás.

—Pero la estás pidiendo con la cara.

—Mi cara siempre es así.

—Austin es un amigo.

—Austin es un amigo que se llama Sofía.

—Austin es un amigo con el que anoche cené. Y que ha venido a verme. Y que es muy amable. Y fin.

—Entendido —dijo Tomás, con las palmas levantadas—. Fin. No hay más preguntas, señoría. —Se giró hacia Austin con una sonrisa radiante—. ¿Te apetece una empanada?

—¿Empanada?

—Las estoy haciendo ahora. De pino. Con carne picada, cebolla, aceitunas, pasas y huevo cocido. Mi abuela chilena me enseñó la receta. Van al horno en diez minutos. Y esta noche cenamos todos juntos, porque en esta casa nadie se va con el estómago vacío.

—No quiero molestar.

—No molestas.

—Tengo que irme pronto.

—No tienes que irte nada.

—Tomás —dijo Selena, con un tono de advertencia.

—Es que está muy flaco —argumentó su hermano, con la inocencia más calculada del mundo—. Mira esos brazos. Tiene los brazos de un hombre que come una vez al día y de pie.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.